Usted está aquí: Portada / Cultura / Vivir para escribir: María Luisa Puga y las posibilidades de la palabra
Usted está aquí: Portada / Cultura / Vivir para escribir: María Luisa Puga y las posibilidades de la palabra
Vivir para escribir: María Luisa Puga y las posibilidades de la palabra

María Luisa Puga era una escritora en toda la extensión de la palabra. No hay recuerdo que yo guarde de ella que no dibuje una mano, una pluma, un papel; su mirada, siempre baja, se posaba en lo que en turno fuera el soporte de su acto perpetuo: escribir.

Jéssica Levín González

 

 

María Luisa Puga ha sido considerada como una escritora dueña de un estilo inclasificable en el vasto espectro de protagonistas de la literatura mexicana de los últimos cincuenta años. Además de poseer un alma viajera que la llevó a autodefinirse como “fuereña” por siempre y que marcó su visión del mundo, también practicó con maestría diversos géneros literarios, todos ellos acuñados con precisión y disciplina propias de un escribano asceta. Esto mismo la impulsaba a levantarse todos los días a las cuatro de la mañana para dedicarse a su escritura, incluso durante circunstancias adversas.

Tras la muerte de su madre y vivir su infancia y adolescencia al lado de su hermana Patricia, bajo la tutela de sus abuelos, en Acapulco y Mazatlán, María Luisa se trasladó a los veinticuatro años a Europa, donde pasaría una década escribiendo, viajando y viviendo como “autoexiliada” en ciudades como Londres, París, Roma y finalmente en Nairobi, Kenia, donde se gestaron algunos de los temas, a veces sórdidos y lúgubres, que conformarían su literatura.

El principio: Las posibilidades del odio

 

En 1978, ya de regreso en México, publica su primera novela, Las posibilidades del odio, donde describe su experiencia en un Nairobi devastado por la pobreza y corroído por el colonialismo. En esta obra, María Luisa expone de manera cruda los símbolos que resguardan el racismo y la violencia, mismos que representan un espejo de la dura realidad que sobrevive en el México que abandonó, en un intento de escapar de una realidad miserable y apabullante.

La hechura de Las posibilidades del odio le sirvió a la joven escritora como lienzo para plasmar su desprecio implacable por la idea de una burguesía rancia, definida de acuerdo a los cánones marxistas. En Kenia “vi la realidad en la que crecí de niña: la del hambre, la injusticia, la corrupción y el lujo sin límites. Descubrí que en Nairobi yo era la corrupta, la impune, la poderosa. Por eso escribí mi primera novela. Sí, en el odio y en el rencor hay posibilidades creativas y no vengativas”, señaló María Luisa, citada en 2010 por el crítico universitario Carlos Rojas Urrutia.

La novela, que irrumpió con autoridad en el mundo literario mexicano de las obras que en los años sesenta habían forjado gran parte de la identidad de las letras mexicanas modernas, “se deja leer como novela o colección de cuentos que le valió el reconocimiento de sus colegas como una autora de mirada original, dueña de un manejo eficaz y sutil del punto de vista narrativo”, apuntó en 1995 Elena Poniatowska, quien fuera su entrañable amiga y colega.

La consolidación: Pánico o peligro

 

En 1979, María Luisa publicó su segunda obra, El inmóvil sol secreto, posteriormente, Cuando el aire es azul, y tres años más tarde, su novela Pánico o peligro, con la que obtuvo el reconocimiento de la crítica y del gremio al ganar el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia 1983, con lo que consolidó y reiteró su vocación como escritora absoluta.

Su estilo literario ha sido descrito y elogiado por el crítico y académico mexicano de la lengua, Adolfo Castañón, como “una combinación singular de nerviosa tensión receptiva, pasión ética y estética, con disposición a ser llevada por las formas y por las ideas, sentido de la observación y de la construcción, amor a las formas” y en él resuenan las voces de Virginia Woolf y Elias Canetti, ambas figuras tutelares en el mundo escrito de María Luisa.

Calígrafa, amante de la tinta color sepia, fue colaboradora en los periódicos El Universal, La Jornada, La Plaza y Unomásuno, entre otros medios, y durante los años ochenta se aventuró, en consonancia con sus ideas sociales, a las lides políticas en el extinto Partido Socialista Unificado de México, donde contendió por un curul suplente con miras a una diputación; previamente militó en el Partido Comunista Mexicano.

A orillas del lago Zirahuén

 

En 1984 conoció al escritor y tallerista mexicano Isaac Levín en un curso literario en la Universidad Nacional Autónoma de México, experiencia donde surgió una relación que duraría el resto de su vida. En 1985, la pareja se mudó a una casa construida por Isaac a orillas del lago Zirahúen, en el estado de Michoacán.

La casa-estudio de los escritores fue su refugio durante veinte años, lugar donde María Luisa continuó escribiendo y publicando su vasta obra, además de organizar, junto con Isaac, diversos talleres literarios para personas de todas las edades, de donde surgieron algunos autores hoy día reconocidos a nivel nacional.

El interés de la pareja por la problemática social de su entorno los obligó a colaborar no sólo con la enseñanza; también se convirtieron en un referente local al brindar apoyo a la comunidad.

En 1995, María Luisa recorrió algunos municipios pobres del norte de México para continuar su labor de educación en comunidades recónditas. En esa travesía quiso destacar el papel de la mujer en las letras y divulgar la literatura mexicana, tema de su interés, dada la escasa exposición de la cultura en el interior del país durante la década de los años ochenta; entonces ella era ya una de las primeras feministas de acción en su momento.

Los cuadernos y el Diario del dolor

 

En 2002, María Luisa comenzó a sufrir de un intenso dolor causado por la artritis reumatoide y paulatinamente su salud se deterioró hasta postrarla en una silla de ruedas. Más tarde sufriría de problemas de la columna vertebral y de rodilla, padecimientos que la confinaron, pero aun así el ritual de su escritura nunca cesó.

En esas condiciones continuó sus actividades literarias redactadas con sus distintivas plumas fuente Montblanc, con tinta color café, y en 2004 publicó Diario del dolor, como un testimonio íntimo de su experiencia y relación con su enfermedad y sus estragos. Esta última publicación en vida de la escritora fue una entrega impresa, acompañada por la lectura, en viva voz, de María Luisa.

Ese mismo año, María Luisa fue diagnosticada con un cáncer terminal causado por su adicción al tabaco. El 25 de diciembre de 2004 muere en Ciudad de México, acompañada por su esposo y cómplice literario y de vida, Isaac Levín, quien falleció en 2014, también víctima de cáncer.

María Luisa Puga dejó un legado de creación de treinta y dos años a Isaac, quien después de la muerte de su pareja se entregó de tiempo completo a ordenarlo, clasificarlo, atesorarlo. Su obra incluye cuadernos, manuscritos literarios, fotografías, dibujos, correspondencia y recortes de prensa, videos, casetes, hasta recetas médicas y recibos de pago.

Esta colección está integrada también por 327 de sus diarios personales, escritos de 1972 a 2004, a los que llamó simplemente “los cuadernos”; éste patrimonio literario fue entregado por Isaac Levín a la hermana de María Luisa, Patricia Puga, quien los donó a la Universidad de Austin, Texas, para su digitalización y consecuente libre acceso para quien desee consultarlos.

“Los cuadernos” de Maria Luisa Puga se encuentran hoy en la Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson, de la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos. (https://bit.ly/2W18TM5 )

En 2014, la editorial Siglo xxi reeditó, a manera de homenaje, cuatro volúmenes conformados por Las posibilidades del odio, Cuando el aire es azul, Pánico o peligro y La forma del silencio, con la finalidad de divulgar, para los nuevos lectores y escritores, la obra de una de las autoras capitales en la historia de la literatura mexicana.

 

 

1266
comentarios de blog provistos por Disqus