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Marco Límenes, un arquitecto de la pintura
Mi modelo es la estética de, esa unidad de oficios concentrados en un mismo propósito escénico, plástico, musical, donde humor y poesía se conjugan en un mismo acto. Pintar, dibujar, escribir, ensamblar, componer, filmar, interactuar, conceptualizar, ejercer el oficio de hacer arte, simplemente eso, crear. Me encanta la idea de una atomización concentrada, de una pluralidad convergente.
Soy descendiente de la diáspora en un noventa y seis por ciento, según el estudio genético que me obsequiaron mis hijos. Esa generalización metafórica no contribuye mucho a comprender mis verdaderos orígenes como artista, aunque satisfacen una curiosidad ociosa: soy, por todos lados, descendiente de judíos. Nací en Ciudad de México, antes Distrito Federal, en 1957. Soy totalmente chilango, y como tal nunca he tenido dificultad de adaptarme a otras ciudades y otros países donde he habitado por largos períodos, como París y Lima. Pertenezco 
a una minoría cromática, soy pelirrojo, aunque ya un poco encanecido, es decir, canirrojo, lo cual siempre me ha hecho aparecer como extranjero en América Latina, no se diga en México, donde a menudo me preguntan dónde aprendí a hablar tan bien el español.

Me inicié en las artes plásticas durante mi adolescencia, pero con el deseo de ser escritor, quise también ser actor –me han dicho que escribo mejor de como actúo–, he realizado guiones para museos de historia natural y he trabajado para la televisión. Sin duda, hoy lo sé, lo mío son las artes visuales. Soy, en el mejor de los sentidos, un mirón profesional, para ir con los tiempos que corren. Desde que estudié dibujo con el maestro Gilberto Aceves Navarro y fui becado por el gobierno francés para estudiar grabado en la Ecole Nationale Superieure des Beaux-Arts (Escuela Nacional Superior de las Bellas Artes), supe que mi curiosidad y mi conocimiento no podían limitarse a saber mucho de artes plásticas y muy poco de otras disciplinas. Nada del arte, de la literatura, de la ciencia, de la política, de la filosofía, de la historia me era ni me es ajeno. Quizás por ello tuve el impulso de escribir La serpiente roja. Vivir con pitiriasis rubra pilaris (2008) luego de manifestarse en mi organismo una rara enfermedad que alteró rabiosamente las células de mi piel; hiperqueratosis, la denominan los especialistas. El origen de la patología es desconocida, no es un cáncer, pero se comporta de manera semejante. Esa hiperproducción de queratina provoca un recambio acelerado de la piel, una descamación que trae consigo una comezón irrefrenable, hinchazón, engrosamiento de palmas y plantas de los pies y una resequedad que, si no se lubrica permanentemente, genera llagas. Durante años viví enfundado en “traje sauna” y bajo capas de aceite de oliva y otros lubricantes recomendados para evitar la resequedad extrema, la ansiedad, la compulsión a rascar. Lo de serpiente roja es, además de que pitiriasis viene de pitón, por el recambio permanente de piel y por el eritema, es decir, por el enrojecimiento e inflamación de la dermis. Eso comenzó a suceder en 2003 y remitió un ochenta por ciento en 2008-2009.

Después de ese largo período, o durante éste, cambió mi percepción de la velocidad. Comencé a concentrar más la atención en ciertas escenas, en ciertas dinámicas, en determinados movimientos donde la velocidad exterior no impide ver con mayor detenimiento cada cambio, cada detalle específico de las cosas. Quizás porque requería observar sin tanta premura lo que mi organismo desechaba con tanta urgencia. En un día mudaba varias veces de piel. Quienes estaban junto a mí se percataban de cómo emanaban de mi cabeza, de mi cuerpo, nubecillas de escamas; como caspa, pero más copiosa. El miedo, la vergüenza, la timidez de ser observado y evidenciado en mi patología me obligaba a entrar más en mí y a exhibirme, a visibilizar el cuadro clínico a través de apuntes a manera de crónica, pero sobre todo con dibujos y pinturas que narraban el proceso del padecimiento. La enfermedad vista por el propio enfermo, y no por los médicos y especialistas. El editor, Mauricio Ortiz, acogió el proyecto en su colección Quirón. Un libro de artista, doliente sí, mas lúdico y lúbrico a la vez.

Lo instantáneo con su propia narrativa me obligaba a dibujar mi entorno, mis estados de ánimo sometidos a la necesidad de moverme en el humor, que no trivializa, no banaliza, pero le resta gravedad al sufrimiento. Con la pitiriasis comencé a informarme y a profundizar en la experiencia de otros enfermos en sitios de Internet donde intercambian experiencias y consejos básicos, como cortarse bien las uñas para rascarse con la yema de los dedos y disminuir el daño. “Incurable” es la palabra más devastadora, la que impone la derrota. No soy creyente, pero envidiaba que los demás hallasen consuelo en semejante idea. Quizás mi agnosticismo y mi tendencia a la duda liberaban el humor, la ironía y hasta el sarcasmo con mi propia vulnerabilidad.

El tiempo es así; mientras un proceso se desarrolla aceleradamente, otros transcurren con mayor lentitud. Cuando recibí la beca del Sistema Nacional de Creadores advertí ese cambio de mirada, de valoración de los ritmos. Pensé en esa larga escena del filme Ifigenia, del griego Michael Cacoyannis, en la que el ejército permanece inactivo, pero con las armaduras puestas, durante días, a la espera de vientos para ir al encuentro con la historia y el mito de Troya. El dolor de Agamenón ante el inevitable sacrificio de Ifigenia, su hija mayor, anunciado por el Oráculo, y la impotencia de Clitemnestra, su madre. Mientras, el calor, el mar, los cuerpos masculinos, el regodeo de la cámara en sus atléticas musculaturas. Eso me condujo a escribir y dibujar Antes de la batalla y recrear la dinámica de una imagen congelada en la historia, un entrecruzamiento de tiempos entre lo que se cuenta y los actores, entre el espacio, que es el mismo, y el tiempo del filme, del rodaje. Una y otra espera transcurren por mi mirada, en mi trabajo artístico y literario. Antes de la batalla (2014) es mi propio impasse creativo, como quien baja y sube una escalera sorprendido de cada peldaño, de cada esfuerzo, del peso corporal sobre la rodillas, de la sombra que se quiebra en la geometría del plano inclinado, mientras otros ascienden y descienden raudos, ajenos a la lucidez parsimoniosa del testigo o personaje. Algo que experimento y narro en Vestidos bajando la escalera, mi novela virtual (2015).

En septiembre de 2018 expuse Canto de sirenas, en la Fonoteca Nacional. Es verdad, sólo hay un cuadro que representa la figura mitológica y el resto, la mayoría en pequeño formato, se aleja alegremente del título, o quizás no. Pero eso es lo que observa el espectador. Desde que una diplomática me dijo que mi apellido paterno, Límenes, tiene orígenes griegos, que significa orilla, límite, confín, comenzaron a soplar vientos hacia el Egeo. En realidad mis antepasados provienen de Ucrania, pero nunca he podido establecer su referencia, por tanto, el mito es un buen lugar para situar su inicio. Me he inventado un origen, o lo he sumado a los demás. Supongamos pues que antepasados míos pasearon sus genes por Tesalónica luego de abandonar la España de los Reyes Católicos y llevar consigo una lengua tierna y balbuciente, el sefardí, y transfigurar su apellido hasta convertirlo en Límenes, límites, fronteras, confines. Ese Mare Nostrum de los romanos, ese azul de los Helenos pasó por la memoria de mis genes y dejó en mí la sensación de sed, de nostalgia de mar, de placentero extravío tras el canto de sirenas.

Un amigo, artista plástico y diseñador, me ha dicho que cada uno de los cuadros tiene su propia dinámica y es en sí un punto de partida. Algo así como una identidad fragmentaria. Me quedé pensando, ¿no serán acaso éstos los cantos de sirena? La invitación irresistible al riesgo, a lo desconocido. No lo sé, quizás sean pensamientos visuales, porque a veces descubro que le pongo razonamientos a los ojos, como escenas fijas de un guión cinematográfico o de un diario de sueños. El canto de las sirenas es también el anuncio estridente de las patrullas y ambulancias con sus anuncios de violencia y de muerte, de enfermedad, de urgencias. Un imaginario urbano donde confluyen los límites de la realidad con el miedo y la fantasía, el deseo con el horror, la urgencia con la calma.

Mi modelo es la estética de Robert Wilson, esa unidad de oficios concentrados en un mismo propósito escénico, plástico, musical, donde humor y poesía se conjugan en un mismo acto. Pintar, dibujar, escribir, ensamblar, componer, filmar, interactuar, conceptualizar, ejercer el oficio de hacer arte, simplemente eso, crear. Me encanta la idea de una atomización concentrada, de una pluralidad convergente. Me acusan de ser muy cerebral, y debo serlo en parte, pero no es la necesidad de explicarme algo lo que me lleva a diferentes rumbos, sino la curiosidad, la interrogante, el deseo, la intriga, el canto imaginario de las cosas, el tiempo que habita en cada imagen, en cada objeto. Desapareció el conflicto, ya no tengo crisis. Ahora comienzo algo y no me preocupa dónde me entretengo, dónde me desvió para arribar a otros destinos, a los confines de mí mismo.

Soy un arquitecto de la pintura, me interesa la construcción y el cálculo, pero como soy pintor, todo se sale de control. Mis cuadros se ensamblan como un rompecabezas, cada fragmento exige un tratamiento y técnicas diversas, cuya lógica es que sólo al armarse adquieren significado. En un sentido más amplio soy un artista visual.

Por fortuna la pitiriasis ha remitido de manera considerable o considerada, y mi piel no cambia con tanta rapidez como mis impulsos creativos. Ahora duermo más y sueño en abundancia. Se dice que todo poeta es un ser en el exilio; pienso que los artistas igual vivimos esa sensación fronteriza, ser y no ser de un solo sitio. Cuando tuve conciencia de mis deseos, de mis necesidades creativas, esta noción se intensificó y supe que podemos nacer en otras regiones del mundo, a veces sólo en la imaginación. Ser hijo de la diáspora me coloca no sólo en una identidad genérica, demasiado amplia y a la vez muy específica. Pertenezco a la tradición del viaje, del estar en una búsqueda y una espera interminables, de un recambio incesante. Soy Marcos Límenes Rosenfeld, sobreviviente del insomnio.

Este texto es una recreación libre de diversas conversaciones con el artista y aproximaciones a su obra.
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