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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

El 27 de abril…

 

Lo reconozco, el nombre es raro para una columna, a menos que le añada de 1867, y sería más claro el sentido si puntualizo que se trata de lo ocurrido en Querétaro. Me temo que incluso así la fecha no les diga nada, o crean que se trata de alguien que andaba en vacaciones de Semana Santa, visitando edificios y tal vez la iglesia o convento o monasterio (perdonen mi “falta de cultura” religiosa) de la Santa Cruz, ése donde crecen unas espinas en forma de cruz. No, ni siquiera sé si era Semana Santa, pero sí que en esa fecha la ciudad estaba sitiada por las fuerzas republicanas, cuyos embates resistían las tropas imperialistas al mando de Maximiliano.

El desenlace es bastante conocido: triunfó el ejército republicano, fueron aprehendidos Maximiliano, Miramón y Mejía, y después de ser juzgados se les pasó por las armas en el Cerro de las Campanas. El a veces menospreciado (por críticos acostumbrados a sacar de contexto obras y autores) Ignacio M. Altamirano escribió un texto titulado precisamente “El 27 de abril en Querétaro”, en donde plantea que, desde su punto de vista, ese episodio no había sido analizado y narrado de una manera sensata y completa, y aclara que “los historiadores que han hablado de ese sitio memorable no han sido inexactos al referir las acciones de ese día, pero sus datos han sido diminutos”. Creo que habría sido más adecuado utilizar la palabra “incompletos” a la de “diminutos”, pues al hacer la revisión de las obras más serias que abordan la cuestión, menciona a don Juan de Dios Arias, a José María Vigil y al doctor Juan B. Hijar y Haro, y destaca que “el que más se acerca a la verdad y da mejor idea del cuadro de batalla y de las peripecias de ella es, me complazco en reconocerlo, Alberto Hans, ex subteniente de la artillería imperial...”

En la revista que hace de los autores mencionados, citando incluso párrafos y páginas, observa que los relatos son justos pero abarcan sólo una parte de lo complejo que fue el sitio de Querétaro y las batallas que se libraron para conseguir vencer a las fuerzas imperialistas. Reconoce la autoridad y seriedad de los autores, que utilizaron fuentes directas y datos oficiales, pero considera que en todos los casos la información es incompleta, pues reporta los hechos de un sector del sitio y deja de lado lo ocurrido en otra parte. Altamirano apunta que no desea replicar, sino sumar a la información anterior su propio relato, partiendo de dos grandes ventajas: que fue testigo y tomó parte en los combates, y además posee el manuscrito original del Diario de operaciones de Miramón, así como los planos de las batallas elaborados por los ingenieros del lado imperialista. “Con ellos y mis apuntes particulares escritos inmediatamente después de los acontecimientos”, y también los recuerdos todavía frescos, reconstruirá lo ocurrido.

Recordé este artículo extenso de Altamirano porque un viejo amigo me preguntó si en algo que escribí me había confundido y en lugar de “militantes” había escrito militares, al opinar que antes hubo escritores y periodistas que no solamente habían sido críticos combativos sino que también se habían desempeñado como militares. Le respondí que no me había equivocado, y bastaba recordar a Vicente Riva Palacio, jefe de los chinacos que combatieron a los franceses, y a Altamirano, ese autor de Navidad en las montañas que ha sido tan cuestionado. Lo remití al texto mencionado para que se convenciera de que no solamente había sido testigo del sitio.

En esas páginas nos relata acciones militares, cargas de caballería dirigidas por él y cómo, cuando hablaba con varios generales y oficiales, cerca de una batería, una bala de cañón pasó cerca de ellos, “llevándose la cabeza de uno de los sargentos, un brazo y parte del hombro del otro que se llamaba Tlatempa...” Cuando se despejó el humo y el polvo levantado por el proyectil, “...nos vimos y estábamos todos salpicados de sesos, de trozos de carne y de sangre...”

Ignacio M. Altamirano, como se ve, fue más que un simple cronista o testigo.

 

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