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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Les doy mi palabra

 

a René Roquet

Antes que nada, debo advertir que este artículo no es imparcial. Como muchos artistas de todos los géneros, le debo mucho al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca): desde la publicación de mi primera novela, hasta la porción medular de mi biblioteca. Le debo todo, como dicen en las telenovelas. Mi vida profesional ha estado vinculada estrechamente con los programas del Fondo; los apoyos que me han dado me han permitido escribir, investigar, traducir e ilustrar.

Por supuesto y, esta es la parte esencial de mi argumento, no soy la única. Pertenezco a la comunidad artística de este país: un país violento y empobrecido por la corrupción donde, a pesar de todo, se escribe poesía, se compone música, se baila, se trabaja en las artes visuales, en los medios alternativos, etcétera. Mucho de esto ocurre gracias al Fonca.

El Fonca permite que existan obras no comerciales aquí, donde la Secretaría de Educación Pública está rebasada por el discurso de Televisa y TV Azteca; donde el glamour brutal del narco no tenía más filtros que escasísimos espacios en la prensa escrita. Se necesitan las novelas, los poemas y los libros de ensayo para asistirnos en la reflexión, alejada del morbo. El llorado Sergio González Rodríguez pertenecía al Sistema Nacional de Creadores de Arte, parte decisiva, del Fonca, y nadie en sus cabales podría negar la puntualidad, el rigor y el espacio moral que llenó su obra, sobre todo Huesos en el desierto. Los ensayos del poeta Javier Sicilia sobre los límites del lenguaje ante la violencia son obras gestadas con el apoyo del Sistema, libros que han cuestionado los hechos del gobierno. Recordé ahora a estos dos escritores, pero el número de artistas que se han encargado de dar voz a los muertos es muy grande.

¿Que el sistema tiene defectos? Sí los tiene, es una institución compuesta por individuos. Y cada vez que la falla se localizaba, se trataba de resolver.

¿Cómo lo sé? Porque pertenezco al Sistema Nacional de Creadores de Arte y sus mecanismos de transparencia nos permiten saber a quiénes y por qué razones se conceden apoyos.

Se ha dicho que las becas tienen un carácter asistencial. No es verdad: son un contrato como cualquier contrato de trabajo. Uno somete un proyecto a un jurado compuesto por artistas del mismo género. Si el apoyo se concede, el becario está obligado a entregar pruebas de su avance. Si dicho avance no es satisfactorio, el apoyo se suspende. Punto.

Fui tutora de jóvenes novelistas en tres ocasiones, labor en la que aprendí mucho. La mayor parte de las novelas que trabajé con los autores se publicaron, pues los becarios eran, generalmente, buenísimos.

Otra acusación injusta que se ha hecho a los miembros del Sistema es que están divorciados de la realidad del país. No. La mayor parte de los escritores que conozco está casada con la realidad mexicana: su tema es la violencia. Hay otros, los menos, que escriben novelas más íntimas, porque también hay que recordar que México no es sólo la nota roja, el narco y la pobreza. Es un país cuya complejidad y variedad cultural son claves para su salvación: mi esperanza es que algún día los egresados de las escuelas de educación básica llenen los teatros, los museos, las bibliotecas. Que el público lector deje de lado los libros de autoayuda y lea, por ejemplo, poesía. El Fonca ayuda a que exista la parte del poeta, a que exista el poema. A la sep le toca crear al lector que desvíe la mirada del encabezado burlón de El Gráfico para ponerla sobre el poema.

Desarticular el Fonca es herir el espíritu del país, contribuir al discurso opaco y bruto que nos anega el corazón. El arte no es un florero, ni el artista es un profeta que resuelve la pobreza. El arte no salva a quien participa de él, pero lo aleja de lo inhumano. Proteger la vida espiritual es tan esencial como amparar la vida física de las personas.

El Fonca es esencial. Les doy mi palabra.

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