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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Volveremos a querernos

Suenan voces en masa formando ríos cruzados, sin puentes ni señales. Los barcos de la inteligencia se detienen abandonando rumbos otrora fijos, temerosos de izar banderas de amor decolorado, velas sin vientos con distintos sexos. Flotan vendettas, se acallan instrumentos musicales. El suicidio se propaga rompiendo la dialéctica, incitando a la torpeza maniquea. ¡Han sido tantos los años de silencios mortales!

Hay tambores de guerra por los aires, pero no hay ejércitos. Hay mujeres y hombres aprendiendo, lentamente pero con el acelerador a fondo. Hay inercias, falta de justicia, gobiernos lejanos a las calles digitales. Hay primitivos lances buscando orillas de conquista fácil. Hay la liga estirándose, olvidándose de que toda ella es un mismo objeto, pese a sus extremos de inconforme naturaleza. En tal estado, ¿cómo detener al pensamiento –un poco al menos– si éste es ráfaga en los dedos, rebote de tantos huesos rotos?

Deseándolo. Invitando al silencio de ojos cerrados y respiración profunda; ése que forma escaleras piel adentro encontrándose con otros que ejercen pausa. Abandonando intercambios de verbos colapsados, desde el principio inservibles bajo relámpagos incansables e intermitentes. Porque hay diatribas que no nos merecen. Hay justificaciones que no nos merecen. Hay ecos que no debemos propagar. Hay zanjas a las que debemos arrebatarles el nombre. Hay revisiones urgentes para devolver los pies al suelo. Hay canciones de amor para volver a escuchar. Porque a no dudarse: volveremos a querernos. Será inevitable. Y en la noche de noches encenderemos la luz de los encuentros gentiles.

Pensando en ello, lectora, lector (hoy como nunca unidos en un mismo vocablo), nos vamos a la cama escuchando composiciones que sustentan la sempiterna posibilidad de unión. Rebotan en la habitación los acordes de “In the Blood of Eden” de Peter Gabriel, una crítica a la Iglesia que en su coro siembra la bellísima semilla del amor original: “En la sangre del Edén yacen la mujer y el hombre./ Con el hombre en la mujer y la mujer en el hombre./ En la sangre del Edén yacen la mujer y el hombre./ Nosotros buscábamos la unión, la unión de la mujer, de la mujer y el hombre.”

También suena “Romeo and Juliet” de Dire Straits. Un precioso cortejo callejero en donde el cariño supera a la vulgaridad, incluso sujeto a un veleidoso destino que se ve poéticamente derrotado: “Julieta, cuando hacíamos el amor solías llorar./ Decías ‘te amo como las estrellas superiores, te amaré hasta que muera’./Hay un lugar para nosotros… te sabes la canción de la película./¿Cuándo te darás cuenta de que simplemente fue el momento incorrecto, Julieta?”

En la misma ruta abrimos un libro que siempre deja sentir al amor antes del amor. Hojas en la hierba, de Walt Whitman (por Jorge Luis Borges). Allí se lee: “Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma,/ Los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo,/ Los primeros los injerto y los multiplico en mi ser, los últimos los traduzco a un nuevo idioma./ Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre,/ Y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre,/ Y digo que nada es mayor que ser la madre de hombres.”

Así nos vamos quedando dormidos. Mientras, un mosquito cumple su misión en el cielorraso. Nos despide el errático zumbido, reflejo de un vuelo prefijado. Hasta él hará cortejos para vivir en hijos que beberán nuevas sangres. Eso nos da esperanzas. Volveremos a querernos. Será inevitable. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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