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Junichiro Tanisaki y Yukio Mishima, el matrimonio y la revelación

Junichiro Tanizaki (Japón 1886-1965) y Yukio Mishima (Japón 1925-1970) confluyen con sus obras Naomi y Vestidos de noche en un tema central del Japón de mediados del siglo xx: la influencia occidental en la vida cotidiana. Además, tratan la relación de pareja en el matrimonio para evidenciar que lo local es universal, pues los involucrados, conscientes o no de ello, tienen móviles ocultos para casarse.

En Naomi, el ingeniero Kawai se prenda de Naomi, una camarera quinceañera a la que casi le dobla la edad. A cambio de darle educación, y con la aprobación de ella, le pide a la familia de Naomi que la deje vivir con él. Entusiasmado por la joven que le recuerda a la actriz Mary Pickford (lo que evidencia las referencias estéticas de esa generación), la viste con los lujos que su modesto salario le permite. Poco a poco Naomi se vuelve caprichosa y termina por someter a su mentor, ya obsesionado con los cambios corporales de su protegida. Como ya se había planeado, deciden casarse, pero apenas lo notifican a familiares y conocidos. Cuando se suman a la moda de los salones de baile, Kawai percibe que Naomi tiene demasiados amigos y que fácilmente se relaciona con los occidentales. Los celos aparecen y Kawai comprueba que Naomi se ha burlado de él, con muchos amantes. El ingeniero, ya endeudado con su familia para complacer a Naomi, decide dejarla. Sufre lo indecible, pero ella le ha tomado la medida y termina volviendo con él. Su matrimonio la ha mostrado como una esposa infiel, promiscua y controladora, a pesar de su juventud, y Kawai termina por aceptar que su mujer hará de él lo que le dé la gana: es su verdadera naturaleza.

Por su parte, Yukio Mishima narra la unión del hijo de un diplomático muerto, dirigido por su madre, con la hija de un empresario ascendente. La viuda Takigawa gusta de la equitación y en el exclusivo club hípico al que va regularmente descubre a la encantadora Ayako. En medio de fiestas elegantes, la viuda presenta a su hijo con Ayako. Con un solo encuentro entre los jóvenes, a instancias de la viuda, entre los padres arreglan el matrimonio; los jóvenes, casados y enamorados, deben lidiar con la madre de él, hasta que ella acepta que debe soltar a su hijo, pero, sobre todo, que su soledad la ha martirizado desde antes de enviudar.

Comparar la prosa elegante de Mishima con la cruda descripción de Tanizaki apenas servirá para establecer los niveles de los textos. A pesar de que hay décadas entre la producción de las novelas, ambas evidencian a un Japón que pierde terreno ante el Occidente que gusta a los jóvenes. Para Naomi, los salones de baile con sus ritmos novedosos son un pretexto para mostrarse ante sí y ante quien sabe ver lo que ella ofrece: se entrega a varios, a escondidas de su esposo. Pero la revelación que se hace al lector, que ella ha tenido presente desde el inicio, es la dominación que termina por ejercer con brutalidad sobre el enamorado ingeniero, una reminiscencia de un Japón donde el honor y las formas eran fundamentales. El matrimonio es un catalizador del sojuzgamiento de ese hombre en parte inocente, en parte débil.

Con personajes en un estrato social superior (la señora Takigawa invita a sus fiestas a la princesa imperial), Mishima muestra un Japón donde los modales y las formas parecen dominar la vida en esa pequeña sociedad. Si a cada invitación debe asistirse con un vestido nuevo, la suegra Takigawa es experta. Es cosa de tiempo para que ella termine por confrontarse con los recién casados, quienes logran resolver sus diferencias con la difícil señora gracias a la intervención de la princesa. En un momento de eficacia narrativa insuperable, ella logra contactar profundamente con su nuera para explicarle que lleva años de soledad, pero que esa soledad le parece propia de su género, “como si las mujeres lleváramos dentro de nosotras campos vacíos”. Lo que no sucede a los hombres, pues “pueden andar sobre esos campos y no parecer tristes”.

El matrimonio obliga a Takigawa a concientizar y compartir cuán sola está. El matrimonio obliga a su nuera Ayako a aceptar que esa molesta señora tiene mucho que enseñarle, no sólo como esposa de un futuro alto empresario, sino como mujer. Para Tanizaki el matrimonio es una opresión que libera a los esposos: él se asumía como tutor intelectual de su dulce joven, pero ni él domina, ni enseña, ni tiene la dignidad que suponía. Ella, imaginamos que muchos años antes que él, se ha descubierto como una destructora dominante que con paciencia arrasa con su esposo para ponerlo donde ella desea.

Los estilos narrativos de estos maestros son distintos. Habrá quien prefiera leer a Mishima con su dulce takana ensangrentada o quien disfrute a Tanizaki con su descarnada exposición de esos personajes que podrían ser nuestros vecinos. Ambos muestran cómo el matrimonio obliga a enfrentarse con uno mismo: es preferible la conciencia, aunque no nos guste nuestra verdadera naturaleza.

En la búsqueda del otro, es imprescindible partir del encuentro conmigo.

 

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