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En vísperas de la guerra: Grecia y sus versos de hierro

La poesía guerrera griega es una pira funeraria de palabras que apenas conocemos en el rescoldo de unos cuantos versos. Frases a medio acabar, truncas y entrecortadas por los puntos suspensivos de las ediciones, estos despojos literarios nos sugieren más de una dimensión de entendimiento: no sólo estamos ante poemas que cantaron hace dos mil quinientos años la muerte, gloria y miseria de los guerreros, sino podría pensarse además que la voracidad del tiempo ha malherido también a las palabras mismas, dejándonos tan sólo un cadáver, que los estudiosos recomponen con piedad como para identificar el cuerpo de un deudo.

Entre los siglos VII y V ante, Calino, Tirteo, Arquíloco, Mimnermo, Alceo, Solón y Simónides –los siete prohombres de quienes se conserva este tipo de poesía– trajinaron los pliegues y salvaron los escollos de un mediterráneo atrevido y desmesurado. Eran los tiempos en que la guerra se libraba al menos una vez en la vida de cada uno que mereciera el nombre de varón. La vida debió ser entonces menos cierta. No saber portar un escudo era cosa tan inusitada como no haber esforzado los músculos en la formación ciudadana de un servicio militar sin concesiones. El enemigo no tomaba necesariamente la forma del bárbaro; muy bien podía hablar el griego, y casi bastaba que su ciudad se hallara tras una cordillera o a pocas millas de mar. La mujer era ante todo la esposa y madre de los hijos, a la par que botín sujeto a vejación, y la parcela de tierra –la verdadera amada– era el único asidero de la libertad, entendida en su sentido más inmediato y telúrico como condición opuesta a la mendicidad o esclavitud.

La dicotomía de matar o morir alienta la embriaguez de estas cruentas exhortaciones. Muertes “bellas”, libaciones del recuerdo y honorables exequias son los tópicos más recurridos en estos cantos o panfletos hechos para declamaciones de ocasión, fueran fiestas cívicas, banquetes de notables o vísperas de guerra. La fama y la gloria que animaban a los héroes de la Ilíada, impulsan ahora la vida de los hombres de carne y hueso, que han dejado de ser los amos y súbditos de la epopeya para devenir ciudadanos; esto es, los griegos han inventado la ciudad, en la que el hombre, por vez primera, pronuncia la difícil palabra “política”. Los versos de Homero son de bronce mítico, literatura; la realidad de Alceo, Solón y sus contemporáneos, en cambio, es ya de hierro y plaza pública: interpretar los prestigiosos papeles de la epopeya no es más un ejercicio escolar de primeras letras, sino problemática situación vital del hombre ciudadano ante la violencia de la historia.

En el siglo XIX el Estado-nación termina por dominar como la principal forma de organización de la sociedad. No bien los países acaban de conquistar sus respectivas soberanías, banderas e himnos proliferan ante la urgencia de consolidar (inventar) identidades. Estos últimos, en realidad, son la poesía parenética de nuestro tiempo. En su himno nacional, por ejemplo, los griegos reconocen a la libertad “por el terrible corte de la espada”, mientras los italianos al llamado de la patria “cierran filas listos a la muerte”. Los franceses, por su parte, ante el feroz enemigo “que viene a degollar a sus hijos y compañeras”, forman “batallones en aquel día de la gloria”, y cerca de una veintena de himnos hispanoamericanos son otro gran compendio de estos lugares comunes.

El filólogo helenista Bernardo Berruecos, al seleccionar, comentar y traducir esta compilación de poesía griega arcaica, ha unido estrechamente su nombre al de autores y obras cuyo conocimiento, como él mismo anuncia: “beneficia y enriquece no sólo al estudio de la historia de la poesía, sino al historiador en general”, puesto que estos textos reflejan “una serie de acontecimientos sociales de relevancia y envergadura capitales para el desarrollo del mundo griego: la emergencia de la pólis y de sus instituciones, la codificación de las leyes y el desarrollo de las actividades legislativas, la reforma hoplítica del siglo vii aC, la noción de ciudadanía, la colonización, la acuñación de la moneda, la asunción al poder político de las nuevas clases sociales que buscaban una isonomía frente a la vieja aristocracia, el desarrollo del comercio, la laicización y secularización paulatinas de las diversas manifestaciones culturales, la emergencia del discurso filosófico y científico, entre otros”. Por otra parte, estos estudios contribuirán, como es ya nuestra tradición secular (recordemos a Alfonso Reyes), a repensar nuestra propia poesía e incluso nuestra confusa política a la luz siempre reveladora de los helenos.

 

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