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Cinexcusas
Por Luis Tovar

No del todo ficción

Ubicado en alguna calle de la eternamente paupérrima zona oriental del Centro Histórico de Ciudad de México, el hotel es viejo, inhóspito, sucio, maloliente, oscuro… y no se debe al ejercicio chocante de un cliché cinematográfico miserabilista, como ése tan caro a ciertos realizadores en cuyas películas cabe deplorar una falsísima pobreza de cartón, evidentemente producida, que ya de entrada estropea la intención –es de suponerse– de generar empatía con la precariedad económica y sus padecientes. Por el contrario, con todo y que alguna modificación fílmica debió sufrir, el hotel donde Aurelio y Citlali se conocen luce tan real que sus puertas ajadas de polilla, sus paredes lamparosas, mínimas ventanas empañadas, camas vencidas por el uso artero, buroes desvencijados y focos mondos, transmiten a los personajes –interpretados con alta eficacia por Noé Hernández y Daniela Schmidt, respectivamente– una verosimilitud que los convierte de inmediato en partes de ese todo, de manera que son ellos, Aurelio y Citlali, los ajados, lamparosos, empañados, vencidos y desvencijados, mondos…

Es así, con la fortuna dándoles la espalda, como al principio cada uno por su lado y después juntos, intentarán torcerle la mano a sus destinos: el de Citlali, una inmigrante ilegal que ha huido no sólo de la toxicidad de un vínculo pernicioso sino del riesgo latente de ser asesinada y que necesita conseguir papeles de identidad para recuperar a su hija, es un destino que pareciera condenarla a la soledad entre los muchos, la prostitución extorsionada, el silencio interno que ensordece; el de Aurelio, un trabajador de bajísimos ingresos, sin educación ni perspectivas de mejoría, cuyo hijo ha sido asesinado a plena luz del día, es algo así como un futuro sin puertas de acceso al que es imposible abrirle siquiera una fisura, en el que parece no haber de otra que seguir sobreviviendo exactamente como se ha vivido hasta este punto, es decir explotado en lo económico, ignorado en lo civil, inexistente en lo humano.

Reflejo irreprochable de la realidad que le da contexto, Ocho de cada diez (Sergio Umansky, México, 2018) no exagera un ápice argumental en la historia que cuenta, dicho sintéticamente, la de una búsqueda de justicia que de antemano se sabe tan cuesta arriba que resulta imposible de cumplimentar por las vías que establece la legalidad. El título del filme alude precisamente a la estadística nacional en materia de impartición de justicia: de cada diez asesinatos que se cometen, ocho tienen garantizada la impunidad debido a que no son siquiera investigados, y como bien se sabe, muchas veces el veinte por ciento restante también acaba por engrosar la cifra de criminalidad impune.

Esos dos fenómenos forman parte sustantiva de la trama: por un lado, el exasperante viacrucis de Aurelio en una oficina del Ministerio Público saturada de indolencia, poco profesionalismo y total ausencia de solidaridad, adonde acude reiteradamente para conseguir lo que se supone es su derecho inalienable, es decir, el otorgamiento de justicia “plena, pronta y expedita”, hasta ser convencido por el peso de la propia realidad de que sólo saltándose las trancas legales podrá, y eso tal vez, conseguir algo. Por otro lado, y de manera subrepticia aunque paradójicamente dé la sensación de ser también ficción, el filme incorpora escenas auténticas de asesinatos perpetrados a lo largo de todo el país, captados por cámaras de seguridad. De la carencia se sacó virtud: en entrevista, Umansky confió que por principio habían pensado en producir dichas escenas criminales, pero las limitantes presupuestales condujeron a la decisión de tomar material verídico.

A propósito de su propio trabajo, afirma el realizador que “esto no es del todo una ficción”. Tiene razón, para infortunio colectivo: herencia podrida de las décadas recién pasadas, la impunidad criminal, la insuficiencia institucional y la descomposición social continúan vigentes.

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