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Didier Daeninckx, los desaparecidos y el género policíaco

¿Qué es peor: perder a un familiar o no saber si ha muerto? El detective René Griffon se especializa en encontrar cuerpos. Luego de la primera guerra mundial, son miles los combatientes sin paradero conocido y alguien debe preocuparse por ellos. ¿Quién mejor que un excombatiente? René escala la figura del detective rudo al presentarse como un sobreviviente de la guerra que sigue inmerso en las batallas atroces: entre sus recuerdos del sufrimiento en el combate, la crudeza de ver morir a sus compañeros y la carga inamovible de caminar entre cadáveres en los campos de batalla, sin importar si son compatriotas o enemigos, la vida en tiempos de paz es compleja, incluso en un país ganador. Y el asunto se complica más cuando un militar condecorado le pide a René encontrar al amante de la esposa.

En una búsqueda que se expande como ondas en el estanque, presenciamos no sólo la difícil asimilación social de los mutilados de la guerra, sino la precaria estancia hospitalaria de los soldados que no tienen posibilidad de desplazarse por sí mismos. La empatía de René con uno tan impedido que sólo le funciona la zona genital y parte del rostro, le lleva a contratar una prostituta para que lo visite semanalmente. La batalla no ha concluido. Entre las descripciones de un país impregnado de sangre militar es imposible no recordar al México contemporáneo, donde una violencia rampante ha dejado regiones con el amargo sabor de miles de desaparecidos y una sociedad gimiente en su búsqueda. Si cualquier guerra es reprochable, más lo es una contra la delincuencia, cuando no había preparación ni estrategia. Ni siquiera en la actual administración, donde se inician las medidas para legalizar el uso de la marihuana, se atisba un arreglo a esa tragedia de los desaparecidos. Si el detective René busca en archivos, periódicos y hasta en la policía para dar con una persona, hoy en México son miles las víctimas secundarias errando de una oficina pública a otra sin dar con sus deudos. La desaparición para unos y la muerte en vida para otros.

La autocrítica y la pobreza

La trama también toca a los desplazados por la guerra, por las zonas que han convertido en fábricas y los vertederos industriales: por la dificultad para conseguir una vivienda ante la avaricia de los terratenientes. En México apenas se habla de los desplazados por la violencia. Unidades habitacionales, casi ciudades, abandonadas a los heraldos de la sangre. Pero la necesidad está en todas partes. La sobredemanda incita a la sobreoferta. Las zonas urbanas estallan en edificios, sin importar las carencias de servicios.

La mirada crítica de Didier hace que el detective René no sea sólo un personaje eficaz, sino que termina por confrontarnos con nuestro actual momento. La ausencia en los medios de los familiares de desaparecidos no se debe a su falta de empeño, ni a que sean un número menor. En contrapartida, como en la novela, los secretos militares acechan a más de uno. El general contratante resulta no ser el héroe de guerra que se le publicita. En medio de la batalla se pueden cometer las peores atrocidades contra los propios compañeros y salir glorificado. Al revés, los militares mártires, los que verdaderamente dieron la vida por la patria, por un ideal, como en el México actual, pasan desapercibidos. De pronto, tras pagar incluso con la muerte de los familiares el cumplimiento del deber, como sucedió con la muerte de uno de los Beltrán en Cuernavaca, donde asesinaron a la familia de los marinos involucrados, los soldados son enemigos a controlar; al menos en la opinión pública.

Didier nos recuerda que una sociedad inconforme es una bomba de tiempo. Incluso quienes viven en la calle o de la caridad, llegados al límite, pueden matar. Los invasores de predios de la novela son capaces de todo para no dejar de vivir de la nobleza local: se escudan en cuestionamientos sociales para depredar. La masa manejable, además, puede ser direccionada a donde convenga a sus dirigentes. El autor toca temas de profundidad social, en apariencia sin darles mayor importancia: la colonización mercantil (en nombres y productos), la fidelidad marital hacia los mutilados, la prostitución homo y heterosexual, los preservativos femeninos, la apología de la violencia entre clases, la Iglesia y su función social, el diseño urbano como factor de convivencia, la sumisión sindical y muchos más. Todo aderezado con la sorna inclemente propia del género.

Didier Daeninckx es un autor indispensable, incluso como referente sociológico e histórico: sumidos en la política nacional, se olvidan los procesos mundiales que influyen y determinan las acciones de las administraciones locales.

 

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