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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Aquiles y el Piojo

Llevo todo el día escuchando a Miguel el Piojo Herrera en la radio: furioso, acelerándose él solo, con una dicción rarísima, retando al árbitro Arturo Brizio. En su arranque es muy fácil descubrir en qué momento la cólera le gana: “Que se ponga a trabajar”, repite, y hay algo en esa frase que lo irrita (o le gusta) y ¡zaz!, pierde los estribos. Piense el lector en lo que esta expresión quiere decir: perder los estribos equivale a ir sin control sobre un caballo, pues los estribos lo mantienen a uno en su lugar. En los estribos mete uno los pies. Y bueno, hay otra frase hípica para describir estas cosas: montar en cólera. A la que, como he escrito antes en este mismo espacio, imagino como una yegua roja con unos dientes como fichas de dominó y ojos llameantes.

El Piojo anda siempre sobre la cólera y sin estribos, a merced de su hígado, de lo que la bilis le hace a su dicción, a sus rupestres modales, a su inteligencia y su capacidad para negociar. Siempre ha sido colérico, ha propinado patadas, etcétera. No aprende a controlarse porque en México, mal que bien, al iracundo se le respeta. Y la cólera, con la pena, no merece el respeto de nadie. Cualquiera se enoja: es un hecho biológico primario, una respuesta instintiva del cerebro reptiliano. Pero por alguna razón misteriosa, en México se dice de los enojones que “tienen el carácter fuerte”, cuando en realidad lo tienen débil y ceden a sus pulsiones más primitivas.

Fuerte es el que domina sus impulsos, su miedo, su ira, su dolor. Eso lo sabían los griegos, que esperaban que un hombre –un ser humano– se gobernara. Y es lo que las religiones más esclarecidas piden a sus devotos. Los lamas y los monjes budistas, que controlan hasta su presión arterial, lo logran porque no ceden a sus arranques más pueriles: los tienen sujetos por la voluntad y la inteligencia.

No crean que digo esto desde el Olimpo de los Serenos. Soy tan enojona como el Piojo, por eso me fijo en él. Los errores más graves de mi existencia los he cometido bajo el influjo de esta emoción quemante y autoindulgente. La furia no me ha hecho más inteligente, más veraz o más nada. Me convierte en un ser que farfulla. Algunas veces me ha concedido una especie de audacia momentánea de la que suelo renegar después. Por eso soy una estudiosa de la cólera.

No pierdo de vista que la piedra angular de la poesía occidental, la Ilíada comienza diciendo “Canta, oh musa, la cólera del pelida Aquiles…”. Nunca he podido reconciliarme con la figura sobrehumana de Aquiles por eso, porque su cólera termina con la vida de su amado Patroclo, con la del hermoso Héctor y sólo se medio apaga con las lágrimas de Príamo sobre su mano asesina. Y estoy hablando de Aquiles, el más noble y valiente de los guerreros que han sido. Quizás de ahí viene el perdurable prestigio de esa emoción: tiene que ver con la guerra.

Entre los vikingos el lugar de honor de los guerreros era para el berserker: el que se volvía loco de ira y no temía. Se arrojaba a la batalla y a veces se olvidaba del escudo, cubierto sólo de pieles de oso. Pero el berserker también podía matar a sus compañeros, enloquecido como un animal enfermo de rabia.

Prefiero a los monjes de la Tebaida que se iban a vivir al desierto para luchar a brazo partido con sus pecados. Hubo uno que, en la soledad más rigurosa, batalló contra la ira durante quince años y apenas logró vencerla.

Siempre me sorprendía la idea de su soledad iracunda: ¿con quién se peleaba Macario Egipcio si no veía a nadie? Ahora lo sé. Con el recuerdo de las ofensas, las burradas, las vanidades propias y ajenas. ¡Ay de las horas perdidas en los tediosos ejercicios de la ira! ¡Los diálogos imaginarios con los otros! Y mejor si sólo imaginarios, que los que realmente ocurren suelen terminar mal.

Los padres de la Tebaida se decían entre sí “Dame una palabra” para meditar sobre ella. Yo necesito una palabra, sólo una: cálmate.

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