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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Desmantelamientos

(I de II)

Comenté que al defender un Sistema Nacional de Creadores de Arte corregido y presupuestalmente aumentado, el autor de la reflexión publicada el 23 de marzo en “Confabulario” de El Universal convertía, quizás inconscientemente, en patrimonio de todos los artistas el pago del rescate de legitimidad política a una élite logrera. Otro equívoco es confundir una obligación de Estado con la deuda del nuevo gobierno que, según esto, pretende “renunciar a su deber de fomentar y difundir todas las expresiones de la cultura”. Gobernar el caos y afrontar una deuda muchísimo más letal que la contraída por el salinismo con dicha élite no justifica el silencio, la parálisis, la desorganización ni la incoherencia. Pero menos acredita a la institución que “ha sido, desde su fundación, blanco de cuestionamientos, recelos y acusaciones”. Peor tantito si se esgrime un “intento impúdico de criminalizar” y se asegura que los “reclamos [vienen] acompañados de prejuicios muy extendidos”.

Aunque con las redes sociales es más difícil disimularlas, las corruptelas oficiales con cargo a la cultura fueron, de principio a fin, el sello distintivo del organismo centralista instaurado por Salinas. ¿O qué otra luz iluminaría mejor el delito de barniz electoral que implica al primer usufructuario del cacicazgo cultural modernizado, Enrique Krauze? No, no son defendibles ni el procesamiento ni la argumentación del gobierno de López Obrador para continuar con la misma política cultural, pero aun admitiendo los beneficios culturales que el autor de la reflexión pondera, es objetable que muchos detractores del SNCA lo sean por no haber logrado apoyos, pues no son pocos quienes desde hace treinta años, aun disfrutando el privilegio en cuestión, sostienen sus cuestionamientos. Una muestra contundente es el libro de Carmen García Bermejo, 25 infamias culturales (2008, col. Cuadernos de El Financiero). Más aún, en 2016 apareció en las dichas redes sociales una investigación de Heriberto Yépez, con datos no desmentidos hasta hoy fehacientemente por los dos máximos socios del régimen en esa lucrativa empresa; según tal artículo la marca mejor remunerada, en proporción de dos a uno sobre su más fuerte competidora, Nexos, fue la de Enrique Krauze (antes de su censura y vampirización el texto se podía consultar en https://borderdestroyer.com/2016/07/10/discusion-literaria-mexico-2016/)

Ni dudo ni me aterra “que el gobierno actual quiera poner en manos de brigadas de ‘gestores’ [a] personas formadas en oficinas de gobierno [que] llevarán a las comunidades una visión del arte unívoca y simplista. El riesgo de la idea es evidente: el uso del arte como herramienta de propaganda.” Porque eso, aunque de otras formas y para otros fines, perpetraron y quieren seguir perpetrando los otrora dueños exclusivos de la palabra sin que a la cultura le pase nada. Hoy, tras los desfiguros de Krauze (faltan los de Aguilar Camín), me resulta peregrina la conclusión de un poeta tan insospechable como representativo: “La leyenda ‘Esta obra se hizo con un apoyo del SNCA’…, tiene una lectura que algunos prefieren ignorar: ‘Esta obra se llevó a cabo gracias al apoyo de los mexicanos.’[…] Los creadores saben que los estímulos no provienen, en sentido estricto, ni del Estado ni de sus burocracias, sino de la sociedad.” En efecto, ya forzado, el creador no puede hacerse buey, pero aparte de él, ¿lo sabe la presuntamente beneficiaria sociedad? Para contestar acudo a las plataformas de transparencia y mientras llega la respuesta prometida reproduzco las preguntas de otra poeta: ¿qué redituabilidad social tuvieron los apoyos, sobre todo aquellos concedidos más de una vez?, ¿qué logro de qué disciplina artística ha contribuido a elevar “de manera sensible la imagen de nuestra nación en el extranjero”? ¿Cuánto se invirtió y a qué se compromete el país tanto con esa como con una deuda peor, la externa?

 

(Continuará.)

 

 

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