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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Para Armando Vega Gil,
in memoriam


 

 

Como el chinito

 

Nomás milando. Cada vez más afantasmada: no tengo redes sociales y carezco de las nociones más elementales acerca de cómo usarlas. Por eso, aunque soy feminista, no participé en el #MeToo. No sólo porque no tengo twitter. Supongo que también cuenta que, como a muchas de mi generación, ni se me ocurre hablar de mi pasado con nadie que no sea cercano. La catarsis colectiva me queda lejos, sobre todo si ocurre en un espacio tan engañoso como la internet.

Después de la muerte de Armando Vega-Gil, quien era mi amigo y a quien quise mucho, me tiré un clavado en la red para tratar de entender qué había pasado. Quedé tristísima y hastiada. El twitter me pareció una herramienta limitada para la discusión seria y perfecta para el chiste fácil, el bullying y los epigramas más brutos. Leí opiniones toscas e ignorantes sobre temas tan delicados como el suicidio, la calumnia, la amistad. Una lectora que juzgaré como poco avezada para no caer en descalificaciones, aseguró que la temática de la última novela de Armando le había revelado su culpabilidad. Al leerla me puse roja de ira y me alegré de no tener twitter, porque me hubiera enfrascado pasionalmente en una discusión inútil. Hubo gente que cuestionó a Lydia Cacho, a quien considero una de las mejores periodistas que hay, por escribir que estaba triste por la muerte de Vega Gil. Como si tuvieran derecho a pedirle cuentas a ella por ser una amiga leal.

Me hice mil preguntas sobre la obligación de creerle a alguien por el solo hecho de ser mujer, porque la verdad es que he conocido tantas mujeres mentirosas como hombres. Por supuesto sostengo que hay que escuchar con el doble de atención a las mujeres, porque históricamente ese simple derecho nos ha sido negado, pero la confianza se gana, no se da por decreto. Afirmar que todas las mujeres dicen la verdad está peligrosamente cerca de afirmar que todas son santas. Eso sería repetir la mitad de la taxonomía que tanto daño nos ha hecho: o santas o putas. No me detendré aquí a señalar lo que, según yo, son equivocaciones. Ya se verá.

La naturaleza del twitter se presta para la forma, espero que inicial, del movimiento, pero su inclusividad es un arma de doble filo: al lado de muchas denuncias legítimas se colaron mentiras —leí el tweet de una mujer que decía que alguien estaba usando su nombre para calumniar a su ex marido—, crueldades e imprecisiones. Ahí está todo, para quien tenga ganas de leerlo.

Por supuesto creo que el #MeToo es la expresión de una necesidad impostergable: la de sentirnos seguras. La triste verdad es que muy pocas se sienten seguras, más allá de la violencia, del temor a ser una víctima, un número que engrose las estadísticas en el país de la impunidad. Yo, al menos, no sé de ninguna. La violencia nos cerca y nos impide el libre acceso a los espacios públicos, a la libertad sexual, a la educación —de cada diez analfabetas mexicanos, seis son mujeres—, a la salud. Y la salud de las mujeres está inextricablemente vinculada con la de los niños y, con frecuencia, a la de los ancianos.

La violencia económica y la desigualdad laboral nos dejan exhaustas. Todas trabajamos más por el mismo dinero que ganan los hombres, luchando por los espacios y contra los prejuicios.

En esto, la 4T ha sido, hasta ahora, más motivo de alarma que de esperanza. No me extenderé aquí sobre mis miedos, sobre lo que me pregunto acerca de las iniciativas del presidente relacionadas con las estancias infantiles y los refugios para las mujeres violentadas. Decir que no las entiendo es poco: me han dejado sin sueño, trémula. Yo voté por AMLO porque, entre otras cosas, esperaba que apoyara a las mujeres, que falta nos hace.

Por eso espero que #MeToo desborde la internet y salga a las calles, a los espacios públicos, que se organicen marchas enormes. Ahí estaré, entonces. Dispuesta a caminar hasta donde sea necesario.

 

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