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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Apuntes para una memoria

Sin dejar nunca de prestar atención a películas procedentes de todo el mundo, así como a cualquier tema en ellas abordado, desde su debut en el suplemento cultural Sábado –del todavía disponible pero en realidad ya bien muerto diario unomásuno– es claro que los principales intereses cinematográficos del columnista, crítico, guionista, ensayista, novelista, conductor televisivo y radiofónico, catedrático e investigador mexicano Rafael Aviña se concentran en dos vertientes principales: el cine nacional y todo aquello que da en ser englobado bajo el concepto periodístico de “nota roja”. Lo demuestra, por un lado, la incontable cantidad de críticas, reseñas, y artículos publicados en diversos medios, así como su participación, a manera de entrevista, en más de un documental, pero sobre todo ha quedado plasmado en la treintena de volúmenes de su autoría. Ambos intereses equivalentes a una verdadera pasión, basten unos cuantos ejemplos: del primer tema están Tierra brava. El campo visto por el cine mexicano y David Silva. Un campeón de mil rostros, y del segundo destacan Asesinos seriales. De la nota roja a la pantalla grande y Mex Noir. Cine mexicano policiaco, este último editado en 2017, del que se dio cuenta aquí mismo.

Micro y macro historia

A principios del presente año, el autor entrega su libro más reciente, ¡No queremos olimpiadas, queremos revolución!, cuyo título recoge una de las consignas más significativas de las incontables que se multiplicaron a raíz del movimiento estudiantil que tuvo lugar en México hace poco más de medio siglo. Más específico, el subtítulo aclara de qué va el volumen: “1968: una crónica desde la infancia y todas las películas sobre el 2 de octubre”.

Nacido a finales de la década de los cincuenta, Rafa –como lo llamamos los que lo queremos– contaba exactamente nueve años, tres meses, diecinueve días, veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos de edad, cuando en el cercano Tlatelolco, a muy poca distancia de su domicilio en la calle de Brasil, en el Centro Histórico de Ciudad de México, de un helicóptero descendían unas funestas luces de bengala. El estruendo de un tiroteo en ese momento inexplicable llegó hasta los oídos de Rafa, a quien se le había ordenado esconderse debajo de la cama para evitar que se atravesara en el trayecto de alguna bala perdida.

Previamente convertido en lector furtivo y furibundo de pasquines de la nota roja, lo mismo que de cómics y de libros de aventuras, ya para entonces un cinéfilo empedernido gracias a la feliz culpa de su padre, ese niño habría de mantener, a lo largo de los años, el recuerdo fiel de aquellos tiempos, y llegado el momento habría de fusionar esa memoria prodigiosa con las dos pasiones antes mencionadas. El resultado es, precisamente, la prolífica creación escritural de Aviña, de la cual ¡No queremos olimpiadas, queremos revolución! es una suerte de génesis, en virtud del cual resultan diáfanos los motivos, las pulsiones y las obsesiones de quien bien puede ser definido como un auténtico cineasta de la pluma y el teclado.

Dividido en Lado A y Lado B, como los antiguos discos de 78, 33 o 45 revoluciones por minuto, el libro desgrana primero los recuerdos de Rafa: su barrio, su escuela, sus gustos, qué se veía, se oía y se comentaba en el lapso que va de diciembre de 1967 y octubre de 1968, cómo era percibido el clima sociocultural por un niño menor de diez años… La palabra ha sido desvirtuada más de una vez, pero aquí aplica perfectamente: “entrañable” es la mejor definición para este ejercicio de memoria compartida que, conviene insistir, explica muy bien el interés, rayano en obsesión, de Rafa por revisitar, registrar y conservar, para entender, lo que el cine mexicano ha entregado en torno al parteaguas histórico que significa el ’68. El Lado B es la consecuencia: en él, Rafa compendia y reseña todo lo cinematográficamente disponible al respecto, desde los primeros ejercicios hasta los más recientes.

Una delicia de libro, indispensable en la construcción de nuestra memoria histórica, micro y macro.

 

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