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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Hilma af Klint: un descubrimiento

 

El mundo del arte quedó conmovido hace apenas unos años cuando se presentó por primera vez el trabajo de una pintora sueca totalmente desconocida: Hilma af Klint, nacida en Estocolmo en 1862 y fallecida en 1944. La suya fue una vida dedicada a la creación artística, matizada por una serie de tribulaciones espirituales que fueron el motor y el hilo conductor de su pensamiento y de su creación. Su reaparición en la escena artística, gracias al empeño de sus sobrinos que resguardaron la obra por décadas, abrió el debate sobre el surgimiento del arte abstracto en los primeros años del siglo pasado, comúnmente atribuido a pintores como Wassily Kandinsky, Piet Mondrian, Kazimir Malevich y Frantisek Kupka. Fue una sorpresa constatar que esta mujer que nadie recordaba llegó a la abstracción avant la lettre y se anticipó a los manifiestos de sus colegas contemporáneos sobre el arte no figurativo. Hilma af Klint decidió mantener su arte en la privacidad, lo exhibió sólo en contadas ocasiones, convencida de que el mundo no estaba preparado para entender su lenguaje, y dejó estipulado que su trabajo, integrado por mil 200 pinturas y dibujos y 124 cuadernos de apuntes, no fuera mostrado hasta veinte años después de su muerte.

En los albores de su carrera, hacia 1880, tras su paso por la prestigiada Real Academia Sueca de las Artes en la que se graduó con honores, Af Klint se dio a conocer como paisajista y retratista, géneros que le ganaron el respeto como artista ante una sociedad conservadora que no tomaba en cuenta a las mujeres como creadoras profesionales. También destacó como ilustradora en publicaciones de ciencia y diseño, y fue miembro de la Asociación de Mujeres Artistas Suecas. Su trabajo de esos años denotaba una maestría en el conocimiento y manejo de las técnicas clásicas, aunque también se interesó por el impresionismo que comenzaba a revolucionar el arte europeo. Sin embargo, muy pronto dejó de participar en el mundo del arte para concentrarse en sus prácticas espirituales y en el desarrollo de una pintura que permaneció prácticamente oculta por tres décadas.

Desde muy joven, Hilma af Klint se inclinó por el estudio de las religiones tanto occidentales como orientales, e incursionó en las ciencias ocultas, entre ellas el espiritismo, la teosofía y el rosacrucismo, aunque en sus inicios mantuvo estas prácticas al margen de su creación artística. En 1906 su arte da un giro total y rompe categóricamente con la figuración para desarrollar un lenguaje críptico, lleno de simbolismo, basado en la esencia de su espiritualidad. La pintora sueca atribuyó el origen de este cambio al llamado de los espíritus con quienes establecía contacto a través de sesiones que llevaba a cabo con otras cuatro amigas, grupo que se hacía llamar “Las Cinco”, y que buscaba el acceso a un nivel más elevado de conocimiento. En sus sesiones practicaron en colectivo la escritura y el dibujo automáticos realizados en estado de trance. Fue así como Af Klint comenzó a liberarse de las ataduras de las técnicas academicistas y sus trazos dibujísticos alcanzaron otro vuelos, dando lugar a imágenes no figurativas y altamente poéticas y evocadoras. Sus guías espirituales le dictaron la misión trascendental que habría de cambiar radicalmente su vida y su obra: la creación de un recinto que albergaría pinturas inspiradas en una dimensión metafísica. Entre 1906 y 1915 realizó una serie de 193 pinturas y dibujos sobre papel conocida como Pinturas para el Templo, el trabajo más relevante de su carrera y al que dedicó toda su fuerza física e intelectual; el edificio nunca se logró construir. La exposición que se presenta actualmente en el Museo Guggenheim de Nueva York y que ha despertado un asombro e interés inusitados –Hilma af Klint: Pinturas para el Futuro– da cuenta de una artista inclasificable que vivió para crear lo que sus convicciones le dictaron, al margen de las modas y el mercado, y su legado abre la brecha a nuevas lecturas e interpretaciones en los estudios de arte y de género.

 

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