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Hartazgos urbanos
'Que parezca un accidente', Elma Correa, Nitro/Press-UANL, México, 2018.
Por Vanessa Téllez

Probablemente sólo existan dos consejos que un autor que pretenda serlo debería escuchar. El primero es leer, leer todo lo que aparezca frente a él, y el segundo, escribir sólo sobre aquello que conozca. En Que parezca un accidente, primer libro de la escritora Elma Correa, queda entendido y se agradece que la autora haya hecho caso de ambos.

La crudeza y humor con que están escritas las trece historias presentadas tienen varios puntos a destacar; principalmente el apetito mordaz de una autora que analiza desde el humor cada una de las situaciones presentadas. Las historias que integran el libro son una suerte de cartografía que señala los desperfectos en que consisten los límites humanos. En Que parezca… no hay concesiones morales para ninguno de sus personajes. A ratos sorprende el candor en medio de un apetito oscuro por citar catástrofes ordinarias. Se deduce que algunas historias no han sido ficción desde el inicio, sino memoria constante en la autora.

Correa demuestra ser una observadora de amplio espectro. Analiza sin fines aleccionadores ni segundas intenciones que anticipen redención alguna para sus personajes. Las historias surgidas de su mano arrojan sobre el lector experiencias que reconocerá como propias. Correa demuestra que no existe, pese a la distancia geográfica, diferencia entre los relatos que ocurren en el centro del país y aquellos que suceden en la frontera norte. Los problemas que describen y pregonan los personajes no tienen una raíz física sino moral, y aquello que los mueve no es la búsqueda individual del paraíso, sino la sentencia tácita de que son ellos mismos, como habitantes, el cáncer que ha sido plantado en el paraíso.

Los avatares de la vida nocturna, la hipocresía de quienes se llaman activistas, el mercado de los estupefacientes que incluye a los compradores, o las peripecias que sufre una pareja al estilo Bonnie and Clyde, son algunos de las postales por donde Correa pasea su pluma. La ambición, la desesperanza, el hartazgo o la vanidad son experiencias que marcan a los personajes, y es lo que a su vez los hace deambular por parajes que, una de dos: los lleva al límite de sus circunstancias, y con ellas a sí mismos, o los hará descubrir que nada pueden hacer ante la situación que los involucra, por lo cual simplemente se dejarán ir en la cotidianidad de los horrores urbanos.

El lector de Que parezca… sentirá que no hay esperanza, ni la menor intención de contar con ella y, peor aún, que la salida a los problemas, por más cerca que esté, incluirá cierta pérdida de la dignidad. El humor oscuro de Correa, contenido a ratos y desbordado en otros momentos, asoma la promesa de una escritora que disfruta precipitar a sus personajes en situaciones absurdas, sin convertirlos –pese a lo burdo de la historia en turno– en payasos de escena.

La prosa de Correa no es quirúrgica, como en otros autores, sino una especie de balanza que, según lo demande la historia, se inclina por un tono u otro al momento de contar, característica que permite leer Que parezca..., más que como un libro de cuentos, como un diario en el que autora revela las memorias que marcaron su visión del mundo y la literatura.

 

 

 

 

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