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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Computadora y escritura

La computadora es un sistema y, como todo sistema, es complejo. Los escritores por lo general la usamos como un sustituto de la máquina de escribir que, a su vez, en muchos de los que nos antecedieron y en gente de mi generación, fue un substituto de la pluma y el lápiz. Pese a sus similitudes, la computadora, sin embargo, en su condición de sistema es y no una máquina de escribir.

Muchas son las diferencias entre una y otra (cito algunas: no cambiamos de hoja –la escritura fluye sobre una especie de rollo sin fin–; aumenta la velocidad entre nuestro pensamiento y su traducción en palabras –lo que genera una pérdida de densidad en la escritura–; cuando no hay energía no podemos utilizarla y si el disco duro o el usb se averían, podemos perder, si no todo, una buena parte del trabajo realizado, etcétera).

Estos cambios sutiles y aparentemente banales, provocan transformaciones profundas en la percepción y el trabajo del escritor que merecerían ser estudiados.

Hay, sin embargo, entre todos esos cambios, uno que me intriga en particular: el comando Del, con el que el escritor, obsesionado por darle una forma precisa a sus ideas, borra no sólo frases, sino párrafos enteros, para sustituirlos por otros. En ese acto “insulso”, disfrazado de simplificación y ahorro de tiempo, que cada vez más se apodera de nosotros, se pierde un material invaluable de estudio: la historia de la escritura de una obra y lo que ella aporta a la reflexión sobre el quehacer del escritor y de la lengua como el lugar del sentido.

La inexistencia de las computadoras en épocas pasadas permitió a la humanidad preservar las siete versiones de Guerra y paz, las varias del Cimetière marin, de Paul Valéry, de Muerte sin fin, de José Gorostiza y de Madame Bovary, entre otras muchas. Estas últimas hicieron que Albert Beguin pudiera escribir un espléndido ensayo comparativo, incluido en Creación y destino ii (fce), sobre el trabajo de Flaubert, sobre su obsesión por llevar el lenguaje a la más elemental de sus purezas mediante la supresión y el “empobrecimiento sistemático”; sobre lo que a través de ese proceso la obra ganó y perdió, y sobre los sacrificios que un escritor prolífico como Proust debió hacer para llevar el lenguaje hasta el contundente poema del hastío que hoy conocemos. Al comparar la primera versión de Madame Bovary con la publicada, escribe Beguin, se tiene la impresión de que en la primera –“en su estilo atropellado, amorfo, con frecuencia incorrecto, pero con una asombrosa libertad de invención– la materia humana es más rica que en el texto trabajado”.

Todo eso, que permite pensar los problemas y los desafíos del trabajo literario en la búsqueda de las profundidades del sentido, es borrado día con día por el poder de una tecla y sus embrujos; lo serán no sólo para las obras futuras, sino, quizá también, para el trabajo del escritor que rápidamente pierde, bajo el imperio tecnológico del sistema, sus vínculos con la Tradición y sus enseñanzas.

¿Qué saldrá de esas pérdidas que, junto con sus aportaciones, trae el uso de la computadora en su función de “procesador de palabras”? No lo sé. Estamos apenas en el umbral de un tremendo cambio de época. Pero pensando en lo que la aparición del libro en el siglo XII hizo a la lectura en voz alta del codex –la sustitución de la contemplación espiritual por la reflexión intelectual–, la presencia de la computadora sustituirá –como ya sucede– esa reflexión y su quehacer en la literatura, por la información, la eficacia del momento y la desaparición, con el entrenamiento en el uso de la tecla Del, de las huellas de la Tradición y del sentido en el que habitamos durante ocho siglos.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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