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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Los ojos de Eve

 

A partir de un guión escrito por ella misma, con la colaboración de Juan Márquez, la capitalina Lila Avilés Solís –quien previamente se había desempeñado como actriz y directora teatral– hace su debut en largometraje de ficción, por todo lo alto, con La camarista (México, 2018), que ha participado, entre otros, en los festivales cinematográficos de Morelia, Londres, San Sebastián y Toronto.

Quizá no sea su primer papel cinematográfico pero la joven Gabriela Cartol, quien hasta antes de este trabajo era una actriz desconocida en el medio fílmico, pareciera debutar con la directora encarnando virtuosamente a Eve, la camarista del título, una afanadora de hotel encargada de “hacer” las habitaciones. Ambas, realizadora y protagonista, conforman con este primer trabajo una mancuerna que produce la paradójica y muy agradable impresión de larga experiencia acumulada.

El primer acierto de Avilés consiste, precisamente, en la elección del punto de vista narrativo; es a través de los ojos de Eve como el espectador asiste a una realidad de la que suele conocerse sólo una mínima porción: la estadía en un hotel en calidad de huésped, que para el grueso de la gente es una suerte de paréntesis en su cotidianidad, una excepción de tanto en tanto practicada, e incluso algo así como un tiempo suspendido, para Eve es exactamente lo contrario: indistinguible un día del anterior y del que sigue, ella realiza siempre las mismas faenas rutinarias, repetitivas, cansinas, desde el recambio de sábanas y toallas, el refaccionamiento de lo que en la jerga hotelera es llamado “amenidades” –jabón, champú, papel higiénico…-- hasta el aseo de las habitaciones, sea que se encuentren ocupadas o que acaben de estarlo, Eve es obligada por oficio a un silencio hermano del mutismo, así como a una discreción que parece lindar con la inexistencia. Esta condición la ubica en las antípodas de los huéspedes, tácitamente autorizados al uso de la palabra, y ésta por lo regular empleada en términos imperativos. La elección de este punto de vista, de notable eficiencia en el aspecto formal, genera no sólo la previsible empatía con la protagonista de la historia, sino que amplifica sus alcances semánticos hasta convertirse en una muy eficaz alegoría de los principales estamentos en que se divide la sociedad actual: el que paga –es decir, quien detenta el poder— es quien habla y manda, mientras el empleado –el desposeído, el precario, el asalariado–, es quien calla y obedece. Inexorable, la fórmula puede ser temporalmente suspendida si y sólo si el que paga lo determina, y entonces a Eve le tocará sobrellevar la sincera o insincera cercanía, inevitablemente fugaz, que algún huésped haya decidido manifestarle.

Pero Avilés va más allá del anterior planteamiento, por lo demás expuesto sin estridencia ni maniqueísmo, y dibuja un retrato de difícil factura, por la minuciosidad y precisión de sus trazos: muestra de cuerpo y alma enteros a Eve, es decir, no nada más a la camarista sino a la mujer bajo el aséptico uniforme; al ser humano detrás de la mirada oblicua y el obligado silencio; a la joven con deseos y aspiraciones, así consistan apenas en la obtención de un vestido que forma parte de los objetos olvidados por alguna huésped, o en una donación cuasianónima de su cuerpo semidesnudo a la mirada de un limpiador de ventanas.

Medularmente solitaria, rápidamente traicionada por quien se supondría fuente de solidaridad laboral y genérica, sin teorías ni discursos Eve sabe de sí misma, porque la vive jornada tras jornada, su condición de engrane mínimo de una maquinaria para la cual ella es Nadie, para la que sus anhelos, sentimientos, emociones y situaciones personales tienen un valor igual a cero, pues lo que de ella se espera no es humanidad sino eficiencia, no es personalidad sino precisamente lo contrario… ni más ni menos que lo exigido a todos aquellos cuya existencia pareciera consistir casi de manera exclusiva en su desempeño laboral.

 

 

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