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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Y la palabra dónde

Otra vez la misma noche vertical, plomiza su distancia y cargada por la fuerza al soplo de la luz; la noche hundida poco a poco en el insomnio por las plantas de los pies y las venillas de las sienes; la vigilia y vigilancia que no cesan, el temor y sus temblores imbricados en el suelo, los techos y azoteas de las casas, y desiertos los parques y las plazas al filo de la tarde, crispada de cercos y bloqueos la ciudad, el campo y sus caminos. Todavía la misma noche hace años cada día; él en uno de ésos su secuestro, ella en otro nunca más su paradero, los dos ya tantos arrancados de las letras de su nombre, atados sus tobillos al palo de la muerte, atrapados en el hoyo de la ausencia, ceñida afuera en la zozobra la familia. Los días del país ahí metidos ya como si nada, embotado el silencio en la conciencia, la palabra rota antes y después de la promesa. Calle sin nombre, casa sin número en la puerta, puerta sin patio que la alumbre, patio sin pelota si lo hubiera, territorio de nadie por todos en disputa. Quién el cuchillo, el cuchillero, la navaja, el navajante que sale de la sombra de su esquina y se adelanta y corta, y luego limpia y guarda su aparejo con plena parsimonia, si acaso sólo la garganta un poco seca; cómo el sicario, el gatillero, el tirador se enjuaga el rostro y se acicala con saliva ante el frío del espejo las cejas y el peinado; cuándo el colgador, el asfixiante, el que ahoga y acogota pone a tiempo su reloj y cuelga en la alcayata de la entrada de su casa la cuerda que se acorta un instante como un péndulo a la espera de su pesa; quién el muchacho o el viejo de la pala y el pico que una a una en todas partes hace una sola fosa de la tierra, la cadena de oro que relumbra en su cuello corto y sudoroso, y el que tuerce y disloca y atormenta y su tormenta de tijeras, punzones y electrodos, con qué hilo zurce su camisa desgarrada en su labor, qué agua le salva las manos de su huella, cuál su compañía y a qué mesa se sientan a comer el pan de la merienda. Y los ojos del que mira a un lado, ceñudo centinela a la sombra de un encino, o el otro, el del hacha, el azadón o la maza que rebana dedos, orejas, senos o narices, o revienta en el aire solemnes juramentos, códigos y leyes, a qué suena su risa en la taberna, en el club o en el bar con los amigos, qué sueña su cansancio o anhela su fastidio de consumo. Quiénes son ellos en nosotros, en el país al acecho de nosotros. De qué silencio viene su estridencia. De qué vacío o hartazgo hasta la náusea o la miseria viene su silencio. Por qué se quedan o se van inmunes, intactos, intocables y sosiegos sin carga de sí mismos y vuelven a lo suyo altivos y orondos en su paso. Tantas son las herramientas cotidianas al alcance del horror. Así la noche vertical en los días del país cada vez más sin geografía a salvo del país. Y la palabra entre nosotros dónde y qué si se oye todavía. Y el poema antes o después si acaso entonces cómo: “La palabra que/ cruzó el horror, ¿qué hace?/ ¿Pasa los campos del delirio/ sin protección?/ ¿Se amansa? ¿Se pudre?/ ¿No quiere tener alma?/ ¿Amora todavía, torturada y violada,/ tiene figuras remotas/ donde un niño de espanto calla?/ La palabra/ que vuelve del horror, /¿lo nombra/ en el infierno de su inocencia?” (“Regresos” en Valer la pena, Juan Gelman.)

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