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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Entre estos molinos infernales

 

 

Una de las cualidades que más me entusiasma de la novela reciente de Adriana Díaz Enciso, Ciudad doliente de Dios es su originalidad. Es una novela larga y sustanciosa en estos días en los que la atención está fragmentada a la medida de tweets y whatsapps; que aborda el tema de las posibilidades redentoras del arte “entre estos molinos infernales” sin simplificar la tensión entre el universo imaginado y la vida concreta. También, sin ambages, exhibe su amor por la poesía y una preocupación moral que desea compartir con el lector.

Díaz Enciso es poeta además de narradora y se nota en su prosa. Hay en su escritura una pasión por la luz, por el color y la forma, que se expresa en una riqueza en metáforas; que busca el adjetivo preciso y no se arredra ante las dificultades para representar estados de ánimo complicados, visiones revelatorias, escenas de pesadilla.

Quizás la metáfora sea el recurso poético que gravita con más fuerza sobre la textura de Ciudad doliente de Dios. En su novela, Díaz Enciso decidió dar forma mexicana a una idea concebida, en primer lugar, por San Agustín en el siglo v de nuestra era y luego por el poeta inglés William Blake: la de la ciudad del espíritu, misma que se contrapone y convive con la ciudad material. Para Blake es una Jerusalén –y digo una, porque no es la de la Biblia– que podría estar edificada sobre las calles sedientas y sucias de Ciudad de México. Puede alzarse “entre estos molinos infernales”, como escribió Blake, refiriéndose, quizás, a los enormes molinos de harina que cercaban la casa familiar de su juventud.

Para Blake, sobre todo el Blake de los poemas proféticos a los que Díaz Enciso se ciñe voluntariamente y desde los que despliega su imaginación literaria, la ciudad divina tiene que convivir con la humana, porque el destino de Dios está atado al de sus criaturas por un designio inescrutable. Este designio es el eje de esta narración que avanza entre fuerzas que en apariencia se oponen: la reflexión, encarnada por el artista Elías, contrastada ante la acción directa frente a la violencia, ejercida por su hijo Hernán; el arte y la política; el amor sexual y el espiritual; la muerte y la vida, la resurrección que se manifiesta en la presencia siniestra de dos hermanos muertos que viven una existencia limitada dentro del margen de la alquimia y, finalmente, la experiencia y la inocencia, como supondrían los lectores de Blake.

Cristina, la huérfana que tiene poderes proféticos, vive enclaustrada, primero en el orfanato y luego en el taller de Elías. Quizás pasiva, Cristina no atina a descifrar su destino, así como Elías –Los, Prometeo, Blake mismo– tampoco entiende cómo transmitir lo que sabe a su hijo. Elías educa a la muchacha ateniéndose a un acuerdo con sus padres. ¿Quiénes son Herat y Ahania? ¿Por qué su relación está tan llena de dolor? Y sobre todo: ¿por qué dejan a su hija en manos de las monjas, primero, y de Elías después?

Aunque el dramatis personae se ciñe al plan blakeano y hay un sistema de correspondencias, la novela no es una paráfrasis teológica: su tema central es México y la lucha del espíritu para no extinguirse ante la violencia que nos diezma. Díaz Enciso escogió un episodio de nuestra historia para ilustrar esta pulsión cainita: Acteal. Un hecho injustificable que dejó una honda marca en el espíritu de la novelista: la inocencia destruida, la víctima infantil a manos de los sicarios, la matanza en el lugar del rezo. Por medio de la escritura lo transformó en el símbolo de nuestra violencia.

Yo acompañé mi lectura con imágenes de la obra gráfica de Blake: fue una inmersión en un universo en el que hay ecos lejanos de la voz indescifrable de la divinidad, iluminado todo por la luz roja de un astro color sangre.

Esta es, para bien o para mal, una novela que poco tiene que ver con modas y prosas condescendientes. Es un reto, como casi todo lo que vale la pena.

 

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