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Miguel León-Portilla, un filósofo del tiempo

La conciencia tiene el privilegio maravilloso —y misterioso— de abarcar duraciones y asimismo de recordarlas.

Miguel León-Portilla

En las diferentes épocas de la humanidad nos encontramos una pléyade de personajes –en el sentido de seres humanos de distinción y calidad– que se echaron a la espalda la realización de obras magistrales. Estos personajes enfocaron su trabajo en temas relacionados con la cultura y las artes: arquitectos, músicos, pintores y escultores, literatos, filósofos e historiadores que durante su vida se afanaron en la realización de una labor que quedó determinada por su voluntad y sabiduría.

El hombre alberga en su esencia una necesidad de interpretación y conocimiento. En el campo de la historia y la filosofía existieron pensadores que, por una parte, se dedicaron a interpretar y asentar una imagen de lo que existía a su alrededor, la cosmovisión; y por otra, dejaron constancia de los sucesos que acontecían en su época, el relato de la historia. Enfocaron su atención en estos grandes temas con el objetivo de investigar y conocer, entender y comunicar los resultados de su estudio.

Este ensayo versa sobre un historiador mexicano contemporáneo, Miguel León-Portilla (México 1926), que ha dedicado su vida a desarrollar uno de esos trabajos magistrales a los que hacíamos referencia: la reconstrucción de la imagen del México antiguo. Cuando decimos “imagen” nos referimos a un retrato integral que revela dioses, leyendas y mitos; estructura social y económica; artesanía y arte; poesía, canciones y danzas de aquella antigua cultura.

León-Portilla ha sabido recolectar todos los fragmentos testimoniales que nos dejaron sobrevivientes e informantes, historiadores y cronistas, para reconstruir la imagen global, multifocal y poliédrica, del esplendor de una antigua civilización arrasada y perdida para la historia de la humanidad.

El camino recorrido

Para mí el historiador es en cierto modo un filósofo del tiempo.

Miguel León-Portilla

El maestro León-Portilla –maestro en el sentido del concepto que reúne, en una persona, cercanía y familiaridad con sabiduría ancestral y existencial– recorrió un largo camino para lograr esa reconstrucción de la imagen del México antiguo. Un peregrinar sin descanso por los territorios de la filosofía, la historia y la antropología que el propio maestro detalla en un ensayo sobre su vida profesional (Egohistorias: el amor a Clío, Jean Meyer. México 1993).

Con inquietudes existenciales desde niño, Miguel León-Portilla recibió la influencia de su tío Manuel Gamio, quien le descubrió la arqueología y despertó su curiosidad por las culturas antiguas. A la hora de decidir qué estudiar elige la filosofía e ingresa en el Loyola University de Los Ángeles, donde también se instruye en artes y letras. Aprende griego y latín para leer los textos clásicos de historia, filosofía, poesía, teatro y oratoria que le enseñaron “la sabiduría del ars vivendi”. Asimismo, sus estudios de filosofía le permitieron conocer la evolución del pensamiento humano desde la Antigüedad hasta su época.

Miguel León Portilla reconoce las enseñanzas que le revelaron los filósofos que estudió en esos años: “A Kant debo haberme percatado de los límites del conocimiento. Esto me libró de dogmatismos e ideologías en boga, más dogmáticas aún que las creencias.” Dentro de la obra de Henri Bergson (1859-1941) descubrió Materia y memoria (1896) y el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (1889), donde encontró respuesta a alguna de las preguntas existenciales que se hacía desde niño, las que le habían llevado a decantarse por estudiar el pensamiento humano. Los ensayos y teorías del filósofo francés renovaron su interés por la historia y la antropología; León-Portilla obtuvo la maestría con un trabajo sobre Las dos fuentes de la moral y la religión (1932).

En esa época lee, en la revista Ábside, los textos nahuas traducidos por Ángel María Garibay y encuentra los libros Poesía indígena de la Altiplanicie (1940) y Épica náhuatl (1945), publicados en la Biblioteca de Estudios Universitarios. El contenido de estos trabajos del padre Garibay le impacta y despierta en él un interés por el estudio de la historia y el pensamiento de las culturas prehispánicas mesoamericanas, un campo que apenas comenzaba a investigarse desde el punto de vista académico.

Corría el año 1952 cuando Miguel León-Portilla regresa a México y Manuel Gamio le pone en contacto con Ángel Garibay. Para el joven maestro no fue fácil el encuentro con el prestigioso filólogo e historiador que el año anterior había recibido el doctorado honoris causa por la Universidad Nacional (UNAM), junto al propio Gamio y otros reconocidos académicos. Así recuerda León-Portilla aquel primer encuentro con Ángel Garibay:

Le dije que me atraía mucho lo que estaba haciendo y quería participar en ello. Se me quedó él viendo con su mirada penetrante y enseguida me preguntó: “¿Sabe usted náhuatl?” Al responderle que no, frunció el ceño y añadió: “Usted no puede acercarse al pensamiento náhuatl si ignora la lengua en el que está expresado.” Le pedí entonces que me aceptara como discípulo. Su respuesta fue: “Inscríbase en Filosofía y Letras. Curse materias para el doctorado y podré ser su asesor pero con una condición: si noto que no estudia o que no aprende, lo daré de baja de inmediato.” Acepté la condición y me señaló él la fecha para una próxima reunión.

Esta entrevista supuso el comienzo de una relación que duraría hasta el fallecimiento de su maestro, en 1967. También fue el inicio de una nueva etapa en la vida académica de León-Portilla, quien dedicó los tres años siguientes al estudio del náhuatl y a recopilar material para realizar la tesis. Durante el verano de 1956 presentó con éxito su tesis doctoral, un trabajo titulado Filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, que de inmediato fue publicada por el Instituto Indigenista Interamericano, revisada y ampliada un año después por el propio León-Portilla, editada por la UNAM. Cabe decir que en la actualidad esta obra se sigue reeditando en español, francés e inglés, lo que corrobora las palabras que dijo Ángel Garibay cuando se publicó por primera vez: “Un hecho es indudable, este libro no caerá en el olvido.”

En 1957, Manuel Gamio ofreció a León-Portilla incorporarse al Instituto Indigenista Interamericano como secretario, puesto que desempeñaría hasta 1960 cuando, a la muerte de Gamio, fue elegido director del Instituto, cargo que ocupó durante toda la década. Miguel León-Portilla afirma que de Manuel Gamio aprendió dos cosas fundamentales para su trabajo profesional: por un lado, le ensenó a dar un enfoque integral e interdisciplinario a sus investigaciones y estudios, algo que sin duda aplicó en toda su obra posterior; y por otro, la necesidad de no limitarse al estudio del pasado indígena: “Repetía él con frecuencia: ‘No te dejes atraer sólo por el pasado indígena; piensa también en el presente. Lucha al lado de los pueblos nativos hasta hoy marginados pero que mantienen vivas sus lenguas y sus identidades culturales’.” Un consejo que León-Portilla siguió en el Instituto Indigenista Interamericano, donde mantuvo contacto con las comunidades indígenas contemporáneas de todo el continente. “Escapé así del peligro de convertirme en rata de biblioteca. He visitado grupos indígenas desde Alaska hasta Patagonia.” De este modo, Miguel León-Portilla aunaba la filosofía y la historia con la antropología cultural, una simbiosis que para él fue definitiva para crecer y madurar profesionalmente.

Ese mismo año –1957– se crea, en la facultad de Filosofía de la UNAM, en asociación con el Instituto de Historia, el Seminario de Cultura Náhuatl fundado por Ángel Garibay y Miguel León-Portilla. Durante los diez años siguientes ambos trabajaron en tres líneas de publicación relacionadas con la cultura náhuatl: fuentes, estudios y monografías. Una labor editorial que, según el propio León-Portilla, tenían un doble objetivo: “Por una parte, importaba volver asequibles los más importantes testimonios de la antigua cultura. Por otra, interesaba propiciar la elaboración de monografías en las que el punto de vista indígena se tomara en cuenta en la comprensión de su historia y visión del mundo.”

Entre otras muchas cosas, el Seminario de Cultura Náhuatl supone para Miguel León-Portilla el inicio de una fase definitiva de su trabajo profesional, pues desde entonces se ha dedicado de forma permanente tanto a ejercer la docencia y la investigación, como a labores administrativas y académicas. Un camino increíblemente prolífico en cuanto a publicaciones, logros y reconocimientos. A la ya mencionada Filosofía náhuatl siguieron otros textos, entre los que destacan: La visión de los vencidos (1959), Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (1961), Imagen del México antiguo (1963); Las literaturas precolombinas de México (1964) Trece poetas del mundo azteca (1967), De Teotihuacán a los aztecas (1971) Cantos y crónicas del México antiguo (1986), Huehuehtlahtolli: Testimonios de la antigua palabra (1991), Literaturas Indígenas de México (1992) y otros muchos estudios y publicaciones que han contribuido a lograr una imagen integral de la cultura del México antiguo. Son libros de lectura ineludible para cualquier mexicano que le interese tomar conciencia de sus orígenes y escuchar las voces de su antigua raíz.

Los fragmentos que forman la imagen

 

Aunque todo sea como un plumaje de quetzal que se desgarra o un jade que se quiebra, la conciencia registra e integra una imagen, una duración del tiempo que ha dejado una huella.

Miguel León-Portilla. Huehuehtlahtolli

Miguel León-Portilla concibe la profesión de historiador como un trabajo que no se limita a relatar la historia, el historiador debe ser un “filósofo del tiempo”. En sus palabras, un filósofo del tiempo debe “no sólo inquirir acerca de lo ocurrido en determinado momento o período, sino sobre todo de integrar una imagen coherente de ello, hurgando a la vez en su significado.”

Para recuperar la imagen del México antiguo, León-Portilla realiza un arduo trabajo pues debe rastrear en los archivos de la historia todas las referencias que de ella se habían hecho a través de los siglos. Después de reunir el material, lo estudia, relaciona e interpreta para encontrarle un significado que tenga coherencia.

El filósofo-historiador encuentra esos pedazos de la historia del México antiguo desperdigados en testimonios orales o escritos recogidos en documentos y textos, en códices, dibujos, cantos, entre vestigios arqueológicos: son los residuos que ha dejado el tiempo y él los recupera. León-Portilla es un filósofo del tiempo que obtiene esos fragmentos que limpia para darles vida, coherencia y un significado que alcanza al establecer relaciones, intencionalidad, causas y efectos; sólo entonces reconstruye la imagen total que los integra y nos la muestra. Al realizar de esta manera su labor, el historiador-filósofo del tiempo tiene la seguridad de que la imagen integral obtenida con todo el material recuperado no es ficción y prevalecerá como historia pretérita.

En palabras de León-Portilla, la verdadera misión que da grandeza al historiador consiste en “recrear la duración y la vida que fueron, infundir el soplo del espíritu, hallar significación y comunicarla”. Sin duda una gran labor, un trabajo de vida que sólo puede realizarse con pasión, dedicación y conocimiento.

La perspectiva del Otro

 

Todo esto pasó con nosotros, nosotros lo vimos, nosotros lo contemplamos; con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados.

Manuscrito de Tlatelolco (1528)

La aparición en 1956 de la Filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, de León-Portilla, marcaría el desarrollo posterior del estudio de las antiguas civilizaciones prehispánicas. Su tesis doctoral introducía en el ámbito académico una serie de textos en náhuatl que describen una visión del mundo diferente que plantea y debate cuestiones fundamentales –la divinidad, el tiempo, la vida y la muerte, el bien y el mal, entre otras muchas– que también habían sido objeto de estudio por parte de la filosofía clásica y moderna.

El libro de Miguel León-Portilla abría ese campo al aportar material de estudio para establecer un diálogo, con el fin de alcanzar un nivel cognitivo académico sobre esas otras culturas, a las que no se les había dado la importancia que se merecían. En definitiva, León-Portilla demuestra la existencia de una filosofía y una literatura nahuas que, al aportar sus puntos de vista sobre la condición humana, contribuyen a enriquecer el saber universal. Asimismo, emprendió el camino hacia la comprensión del Otro al abrir una “ventana conceptual” que muestra la manera de ver e interpretar el mundo de una cultura original, perspectiva que nos da la posibilidad de ampliar nuestra comprensión y entendimiento.

A Miguel León-Portilla le interesaba también el hecho en sí de la Conquista, un evento traumático que había supuesto la pérdida de muchas fuentes necesarias para reconstruir la historia antigua de México. Hasta entonces todo lo que se sabía sobre aquel choque entre culturas había sido contado solamente desde una perspectiva, la de los conquistadores. Al estudiar ese episodio fundamental de la historia de América, historiadores y académicos se limitaban a trabajar sobre las Cartas de relación, escritas por Hernán Cortés; el imprescindible relato de Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de Nueva España; y toda una serie crónicas y documentos realizados por historiadores y cronistas oficiales, alguno de los cuales nunca habían pisado tierras mexicanas.

León-Portilla comentó su inquietud y argumentos con Ángel Garibay y le propuso reunir en un libro los testimonios indígenas sobre la conquista de México que habían encontrado en sus investigaciones. El resultado fue La visión de los vencidos, relaciones indígenas de la Conquista (1959), un texto con una repercusión que nadie habría podido prever y que supuso el inicio de una rama de la historiografía que se basa en conocer la perspectiva del Otro. Baste referir un dato: es el libro que mayor difusión ha tenido entre los publicados por la UNAM y ha sido traducido a más de quince lenguas.

Todavía quedaba mucho camino por recorrer para comprender al Otro. Además de conocer su perspectiva filosófica y la visión que tenían de la destrucción de su cultura, para completar la imagen del México antiguo era necesario ahondar en la historia, conocer la estructura y funcionamiento de la sociedad, el significado de su literatura, de su arte. Un trabajo que el maestro León-Portilla ha realizado con dedicación y entusiasmo a lo largo de más de seis décadas. El resultado de esa labor de búsqueda y conocimiento es una veintena larga de libros, centenares de artículos, monografías, ponencias, conferencias, discursos... una obra magistral que ha logrado ubicar la historia del México antiguo en el lugar que le corresponde dentro de la historia de la humanidad, que nos permite tener una imagen coherente de los antiguos mexicanos.

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