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Miguel León-Portilla, una visión para vencer

León-Portilla en la encrucijada de la historia de México

La obra de León-Portilla comienza hacia la segunda mitad del siglo XX, justo cuando en México concluía el largo período del nacionalismo revolucionario, que paradójicamente se había caracterizado por reivindicar el pasado precolombino como una parte sustancial de un discurso ideológico que sostenía el delicado tema de la conquista, fundamentado en la contradicción de un doble discurso que, por un lado, de manera velada, hacía eco de la Leyenda Negra de España señalando la crueldad, el obscurantismo, la tiranía política y la crueldad de los procedimientos ibéricos empleados para implantar la fe cristiana en América, pero que por otro lado, de manera “casi oficial”, no dejaba de encumbrar las virtudes que la “Madre España” había traído a México y al continente mediante las más variadas gracias y avances tecnológicos y espirituales. Con esta contradicción se intentaba explicar, en una especie de doble mentira, nuestro resentimiento histórico hacia los gachupines (sobre todo expresado en las patéticas fiestas de Independencia durante el mes de septiembre, patetismo histórico parecido a una larga borrachera producida por la falsa identidad nacional), pero también se justificaba al sistema de razas y clases que consolidó al racismo endémico que desde el siglo XVI se impuso de manera absoluta en todo el país. Así, por ejemplo, para el escritor Javier Marías, la Leyenda Negra consiste en que, “partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra. En el caso de España, se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más densa en el siglo XVII, rebrota con nuevo ímpetu en el XVIII —será menester preguntarse por qué— y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás.” Algo, más que fábula, debe haber de cierto en esa Leyenda Negra que no logra “revertir” la verdad ni darse por concluida, entre otras cosas porque algunos pensadores y corrientes políticas españolas, evidentemente las más primitivas y reaccionarias, siguen planteando, quinientos años más tarde, que todo aquello que sus ancestros hicieron durante los periodos de la Conquista y de la Colonia en México y en América Latina fue cultural, ética y políticamente justo.

Más allá de las actitudes dolientes e hipócritas sostenidas hacia las culturas indígenas, y más allá de las rebeliones de esos vastos sectores siempre oprimidos y descalificados, con todo y su correlato de reivindicaciones políticas y sociales durante la Independencia de México, la Revolución mexicana y el cardenismo, ésa, justamente, ha sido la visión aglutinante e indigerible (casi esquizofrénica) que en términos reales, simbólicos e imaginarios hegemonizó para crear un concepto de formación (y deformación) de la historia y de la identidad nacional durante los últimos quinientos años, período en el que los habitantes de México se nutrieron, sobre todo, con textos como Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, con las Cartas de relación escritas por Hernán Cortés, o con las “humanistas” y “cristianas” caracterizaciones que hacían los miembros de las mejores y más importantes familias de Nueva España, en otras palabras, si Miguel León-Portilla escribe —haciendo un ajuste de cuentas histórico— Visión de los vencidos, es porque existe una visión de los vencedores; además, todos sabemos que la historia la escriben, interpretan, justifican, divulgan y hacen valer los vencedores.

Precursores intelectuales de León-Portilla

Además de Lorenzo Boturini, historiador, anticuario y cronista de las culturas indígenas de Nueva España y promotor del culto de Nuestra Señora de Guadalupe, León-Portilla también se inspira en la obra de Francisco Javier Clavijero, sacerdote jesuita que escribió Historia antigua de México, obra por la que ha sido considerado como uno de los precursores del indigenismo en México. Sin embargo, son la figura y la obra del padre Ángel María Garibay K. las que, durante los años cincuenta, influyen de manera notable en la formación y en los intereses intelectuales de León-Portilla. Así, bajo la orientación del notable nahuatlato, en 1956 escribe su tesis doctoral, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Es importante mencionar que, a la manera de los “etnógrafos” misioneros del siglo XVI, el padre Garibay fue, además de un excelente filólogo e historiador mexicano, un sacerdote católico considerado como uno de los más notables eruditos sobre la lengua y la literatura náhuatl. Precisamente el libro Ángel María Garibay. La Rueda y el Río, escrito por León-Portilla y Patrick Johansson (discípulo de León-Portilla) da cuenta de cómo el trabajo de Garibay se fundamenta en una sólida formación que incluía, entre otras artes y disciplinas, el conocimiento de los clásicos latinos, griegos y hebreos, con los que realizaba análisis comparados de lengua y literatura náhuatl para escribir su trascendental Historia de la literatura náhuatl. León-Portilla acude a varias fuentes escritas en náhuatl, algunas de ellas traducidas al español por Garibay, para estructurar su Visión de los vencidos, ofreciendo un amplio horizonte documental que nos permite tener vislumbres contundentes de la manera en que las culturas originales experimentaron la tragedia y el drama de la Conquista de México.

Ruptura, estructuralismo francés y el espíritu intelectual de la época

Además del parteaguas que prefiguraba el período que en términos estéticos, políticos y conceptuales habría de dar paso al período conocido como “La ruptura” –desavenencia que entre otras cosas terminaría con la hegemonía política y estética de la Escuela Mexicana de Pintura, la novela de la Revolución, la época de oro del cine mexicano, pero que sobre todo se expresaría en la ruptura social e histórica que llevó a cabo el Movimiento estudiantil de 1968–, en aquellos años se fragua el contexto revolucionario en el que surge la obra de Miguel León-Portilla; contexto que, por otro lado, coincide con la aparición del estructuralismo francés, cuyo método de investigación de las ciencias sociales se convirtió en uno de los más utilizados para analizar el lenguaje, la cultura y la sociedad desde la segunda mitad del siglo XX. Es claro que el espíritu intelectual de la época, así como la interacción con investigadores de Europa, generaron el clima propicio para que floreciera la obra de León-Portilla. Los descubrimientos del Curso de lingüística general (1916), de Ferdinand de Saussure, cuyo diseño inaugurará los análisis de campo específicos, para crear sistemas de partes relacionadas entre sí, lo mismo que los trabajos del antropólogo y etnógrafo Claude Lévi-Strauss, quien desde 1940 analiza mitologías y sistemas de parentesco, incidieron en los métodos de investigación lingüísticos y etnológicos con los que León-Portilla revolucionó la historiografía mexicana.

Nosotros, los otros y la otredad

Gracias al padre Garibay, León-Portilla aprendió la lengua nahua para estudiar los antiguos códices precolombinos, de otra manera jamás podría haber establecido la consideración del “otro” y “la otredad.” Tzvetan Todorov es uno de los intelectuales que más se benefició con el enfoque de Visión de los vencidos; así, en su libro La conquista de América desarrolla el tema explicando las maneras en las que el “otro” es percibido, imaginado, interpretado, anulado, asimilado, comprendido, usado, aniquilado, sometido, juzgado, aludido e incluso admirado y amado, ya sea que se trate de exploradores del siglo XV, de conquistadores o misioneros. Precisamente en el siglo XVI Bartolomé de las Casas estableció en su testamento “la responsabilidad colectiva de los españoles, y no sólo de los conquistadores; para los tiempos futuros, no sólo para el presente. Y anuncian que el crimen será castigado, que el pecado será expiado”. Tal vez de las Casas en el siglo XVI y Todorov en el XX puedan ofrecer una respuesta a la interrogante de Javier Marías.

Paradojas literarias y políticas que ilustran el problema del “otro” en el presente

Resulta más que interesante analizar cómo Jorge Luis Borges, en Historia universal de la infamia, abordó de manera curiosa a fray Bartolomé de las Casas, cuando en el capítulo, “El atroz redentor Lazarus Morell”, dice que en 1517, “el p. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”. Sin que le falte ironía a su relato, Borges señala algunas de las consecuencias políticas y culturales que la propuesta de Bartolomé de las Casas tuvo para la historia de América, ya que entre otras cosas explica cómo, además de la aparición del blues, provocó que se produjera “el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares”, entre otros hechos de variada envergadura histórica, de tal forma que el sevillano Bartolomé de las Casas, primero encomendero español y luego procurador de todos los indios de las Indias Hispánicas, dice Borges, fue un involuntario causante de que el verbo “linchar” fuera admitido en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, así como de “la habanera madre del tango, el candombe”. Muchos años después, un expresidente de México, humorista tan imprudente como involuntario, cuyas inclinaciones racistas y sexistas fueron inocultables, dijo, haciendo referencia a las mujeres, que “el setenta y cinco por ciento de los hogares de México tienen una lavadora; y no de dos patas”. También argumentó que actualmente “los migrantes mexicanos hacen trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer”. De esta manera, la historia universal de la infamia daba otro dramático giro para colocar al revés a los mexicanos, de evidente origen indígena; es decir, ponerlos en el papel miserable de realizar los trabajos más indignos de América. Lo mismo sucedía con las mujeres en general y en particular con las indígenas que, representadas por Cleo en la película Roma, de Alfonso Cuarón, no deja de subir y bajar, a la manera de Sísifo, con descomunales envoltorios de ropa para lavar y planchar.

Tlacaélel en una ficción posmoderna

Como en un hipotético espacio donde los senderos se bifurcarían en múltiples tiempos y realidades, siempre buscando aprehender al “otro”, León-Portilla se pregunta qué hubiera ocurrido si el gran consejero Tlacaélel, figura enigmática y poderosa como ninguna, a la llegada de los conquistadores hubiera vivido en Tenochtitlan –el sabio mexicano ha especulado sobre esto como algo probable- y que, en alianza con Cuitláhuac, neutralizara la agudeza política de Cortés, además de que es legítimo suponer que el preso fuera el conquistador de Extremadura y no Moctezuma II. El resto de la narración formaría un relato apócrifo de la historia universal de la infamia.

León-Portilla, el forjador de cantos

Recientemente La Jornada publicó el poema “Canto a Nezahualcóyotl”, de Miguel León-Portilla. Entre otros versos, nuestro Tlamantinime y forjador de cantos, aludiendo al príncipe poeta Nezahualcóyotl, dice: “dios estaba en su corazón,/ dueño de la tinta negra, de la tinta roja.// Otorgó a su pueblo/ una justa regla de la vida,/ riqueza verdadera,/ sus casas de libros de pinturas”, versos que perfectamente podrían definir a la misma obra de nuestro sabio doctor, que tanto ha nutrido la gran casa de este país con sus hermosos libros de pinturas, porque: “Como si fuera un tolteca/ su trabajo fue siempre la toltecáyotl.” Ese concepto filosófico tan caro para León-Portilla, quien en Siete ensayos sobre cultura náhuatl (1958) explicó que “el arte, arquitectura, pintura y escritura de Teotihuacán, influyeron para siempre en las creaciones de quienes vinieron después de ellos. Con justicia se considera a este horizonte como clásico, ya que parece ser la raíz más honda de lo que después se llamó la Toltecáyotl”.

Estos ideales filosóficos y estéticos clásicos de Mesoamérica han sido resignificados en el poema de León-Portilla para el presente, toda vez que junto a su precursores y condiscípulos nuestro doctor (de cuerpos y almas) ya ha forjado nuestra perspectiva al ajustar la historia que tanto necesitaban los mexicanos; por eso dice, respecto del célebre poeta: “De Nezahualcóyotl la palabra,/ de Yoyontzin el canto,/ palabras divinas, cantos divinos./ En el interior de su corazón/ el dador de la vida canta, habla.// De Nezahualcóyotl la palabra/ nunca se perderá, nunca se olvidará./ Será nuestra herencia, siempre la guardaremos/ en Acolhuacan, Texcoco,/ en México, en el mundo.” Así, gracias a la autenticidad con la que ha establecido una “visión de los vencidos”, al fin encuentra la dicha de la liberación histórica, la dicha de la redención de una cultura ancestral que no ha dejado de resistir, y que tanto en el tiempo simbólico como en el tiempo real, ensarta, como en un collar de piedras preciosas, el canto y las flores:

Y ahora digamos

con flores, con cantos.

Vas pintando tu libro, Nezahuacóyotl.

Con tu pintura, con tu palabra,

podremos vivir en la tierra.

Guadalupe Tonantzin: atracción y fuente de identidad

En su libro Tonantzin Guadalupe, Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua”, Miguel León-Portilla explica que no es objeto de la historia “demostrar o rechazar la existencia de milagros, apariciones o teogonías”, y que más allá “de la increíblemente prolongada polémica entre creyentes guadalupanos y antiaparicionistas”, el Nican mopohua es “una joya de la literatura indígena del período colonial”, un relato literario que al mismo tiempo que presenta un tema cristiano, “expresado en buena parte en términos del pensamiento y formas de decir las cosas de los tlamatinime o sabios del antiguo mundo náhuatl”; enfatizando que la figura de Tonantzin Guadalupe “—más allá de la demostración o rechazo de sus apariciones—, ha sido para México tal vez el más poderoso polo de atracción y fuente de inspiración e identidad.” Esa voluntad intelectual y poética del más refinado pensamiento náhuatl para explicar un prodigio de corte cristiano, como ha dicho nuestro tlamantinime contemporáneo, “acercó dos visiones del mundo, creencias diferentes, metáforas y atisbos, trama y urdimbre de hilos multicolores...”. He ahí el argumento que comenzó a tejer Miguel León-Portilla hace ya más de seis décadas.

A los mexicanos nos corresponde ahora integrar plenamente la cosmovisión de nuestra más honda cultura, y con esa perspectiva trascender las falsas identidades, que ya sea por veleidades ibéricas-occidentales y/o por el resentimiento endémico nacional, nos hemos impuesto.

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