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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Haga de su vida un papalote

Hace años leí los diarios de Anaïs Nin a quien admiro por sus libros y me cayó gordísima. Me pareció que era una pesada que padecía una obsesión por el chisme y por lo que los demás comentaban sobre su aspecto. Que si se puso una capa negra y se fue a una soireé donde Zutano la miró con insistencia, que si Mengano la piropeó y le encendió el cigarrillo. Un soponcio; me recordó a mi tía M., quien no usa sombrero pero vive obsesionada con quien se le queda viendo y también tiene una capa de terciopelo en el clóset.

Nunca más me acerqué a la obra de Nin, a pesar de que la considero una prosista elegante y concisa. Es más, me doy cuenta de que aunque su tema es el erotismo, jamás es cursi. Pero cada vez que comenzaba a leer uno de sus relatos, se me aparecía la imagen de la escritora con la boquita fruncida, el cigarro desmayado, las cejas extáticas. Qué flojera.

Ese es el origen de mi confuso disgusto con lo que llamamos “autoficción”. Y digo confuso cuando tal vez debía decir falso porque en estos años he leído un montón de libros que caen dentro de esa categoría. Todo comenzó con el espléndido texto “Frate Perdurabo” que Alberto Chimal incluyó en el libro La generación Z y otros ensayos, publicado en 2012. En él, gracias a la sagacidad de su escritura, Chimal permite vislumbrar a un escritor tímido que admite ciertos dolores de forma tan entrañable que gracias al estilo lacónico y una franqueza cuidadosamente administrada, los convierte en ecuanimidad.

Luego llegaron a mis estantes un montón de libros de ensayo publicados en inglés. A diferencia de los que escribimos en español, el ensayo de habla inglesa suele tratar de asuntos personales. Los hablantes de castellano, más formales, solemos llenar los ensayos de citas y pies de página. No vaya a pensar el lector que nomás andamos en Babia y trayendo de vuelta noticias de cómo nos fue allá, aunque eso, precisamente, hacía el fabuloso fundador del género: Michel de Montaigne, cuyo tema fue él mismo, su mente ante el mundo.

Aquí quisiera detenerme: ¿por qué somos tan reticentes cuando queremos que se nos juzgue como “serios”? ¿Por qué lo personal es considerado de menor valor que lo académico? (Y claro, lo personal se identificaría falsamente con lo femenino y lo académico con masculino, nos dice Siri Husvedt de forma irrefutable).

Hay textos académicos que deberían ser impresos en bolsas del súper porque no valen el papel que se ocupó en ellos y, también, libros autobiográficos que enriquecen la vida de los lectores.

De la misma manera no es superior aquello que dizque representa lo social a lo que se lee como individual. Tampoco lo realista es mejor que lo fantástico, etcétera. Pero los prejuicios persisten. Al leer Éramos unos niños, de Patti Smith, la historia de su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, volví a experimentar la misma incomodidad de cuando leí los diarios de Anaïs Nin.

De nuevo la descripción de ropas, abalorios, comidas, fiestas. Todo, según yo, adornado por la perspectiva de la edad y el aplomo que conceden la fama y la experiencia. No podía conciliar mi imagen de la cantante de “Horses”, con la de la narradora: una señora que dice que aún ahora reza por las noches antes de dormir.

Y zaz, que vuelvo a caer en el prejuicio y de una variedad que no había considerado: Nin y Smith son mujeres. Las dos tienen una obra de calidad que me parece incuestionable. Si sus autobiografías y diarios trataran sólo sobre los aspectos técnicos de su trabajo, serían otro tipo de libro que tal vez no me hubiera interesado.

Quizás me incomodó el reflejo. Aunque no comparta la obsesión por la capa (y en el caso de Smith, la gabardina) negra, hay cosas que me llegan de forma íntima.

Esta limitación es machista y miope. Soy como un inquisidor horrible, incapaz de admirar sin condiciones a las mujeres que hacen de su vida un papalote.

Sirvan estos renglones como expiación.

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