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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

La angosta pendiente

Va solo, envuelto en un abrigo mojado, hundido en sus propios rincones adentro, atento a los ecos del cuerpo dolido de la nuca a los pies. Un viento frío raya su rostro. Otro febril atiza su frente. Tal vez es de día a la mitad de la noche o así siente la noche ese día. Viene del mundo que incita su cerco de violencias y hambres, la perenne vigilia de sus armas siempre pulidas y nuevas, y busca un viejo silencio en un recoveco de la vasta intemperie. Resuena el alto empedrado bajo sus pasos y él los sigue como si fueran de otro, uno que es él en el umbral de sí mismo, que asoma en un vago recuerdo que acaso será. O tal vez viene de ese tiempo de escamas que la cárcel enrosca en el alma apenas afuera esa mañana doce años después. Serían al final dieciocho cumplidos de los más de sesenta que una tras otra sumaron sus tantas condenas toda su vida. Tiene veintiocho años entonces o casi cincuenta, ya no distingue. La calle se eleva y oscila hacia un cielo cargado y profundo, y él sube despacio la angosta pendiente. Un dolor carnoso le empuja el pecho a los hombros y el cuello. Hace una pausa, endereza el torso. La cárcel le sigue los pasos porque le sigue la voz y se ve en el umbral de su celda otra vez. Las paredes que miran ciegas el suelo; el suelo que encaja su frío en el sólido techo; la picazón que hierve en la espalda, que rasga las ingles y horada en las noches los ojos abiertos; el regusto de heces y moho en el aire, las ratas, las moscas, las chinches. En el pasillo el eco estridente y sinuoso de todos los ruidos, el borde mordido de todas las voces y la puerta de acero con su mirilla sellada de herrumbre. Se moja el sol en el patio vacío; se enloda la luz en los charcos de sombras. Había muerto una vez o dos, y dos o más se negó más de una vez. “Quince heridas hay en mi pecho/ Quince puñales de mangos negros se clavaron en mi pecho./ Mi corazón sigue latiendo./ Seguirá latiendo mi corazón” (“Mi corazón”, fragmento), se dice, y entre sus labios sólo ese instante las palabras son suyas y puede seguir. Se renueva en sus pies el cansancio y el carnoso dolor le punza la vida. Va solo, como sólo se puede ir al exilio, encimado en sí mismo pero a salvo su voz en un jirón de papel amarillo adentro en un pliegue del viejo gabán; esa memoria en humilde grafito las letras; su vocación de futuro en un frágil presente continuo. Sabe bien lo que ya no será y por qué no lo ha sido, y no se arriepiente y tampoco se arredra, y acaso por eso se ve en el umbral de una vida que sólo el poema le ofrece y sólo el poema le cumple: “Posiblemente yo// mucho antes de aquel día/ balanceándose mi sombra en un puente,/ la abandone sobre el asfalto,/ en un amanecer cualquiera.// Posiblemente yo/ mucho después/ de aquel día/ esté vivo/ con señales de una barba blanca/ apareciendo en mi barbilla afeitada.// Y yo/ mucho después/ de aquel día:/ si vivo todavía/ me apoyaré contra las paredes/ en cada esquina de las plazas de la ciudad/ y tocaré/ el violín en las noches de fiesta/ para los viejos/ que permanezcan vivos como yo/ después de la última batalla.// En los alrededores/ los pavimentos iluminados/ de una noche perfecta/ …y los pasos/ de las gentes nuevas/ que cantan nuevas canciones” (“Posiblemente yo”, Nazim Hikmet.)

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