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Imágenes de la gestación y sus resonancias
'Ecografías', Priscila Palomares, Cuadrivio, México, 2019.
Por Francesca Gargallo Celentani

Hasta recibir por mail el poemario Ecografías no había leído nada de Priscila Palomares, ni su novela Champú, publicada cuando tenía veintidós años y donde ya se adentraba en los vericuetos emotivos que complican la relación de las mujeres con la maternidad, ni su cuento “Velas”, que encontré en la revista online Vocanova, en que el silencio se instaura en la cotidianidad, conviviendo con el suspenso sexual y los abusos de una madre aparentemente poco activa, ni Nueces y sirenas, el poemario que en 2014 la convirtió en la escritora más joven editada en México. De manera que dudé en el significado de la última frase de su perfil de internet: “Escribe una nueva novela mientras busca las cochinillas que perdió a los ocho años.” Esta descripción traviesa, que busca ofrecer una imagen infantil de la escritora de Monterrey, es sombríamente escabrosa.

Y a mí las cochinillas no me dejan indiferente. Son un suborden de crustáceos isópodos terrestres con unas 3 mil especies descritas. Es decir, las hay como chanchitos, parásitos de los nopales, algodonosas en los retoños de los cítricos, armadillididaceas azules acorazadas: se multiplican en las tierras húmedas, son tanquecitos de la naturaleza que las mariquitas devoran. Puede ser que las que perdió Priscila Palomares pertenecían a una especie de cochinillas que abstraen de la realidad: imagino a una niña escarbando con sus largos dedos sucios debajo de las piedras, que se disocia observando el cuerpo articulado de las cochinillas para olvidar las cosas malas que pueden ocurrirle a las niñas (todas) hagan lo que hagan.

Si hace dos décadas extravió las cochinillas, ahora compila Ecografías, un libro que no observa la vida ajena ni se detiene en lo separado de sí, objetivo, meramente técnico, inocuo. Ecografías es una larga y articulada secuencia de poemas sobre las imágenes de una biografía-símbolo: la memoria y garabatos del ADN de una cuestionadora que se abre con la inversión de la mirada científica sobre el feto en el útero materno y que va transformándose en eco. Aquí la madre es una herida abierta, una bolsa roja de tripas que no remite a la higiene de la cuna, pero sí al calor de la sangre impúdica, germinal y es observada por quien nace y se transforma. Ecografías es la relación que las miradas descarnadas establecen entre la yo enunciadora y el nosotras de las interpeladas. Se nos narra desde las contracciones del cuerpo que reconoce a los lobos de Caperucita en el abuelo de la infancia como en los novios de la adultez subyugada. Desde la cesárea del cuerpo de juguete que remeda un rol de géneros inamovible, enemigo, entrecruzado con el terror obediente, brota la madura voz de la infancia.

Una herida abierta que se convierte en marca personal, un grafito en la piel de la vida, Ecografías despierta una emotividad profunda. Si el miedo del padre en el nacimiento de su hija es que no sepa llorar como desconsolada virgen en el altar de las culpas del mundo, el poema es un tatuaje que resalta la violencia implícita en el miedo al placer. Versos como pintura corporal que elevan la herida, palabras que se graban para afirmar la pertenencia al grupo de las mujeres que se ríen del esfuerzo social empleado en doblegarlas, pues la piel del victimario una vez arrancados uno a uno los pelos del poder es igual a la de la víctima.

Con un rosario a los pies de la poeta, de rodillas, la figura de padre que ha podido aún ahuyentar los perfumes de la madre es una bofetada a las buenas costumbres. Me sorprendió que una mujer de escasos veinticinco años en 2019 todavía sienta la necesidad de denunciar las convenciones religiosas y sociales que sostienen el malestar del mundo, como tuvimos que hacerlo las mujeres de una, dos, tres, cuatro y muchas más generaciones antes que ella.

La desazón que me provocaron las nalgadas a la masturbadora que ve castigada su felicidad se me trastocó en poderosa alegría ante la denuncia de la doble moral del cuerpo templo que debe ofrecerse en el mercado de la mirada del hombre comprador. Los poemas de Palomares van hacia un crescendo de irónico desprendimiento de la moral común. Son gemas de cáustico realismo. Emblemas sarcásticos del inicio del fin del amor como soga.

Si a las niñas de la colonia de Priscila, insignias de la feminidad reproductora del sistema, les castraron la garganta al nacer, la poeta se vuelca en los cuerpos que la llevarán en andas al juicio final. “Hubo un tiempo donde el deseo era un embrión. Sin vida”, dicen las palabras que el poema define pensamientos, pero la poeta se debate entre dos arquetipos o la nada liberadora: ¿la mujer que mata a sus hijos, la que convierte a sus amantes en cerdos o la que canta desentendida del juicio masculino? Priscila Palomares se explora mientras con un escalpelo realiza la vivisección del mundo para sí, para todas.

 

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