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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Ecos del Nilo (I de II)

 

Al borde del jardín una mujer prepara aish baladí –un tipo de pan de pita– en hornos de leña. Sus prodigios queman las manos y conmueven al alma. Impulsada por nuestro entusiasmo, se coloca una canasta en la cabeza y proyecta gritos moviendo la lengua con vertiginosa naturalidad. Sonríe. Sonreímos. Claro: espera un par de dólares. Una vez más, la belleza termina herida por lo previsible. Estamos en Menfis, tierra de coronación faraónica, cerca de Sakkara, sitio de las primeras pirámides humanas.

Metros adelante un camello de ojos profundos soporta estoicamente la acometida de niños imprudentes. Caminamos hacia las mesas pensando en dar una vuelta de timón. La realidad nos espera si evitamos la farsa del sistema. Apenas sentados, empero, un par de músicos subrayan el obstáculo. Uno toca la flauta y el otro la tabla, instrumento de percusión cuyo sonido hemos venido a buscar a Egipto. Pero suenan mal. Sin abandonar los billetes que han ido colectado entre los dedos, olvidan el repertorio con tal de salir en fotos estereotipadas. Les pagamos para detenerlos, felizmente.

“Gracias pero así no”, señalamos a quien nos asiste preocupado. Detallamos nuestro deseo de escuchar música tradicional en un contexto distinto, lejano a la superficialidad turística. La petición parece irresoluble, insiste con algo de razón según nuestras andanzas, pero luego de una investigación y numerosas llamadas exclama satisfecho: “Por la noche, en el Cairo, habrá un concierto para Tanoura, danza tradicional sufí.” Fue una experiencia sobresaliente.

La audiencia combinaba fuereños y locales, todos expectantes. Hablamos de un espectáculo que ocurre desde hace más de una década en el bello complejo as-Sultan Qansuwa al-Ghuri, construido a finales del siglo XIV como sitio de descanso para viajeros, bebedero público, escuela, mausoleo y mezquita. En su patio, tras el último canto del muecín que llama al rezo, suenan por fin una voz y una rababa (violín de dos cuerdas tañido con arco). Se suman la flauta, el mismar (oboe egipcio de lengüeta), crótalos (castañuelas de metal) y percusiones de mano como el riq, el daf y el bendir (variantes del pandero).

Liderando al combo entero, para nuestro regocijo, corta el aire una tabla interpretada magistralmente por el director musical que supera a sus colegas. Se llama Hany Morgan. Es uno de los ejecutantes más dotados que tendremos oportunidad de escuchar en vida. Estamos seguros de ello, lectora, lector. Y no se preocupe: puede buscarlo en línea tocando solo, con grupos de danza o en combos instrumentales que abordan las microescalas del maqam arábigo.

Sobre el tinglado, la mitad de los músicos acomete extravagantes coreografías que celebran el trance del derviche principal, sufí que gira por más de cincuenta minutos sirviendo de puente entre su dios y el mundo terrenal. Su vestimenta es mucho más colorida que la de los turcos que dan vueltas en sama, basados en la postura del místico Rumi. Los egipcios, por su lado, elevan y desprenden faldones convirtiéndose en peonzas inauditas, seres policromáticos que dejan sin aliento. Luego de esa noche, subiendo por el Nilo, pisando distintas ciudades y poblados vimos otros “derviches” y “belly dancers” denigrados por la sed foránea.

De la Alejandría mediterránea a Sharm el Sheik (complejo del Sinaí frente al Mar Rojo), pasando por Luxor, Kom Ombo, Esna, Aswan y Abu Simbel, no será sino hasta volver a Giza y sus pirámides cuando, por casualidad, una boda en nuestro hotel trae de vuelta la honestidad musical. Magníficas improvisaciones de mismar y panderos en torno a novios e invitados salidos de Las mil y una noches; encarnación de los jeroglíficos que en Philea y el Valle de los Reyes, sobre pilonos y tumbas gigantes, muestran tallados e inmóviles ejecutantes de liras, arpas y baglamas. Música oculta si no pasamos por bautizos, funerales, ritos y celebraciones de verdad cotidiana.

Queden para otra entrega la música de Oum Kalthoum y el canal de televisión Mazzika, inspiradores en Egipto en más de un sentido. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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