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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Las fases de la Luna

El cine, ante todo, es una manera

de pensamiento.

Jorge Ayala Blanco

Cuarto creciente

¿Quién iba a decir, Bernardo, que cuatro décadas más tarde la Luna, mejor dicho tu Luna, volvería de súbito a mostrar su doble condición, mitad luz mitad penumbra? ¿Quién habría podido suponer que de nuevo iban a escucharse su canto y su silencio, primero en el grito callado al fondo de un pasillo oscuro, surgidos ambos, pasillo y grito, de la desesperación producida por un No Saber casi absoluto, dentro del cual habrá que sumergirse, paradoja grande, para encontrar la claridad? ¿Imaginaste que Caterina volvería, sólo que esta vez en otra fase, ya no a través del beso tierno en la mejilla del hijo, sino consumando los ciento ochenta grados del retorno al origen, que eso y nada más es la casona donde la nueva Caterina, pero la misma siempre, “vive y reina por los siglos de los siglos”?

Luna llena

Igual que Wagner, también ella, la anticuaria convertida en una pieza más del Museo de la Decadencia en el que consiste su casa en ruinas, pudo afirmar alguna vez: “Nunca en mi vida había disfrutado de la verdadera felicidad del amor. Erigiré un monumento a éste, el más encantador de todos los sueños…” Hoy reducida casi exclusivamente al viejo cartel que anuncia una ya olvidada puesta en escena de Tristán e Isolda, la memoria va en busca de sí misma y se encuentra en el baúl donde, entre otras cosas, reposan ediciones ajadas de Nietzsche y de Rimbaud, que sin saberlo han aguardado el instante de ser vivificadas por una nueva lectura, la del hijo. Pero la memoria también se reencuentra consigo en las palabras y los actos del taxidermista, ya sea en medio de un puente que va del amor a la muerte, ya sea en su habitación, extrayéndole a un petirrojo la garganta, ya sea en la cantina-museo tauromáquico donde (se) confiesa, quizá más para sí que para el hijo de Caterina, que lo escucha: “Los cuerpos son como un recipiente donde se guarda el tiempo de todos los tiempos; por eso son sagrados…” ¿Habrá leído en Schopenhauer aquello de que “el hombre no debe compasión a los animales, sino justicia”? ¿Será consciente de su condición de discípulo avanzado? Testigo y mayordomo y heredero a su manera, él sabe bien de qué tamaño fue el amor entre Caterina y la anticuaria; por eso hizo lo que tenía que hacer y por eso de sus cuerdas vocales, las únicas capaces de cantar después de que todo ha sucedido, es de donde surge la salmodia: “Soy ese viento que se cuela entre las tumbas/ Soy la canción de los dolientes/ Soy un silbido en el silencio/ Soy una carcajada enloquecida en la hora de mi muerte…”

Cuarto menguante

Ahí el vestido, apesadumbrado por el polvo en que los años acaban convertidos y sin embargo listo para ser atavío nuevamente, si uno quiere; ahí el juguete yaciente, dispuesto a la manera de ofrenda en el altar, donde el hijo puede reconocer su propia pleitesía; ahí el muñeco ennegrecido en su nicho y solitario, custodiando para que nadie lo sepa mientras el hijo vuelve, la placenta laberinto que es Museo y escenario y taller de taxidermia, todo junto. Ahí también el fin de ciclo que se busca desde el vértigo de recorrer la casa interminable en patineta, o con la nota reiterada de un bajo eléctrico que ya no es Wagner pero como si lo fuera porque el ave disecada, reina incontestable del Palacio que aun en ruinas no cede su última derrota y sigue plantándole sus muros tercos a los rascacielos, no se ha ido ni se irá, y hasta es capaz de amamantar a su hijo bienamado, ése que llegó para entender/se y aunque sus pasos lo lleven de regreso, se quedará de muchos modos.

Luna nueva/Luna negra

Lo dijo Schopenhauer, lo confirman Caterina, su hijo, la anticuaria y el taxidermista: “Puesto que el hombre en su totalidad es sólo el fenómeno de su voluntad, nada puede resultar más absurdo que, partiendo de la reflexión, quiera ser algo distinto de lo que se es.”

Luna mortis, Rafael Rangel, México, 2019.

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