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Carlos Maciel, De historiador y matemático a pintor

A menudo me vienen recuerdos de la infancia y siento el humo de los puros salvajes de mi padre y la humedad de interminables aguaceros. Justo, mi padre, nos había contado, y María, mi madre, nos había leído algunas de las aventuras de Don Alonso Quijano, El Quijote de la Mancha. Ignoraba yo que al narrar a los otros muchachos mi admiración por el caballero de la larga figura estaba firmando mi sobrenombre. No faltó quien a partir de ese momento comenzara a llamarme Quijano. No respondía obviamente a mi conciencia literaria, sino a esa picardía a veces cruel de los chiquillos. Mis compañeros y amigos en Petatlán, Guerrero, solían mofarse de mi ancha mandíbula. Quijano y quijada estaban demasiado próximos en sonoridad y tal vez en sus significados. Ese era un apodo, un alias que me incomodaba porque caricaturizaba mi aspecto exterior.

Como a mis hermanos mayores, mis padres me mandaron con una hoja de plátano adelante y otra atrás al exDistrito Federal. Comencé a estudiar matemáticas en el Instituto Politécnico Nacional. Según mi hermano Leonel Maciel, tengo una cabeza grande para los números y también para los sombreros desde que era una criatura que, aún afirma, era una de las más hermosas del pueblo. No obstante mi vocación matemática, asistí a algunos cursos en el Taller de Grabado del Molino de Santo Domingo, que dirigía y había fundado mi amigo Octavio Bajonero.

Fue en esos años cuando me vino la propuesta de ir a la exUnión Soviética a terminar mis estudios. Por un lado mi ideología comunista y por otro el deseo de conocer mundo, de viajar, me convencieron de aprovechar la recomendación que me extendía nada menos que David Alfaro Siqueiros. Con la mentalidad de formarme en la disciplina matemática arribé a la Universidad Patricio Lumumba, en Moscú. Allá me sometieron a una serie de exámenes y entrevistas y concluyeron que yo tenía más vocación para las humanidades que para la ciencia. Sin mucho esfuerzo me convencí de que entre las carreras más afines a mi perfil estaba la historia, y pienso que no se equivocaron, porque en el fondo de todo eso el arte habitaba en mi corazón. Si mi hermano era el pintor Maciel, ¿quién era yo, cómo iba a definir mi identidad en la obra? Fue entonces cuando apareció Quijano. Sin pensarlo mucho estampé mi firma con la k rusa de Kijano y vi con toda naturalidad cómo nacía el artista a sus veinte años de edad.

Como los grandes amores, el arte fue emergiendo paciente y entregado. Fue imprescindible y urgente perfeccionar algunas técnicas de grabado (aguafuerte y punta seca) e iniciar también el uso del óleo, la tinta y el acrílico. Kijano vendió muy pronto su primer cuadro a una bióloga de la Academia de Ciencias de la urss en 400 rublos, una moderada fortuna que yo, Carlos Maciel, disfruté con mi familia. Es curioso cómo el arte también descubre el lado material de la belleza. Kijano participó de manera modesta en el movimiento de la vanguardia rusa. Me casé y tuve un hijo, Lev Carlosovich Maciel, ahora historiador del arte, viajero, profundamente ruso, pero de regia estirpe tropical.

Volví a México y trabajé arduamente dando clases en diferentes universidades privadas y públicas, entre ellas la unam. Luego, con mi familia rusa me fui a Durango a fundar el Instituto de Investigaciones Históricas. Mi esposa no pudo con el medio y volvió a Moscú con mi hijo. Una etapa difícil por su ausencia y la inevitable separación. Allí, entre las bellezas durangueñas que paliaban mi melancolía encontré a mi compañera de vida y madre de mis dos hijos. Durango fue una revelación de oscurantismo y de luz al mismo tiempo. Una época de militancia y de integración cultural donde las contradicciones son más profundas que en ninguna otra parte de los sitios donde he vivido.

Durango tiene una luz muy especial, una atmósfera que ilumina su paisaje, particularmente el interior. Ese interior que no puede ser demasiado hondo porque el exceso de luz lo mantiene todo despierto, casi hasta el hartazgo, hasta la insolación. La montaña desciende hasta el valle del Guadiana y las planicies aprietan su resequedad en los mezquites y en los magueyes, los chaparrales y los cardos. Campos extensos que en el invierno se doran y se mecen como suaves ondas amieladas, y uno entiende la lógica del western. Algunas de mis mejores amistades las forjamos, Kijano y un servidor, bajo ese cielo de cristal y esa luz intensa. Allí dominaron los cuadros con formas suaves, alargadas y en tonalidades que van de los ocres a los amarillos, pasando por pistachos, una gamma de pasteles y efectos solferinos. No podía faltar la figura ambarina del alacrán y su ponzoña, el humor de los mejores amigos, como la escritora Beatriz Quiñones con quien Kijano y yo reíamos tanto. Con el poeta Leyva, que por entonces era un joven estudiante de medicina, y la maestra Beatriz Quiñones, quien seguramente nos doblaba la edad y era sin duda un referente esencial de la literatura local, reíamos y gozábamos entre las polvaredas ideológicas y los remolinos de las utopías.

Tuve que viajar por motivos académicos y familiares a Moscú. Era el año de 1984 cuando fui a terminar el doctorado en el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias. Tenía en mi haber y mi confianza un permiso sin goce de sueldo. Cuando regresé, al año siguiente, el rector y algunos colegas me habían dado golpe de Estado y quedé fuera del Instituto. Es así como fui a continuar mi periplo a Culiacán, para integrarme a la planta de profesores de la recién fundada Maestría en Historia Regional de dicha Universidad.

Si Durango es clima de secano, la amenaza constante a la sequía, en Culiacán es la humedad que suele pasar el ciencuenta por ciento. Patricia, mi esposa durangueña, sentía que se derretía en esa atmósfera de los cuarenta y pico grados centígrados promedio durante la primavera y el verano, e incluso del otoño. Mis hijos se habituaron muy pronto a esas temperaturas y al habla culichi. A
lo que nu
nca nos acostumbramos fue a la violencia que se fue recrudeciendo con el paso de los años y de la descomposición política y social, no sólo de Sinaloa, sino del país. Una nueva camada de amigos entrañables vino a sumarse a esa historia de afectos que le dan sentido a la existencia. Entre ellos, el novelista Élmer Mendoza, sobre todo en su etapa de escritor anónimo, antes de que Rubem Fonseca y Arturo Pérez Reverte lo descubrieran y lo impulsaran por el camino de la fama, misma que alcanzaría sin sombra de duda con dos de sus novelas cumbre: Un asesino solitario y El amante de Janis Joplin. Con Élmer, como con otros intelectuales y amigos de diversas disciplinas, solía tener una interlocución nutricia. Podíamos charlar durante horas mientras Kijano pintaba y disfrutábamos de un buen vino. Las reuniones gastronómicas han sido también una constante en mi vida y en la obra plástica del artista.

Fue una época de estancias entre Ciudad de México –donde fui algunos años representante de la Universidad Autónoma de Sinaloa–, Culiacán y Moscú. En 1991 regresé a la ya en proceso de extinción Unión Soviética. Fui testigo no pasivo de la sublevación social contra la intentona de golpe de Estado contra Boris Yeltsin. Salí a ocupar las barricadas que se habían levantado de inmediato en muchísimas calles. Teléfonos, fax, computadoras, radios, toda la tecnología doméstica de comunicación había sido empleada por la ciudadanía para impedir que los militares impusieran una dictadura. Kijano tuvo algunas expresiones pictóricas con tonalidades ladrillo, casi naranjas, atmósferas grises y verdes, sepias por todos lados y esos cielos azules que lo persiguen en sus recuerdos moscovitas, pero también sinaloenses, y no se diga de ese cielo azul cobalto del Valle del Guadiana que suele empalmarse con la tierra colorada de Zacatecas, porque allí donde los dorados durangueños se extinguen, el suelo se enrojece.

Ahora vivo en Cuernavaca, en la casa que alguna vez fue la morada de Erich Fromm. La rodea un inmenso jardín que se agota al pie de un pequeño río, podría decirse un generoso arroyo que no cesa de cantar. En el porche de la casa, mi hermano Leonel realizó un mural que tituló Los placeres divinos y terrenales, como un homenaje a Fromm, quien escribió El arte de amar, pero sin dejar de lado a Ovidio. Por las noches, allí me siento con Patricia a practicar la contemplación y el silencio, el mutuo diálogo con Kijano.

¿Kijano o Carlos Maciel? Mi amigo Raymundo Ernst, chileno, crítico de arte, ha escrito que Maciel es recatado y Kijano un personaje expansivo, pero en ambos se incuba el virus de lo apolíneo y lo dionisiaco, la dualidad. Dos en uno, uno en dos. Porque en esa exultante festividad, en ese carnaval, también habla por los sentidos la tragedia. Al menos eso afirma Raymundo con la autoridad de sus estudios. Kijano tampoco es un suicida del exceso, un sinvergüenza total, un cínico sin control. Veamos su obra y nos daremos cuenta de esa contención, de ese ajuste de lo sublime, de lo emocional.

 

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