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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Una cubeta colosal

Todos conocemos la imagen de la cubeta llena de cangrejos que se impiden la escapatoria unos a otros, representación atinadísima de la envidia, ese acusado defecto nacional. Tenemos muchos: se sabe que México es violento, corrupto y machista, pero no solemos sumar la envidia a esta lista horrenda. Quizá porque admitir semejante defecto sería, también, aceptar que uno se siente inferior al envidiado, que los celos le retuercen la panza y que es incapaz de alegrarse por otro. Es una ceguera agria, venenosa, que exhala palabras llenas de mala leche que terminan por intoxicar a quien las profiere, que ahoga cualquier victoria si es ajena. Y, como nadie triunfa todos los días, empobrece la vida.

Ya lo decía el poeta Gerardo Deniz: de los siete pecados capitales sólo la envidia es incapaz de proporcionar un mísero instante de placer al pecador. La lujuria, por ejemplo, puede dejar triste, con una enfermedad venérea o un embarazo a quien le da rienda suelta, pero satisfacerla puede dar sentido a la vida. Lo mismo la gula, pecado gozoso y alegre que suele venir acompañado de la fiesta, la deliciosa pereza, la repentina liberación de la cólera –aunque, ay, qué males causa por todas partes–, la soberbia y la avaricia. Yo no soy avara, pero entiendo qué siente el avaro cuando miro mis libros o algunas, pocas, prendas de ropa: la felicidad de la posesión, pariente lejana del amor.

El pecado que me resulta más ajeno es la envidia, por lo que decía Deniz: no hay gusto en él. Al contrario, la envidia, con su falso desprecio, hace sufrir a quien la siente. Tiene un poco de cólera, un mucho de inseguridad, de tristeza (“¿por qué, por qué Yalitza”–dijo el actor–, por qué no yo?”), de soledad, aunque los envidiosos sean multitud. Y que sea tan ubicua en México dice mucho de nosotros. Se habla mal de los futbolistas que triunfan (yo, que no sé nada, sé que el Chícharo, por más “que ya haya pasado su mejor época” es mil veces mejor jugando futbol y haciendo su trabajo que el cronista que lo desdeña), de los actores y directores, de Rommel Pacheco, de Alexa Moreno. Cuando en el lejano 1999 Jorge Volpi ganó el Premio Biblioteca Breve por En busca de Klingsor, atestigüé el berrinche de un lector que ni conocía a Volpi, ni había leído el libro, pero le daba coraje. Era envidia destilada.

Este no es un inofensivo pecado privado, ni un defecto inocente. La envidia es destructiva, arruina amistades y colaboraciones, empequeñece los logros que debían ser celebrados y perpetúa prejuicios idiotas. Se podría decir que estos efectos pertenecen al ámbito privado, pero también añade a la asfixia nacional, al enrarecimiento de la vida civil, de cuya armonía dependen tantas cosas. Cada triunfo es visto por algunos como algo casi propio y absurdamente nacionalista (“¡Viva México, cuarones!” decía un slogan televisivo la noche de los Óscares) o se le menosprecia con las “razones” de siempre.

Yo he sentido varios tipos de envidia; una abstracta, imprecisa y lela, por gentes que no conozco: por J.K. Rowling, por haber escrito Harry Potter; por Marguerite Yourcenar y su inteligencia solar; por muchos bailarines; por ciertas formas de belleza física, yo qué sé. Me da envidia la señora que cuida a los pandas en una reservación en China y una mujer que conozco y que es sorprendentemente políglota. Por quienes saben montar a caballo o nadan de mariposa. Pero las pocas veces que me ha desgarrado el rayo tóxico de la otra envidia, me he asustado y la he rechazado porque me di cuenta de su poder.

Escribo esto porque me encoleriza (envidiosa no, pero enojona sí) vivir en un país donde hay tanta envidia. Impide que nos organicemos y dejemos de vernos el ombligo: nos transforma en presas de las pasiones más incómodas.

La envidia no deja que uno sea verdaderamente solidario: detiene el impulso de extender la mano; así consolida nuestro mexicanísimo sentimiento de desamparo.

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