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Los tiempos oscuros del aislamiento voluntario

Pudiera decirse que el irlandés John Connolly (Dublín, 1968) ha revolucionado el género negro al introducir elementos sobrenaturales, partiendo del hecho de que el protagonista de sus cerca de treinta entregas, Charlie Parker, es un renacido; alguien que retornó a la vida para darle batalla a fuerzas no necesariamente terrenales. En su más reciente novela, Tiempos oscuros (Tusquets, México, 2018), Parker habrá de enfrentar a toda una comunidad que habita un lugar apartado del resto de la civilización, pero no tienen empacho en imponer su presencia en lugares públicos y cobrar rencillas en una forma por demás espeluznante.

Pese a su relativa juventud –apenas cincuenta años cumplidos–, Connolly es un autor a quien podría definirse como “legendario”, que con gran afabilidad y paciencia habla aquí respecto a esta obra que remite más al gore de Clive Barker, que al horror psicológico de Stephen King.

-¿Por qué decidió ubicar los casos de Charlie Parker en América y no en su país natal?

–Los autores irlandeses no se sienten cómodos con lo sobrenatural, y tampoco escriben muchas novelas de crimen, muy ligadas al racionalismo. Después de la revolución discutimos el futuro de nuestra nación, y la literatura forma parte importante en esta discusión. Posiblemente la ficción de género no es tan significativa entre mis paisanos porque están muy clavados en temas como nuestra relación con los ingleses, o la opresión política y religiosa, y a mí nunca me han interesado esos temas (aunque los abordo someramente en esta nueva novela). La ficción de género que se escribe en Estados Unidos me brindó una salida, no sólo por lo que respecta a la escritura: también una salida física, pues paso allá gran parte del año. Por supuesto, a donde quiera que vaya cargo mi historia cultural, mi educación, mi fascinación por los mitos de fantasmas irlandeses.

–Hablemos de Charlie Parker, ¿cómo nació y si es casualidad que lleve el nombre del afamado jazzista?

–El nombre fue casualidad. Se me impuso desde que escribí la primera novela y lejos estaba de imaginar que llegarían a ser treinta… ¡y las que faltan! No comencé con un plan, ignoraba que aparecerían Ángel y Louis (los sociópatas simpáticos que asisten al protagonista). Voy descubriendo a mis personajes, casi como un lector ajeno al proceso de escritura. Tengo muy claro el tipo de escritor que quiero ser, aunque reconozco que, al tener una novia con dos hijos, tres perros y una hipoteca, necesito ganarme la vida. El año pasado publiqué una novela muy literaria titulada He, una biografía imaginaria de Stan Laurel, y vendió muy poco en comparación. La verdad es que, al margen del dinero, me gusta reencontrarme cada tanto con Parker, Louis y Ángel.

–En casi todas las novelas policíacas hay uno o más asesinos; una o más víctimas. Pueden variar muchas cosas… pero no el hecho de que existe un crimen que resolver y una pista que seguir. Ésta, sin embargo, interpone una tercera pared. No es “alguien” sino “algo”, lo que hay que exterminar.

–Para mí el placer de la escritura es un proceso de exploración y, por lo mismo, cada cuarenta mil palabras quiero abandonar el libro porque surge la duda: ¿en verdad mi meta consiste en alcanzar las setenta mil palabras? ¿O lograr que mis lectores queden plenamente satisfechos? Esta duda forma parte de la vida creativa. Cuando hablo con los lectores más jóvenes que anhelan escribir les digo que necesitan terminar todo lo que empiezan, porque algo sin terminación no tiene propósito ni lugar en el mundo. Michael Connelly me dijo, hace muchos años, que conforme avanzaba en la escritura de Luna funesta, más convencido se sentía de que había tomado el camino equivocado, así que la recomenzó desde cero. Es posible que existan muchos caminos equivocados y sólo uno sea el correcto…pero cada quien toma la elección de hasta dónde y cómo quiere llegar con una historia, a sabiendas de que nada puede ser perfecto.

–¿Por qué ha optado por enlazar la novela de detectives con el elemento sobrenatural, el gore, el terror?

–Cuando era joven me gustaban los cuentos de fantasmas, por encima de las novelas negras, y cuando comencé a escribir se me dio en forma muy natural un mestizaje de géneros. El género negro es producto de la Ilustración, de la certeza de que es posible comprender a las personas y sus motivaciones. Pero la gente no siempre es racional, y ante esta premisa sufrimos una tensión entre racionalismo y pensamiento mágico. Creo que la primera novela negra que juega con ambas opciones es La piedra de la luna, de Wilkie Co­llins. Tenemos también a Edgar Allan Poe, el hombre menos racional del mundo, que terminó mezclando lo detectivesco con lo sobrenatural. Arthur Conan Doyle creía en hadas y en fantasmas y asistía a sesiones de espiritismo porque quería hablar con su hijo y su mujer muertos.

–Hábleme de El Tajo, ese pueblo de escasos habitantes sobre el que desarrolla toda una genealogía. ¿Cómo surge la idea de emplearlo como punto de referencia de los hechos aquí planteados?

–En muchos países, no sólo en Estados Unidos, comienzan a extenderse las comunidades cerradas que no creen tener obligación hacia los que son o piensan distinto. Sienten la poderosa necesidad de proteger la esencia que los identifica y los une, y esta secta es la manifestación más extrema de dicha tendencia. Yo lo considero una metáfora de uno de los grandes problemas actuales en las sociedades “civilizadas”.

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