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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

El hacedor

 

Entonces a la orilla, o tal vez un poco más allá, un poco más adentro, apenas con un sesgo. Camina despacio en medio del tumulto y el asedio de la prisa, o se sienta en el borde de su cama de pronto desprendido del sueño o la vigilia, se pierde en la terrosa madrugada de una mesa en un café, en una banca de parque o sanatorio, o entre los áridos enseres de su empleo, y se queda secretamente quieto y nada más, a ver si logra centrar en la distancia la plomada de su ser. Hace silencio como quien hace adobes para levantar un muro y que el muro haga lo suyo con el viento, el más fuerte o más pequeño, y sople el eco de las cosas por el otro lado donde están, en el chasquido que hace su humedad detrás de la sed rutinaria de sus nombres, en la gravedad que las asienta, en la altura que alcanza su relumbre. Eso oye y se aparta adentro y afuera, y eso mismo lo devuelve a lo demás con los demás y a la vez lo pone de canto al horizonte de su tiempo en el planeta, ahí donde el todo con la nada afila su perfil. Pero el ruido es arduo y altanero, se enquista en los pliegues minuciosos del oído y se ata al pensamiento y no lo suelta, o enrosca en el cuello del alma su collar de cascabeles y espejitos, de consignas, sonsonetes y estribillos. El silencio, como el sueño y otras ciencias en la orilla, es materia delicada: con un leve roce de estridencia se contrae y se escabulle, se mezcla y se confunde, se hace garabato en el aire o se empantana y endurece. Ya no dice porque ya no oye. Y si nadie insiste y calla, se abisma en sí mismo y no responde. Para que vuelva y abra sus bocas nuevamente, camina el hacedor por otra o la misma calle más despacio, o en otra o la misma banca se queda más sosiego y más atento en medio del barullo. Lentamente dice entonces una a una las vocales de su lengua, para empezar desde el principio cada vez, para buscar en la voz la inocencia inicial de la palabra, y hundirse poco a poco en una blancura de papel con resplandores negros, mínimas virutas de grafito y luz en esa íntima intemperie que desata resonancias y peligros, una caricia que fue o que sería por ejemplo, una sonrisa de hiel, una mentira que desnuda, una verdad que no burla su decreto. Pasan horas que no cuentan, que son años o semanas en su vida con el sesgo descalzo para él, con la nuestra entre nosotros, con nosotros si somos o fuimos y si no, en la espiral de lo posible, en lo que no será y es o debería sólo por decirlo. “La realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro” (“Pensamiento y poesía”, en Filosofía y poesía, María Zambrano.) Por hacer adobes con el viento para oírnos en el mundo, parece que el poeta algo mira y más bien algo le devuelve la mirada; parece que calla ensimismado y es la realidad que suena y se le encima, y nos la dice entonces tal como el silencio luego se la dijo a él: “Tras escribir en el papel la palabra coyote/ Hay que vigilar que ese vocablo carnicero/ no se apodere de la página,/ Que no logre esconderse/ Detrás de la palabra jacaranda/ A esperar a que pase la palabra liebre y destrozarla./ Para evitarlo,/ Para dar voces de alerta/ Al momento en el que el coyote/ Prepara con sigilo su emboscada,/ Algunos viejos maestros/ Que conocen los conjuros del lenguaje/ Aconsejan trazar la palabra cerilla,/ Rastrillarla en la palabra piedra/ Y prender la palabra hoguera para alejarlo./ No hay coyote ni chacal, no hay hiena ni jaguar,/ No hay puma ni lobo que no huyan/ Cuando el fuego conversa con el aire” (“Poética”, en De parte de la noche, Juan Manuel Roca.)

 

 

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