Usted está aquí: Portada / Cultura / La crítica del arte: los territorios de Jorge Juanes
Usted está aquí: Portada / Cultura / La crítica del arte: los territorios de Jorge Juanes
La crítica del arte: los territorios de Jorge Juanes

Jorge Juanes es un caso poco frecuente en el medio cultural mexicano. Adscrito a la academia, es visto por ella con muchísimo recelo, no sólo por ocuparse de un pensamiento libertario, sino por el estilo poco dado a la jerga y a sus complejidades. A la vez ha asumido sin complejo la revisión y la crítica del pensamiento occidental en los dos últimos siglos, ocupándose desde Marx en un extenso libro, y ya anunció sus futuras incursiones en pensadores fragmentarios y paradójicos, hasta las diferentes postmodernidades que ha sido y siguen, lamentablemente, siendo. En las diferentes universidades en la que ha dado clases y realizado labor de investigador, ha dejado huella en sus alumnos y escuchas, que testifican afecto por la persona y aprecio por su estilo histriónico de ejercer la docencia. Es decir: es un buen profesor, pero eso no es tan frecuente en nuestras casas de estudio.

Por otro lado, su revisión del pensamiento occidental lo ha llevado a los linderos del arte y
la literatura, terrenos en los cuales se ha sumergido, y es un autor de un buen número de libros sobre artes plásticas. En 2010 publicó un curioso libro, anómalo en su ya extensa bibliografía, Territorios del arte contemporáneo. Del arte cristiano al arte sin fronteras. En principio, lo ambicioso del título no corresponde con el texto mismo, que es fruto de la transcripción de charlas radiofónicas sobre la historia del arte en las que se goza de
una soltura menos frecuente en textos escritos. El autor advierte desde la nota inicial que el resultado le ha gustado y que apenas ha corregido las transcripciones. El resultado es un libro que se lee con placer y fluidez, y que atrapa por su afán polémico, en el que se mezcla pensamiento de gran calado, teorías muy complejas, y un cierto grado de irresponsabilidad expositiva, al que se le puede reprochar, no sin cierto grado de razón, en incurrir en un batiburrillo poco claro, en el que su entusiasmo lo saca adelante y da sabor a la ola podrida de esa crítica oral.

Esa es otra cualidad. Es un buen expositor, en un medio en que incluso los mejores escritores reflexivos, se hacen bolas al exponer sus razonamientos verbalmente. Así, el libro conserva la soltura de lo hablado sin perder fuerza y coherencia ni empantanarse en balbuceos. No escuché los programas de radio, así que no puedo precisar que tan arduo fue el pasarlos a la página. En todo caso, conservan el acento y ritmo manifiesto en su conversación, y eso es una ventaja. El ser fruto de un programa de divulgación fue en parte lo que le permitió a Juanes asumir un proyecto que de otra manera se habría presentado como desmesurado. La manera en que aborda la evolución del primitivo arte cristiano a las vanguardias de hoy día es convincente, mezcla por igual los juicios que historiadores han trabajado a lo largo de siglos, y sus propios juicios e ideas, sin rendir culto a la nota al pie, pero mostrando conocimiento y preparación. Es un libro que los alumnos de historia del arte, los interesados en la estética y los aprendices de creadores deberían leer con provecho.

Podríamos pensar que dicho libro –quinientas páginas– tiene tres segmentos sin diferenciar explícitamente, pero bastante claros. Por un lado los veloces repasos históricos del arte cristiano, el renacimiento y el barroco, en donde –como dije antes– el entusiasmo hila el discurso con fluidez y describe los diferentes cambios, los saltos cualitativos, las figuras relevantes, y de vez en cuando enmendándole la plana a clásicos como Gombrich o Berenson y poniéndolos en relación crítica, a veces antitética, con el pensamiento de su tiempo, sobre todo con la ideología y el conflicto social de las diferentes épocas, pues Juanes manifiesta su rechazo al pensamiento mecanicista que hace depender el arte de los conflictos sociales y propone (a veces incluso presupone) una función crítica en la que lo ve como un contradiscurso, un reverso de la trama, más legítimo y verdadero, y –desde luego– más interesante, lo que le granjea las simpatías de su lector. Una segunda parte comienza cuando, a partir del romanticismo, el discurso de Juanes se empieza a apartar de la norma tradicional y los temas y conceptos se vuelven más discutibles, hasta desembocar en el siglo xx, la explosión de las vanguardias y los sucesivos ismos que le dan rostro. Sobre esto nos ocuparemos con más detenimiento líneas más adelante. Y una tercera, en la que discute con los grandes teóricos.

En los textos en que se ocupa de los grandes de la historia –Giotto, Leonardo, Miguel Ángel, Caravaggio, Rubens, el Greco, Velázquez, Goya– lo que importa es que no sólo emite juicios claros e interesantes, sino que contagia el entusiasmo por lo que hay en esa pintura, y transforma la historia de los estilos en una especie de novela de aventuras, al grado de que a veces deja entusiasmado al lector, y para eso están otros libros suyos, más específicos y preciosos teóricamente, sobre Goya por ejemplo. El asunto se complica cuando llegamos al impresionismo y sobre todo a las vanguardias, porque tiene que ver más que con los juicios mismos sobre cada obra con la dinámica interna del pensamiento de Juanes, y la dialéctica entre lo que cree, lo que piensa y lo que descubre.

A Juanes lo aqueja un mal endémico de nuestra capacidad reflexiva: no sabe discutir y termina sólo haciéndolo consigo mismo y –claro– dándose la razón. Aquí suelo sentirme desconfiado, la simpatía por su discurso empieza a ceder el lugar ante el miedo a la inercia de sus afectos estéticos. Su estilo histriónico, tan efectivo en sus conferencias y clases, se vuelve un lastre, se aproxima al dogmatismo inquietante de muchos pensamientos libertarios y pierde capacidad crítica, su entusiasmo se vuelve fetichista. La fascinación con que ve (vemos) los movimientos de vanguardia –Dadá, surrealismo, los rusos, los italianos, los alemanes– y la ilusión afectiva que nos relaciona con ellos, ha impedido hasta ahora que se haga la crítica profunda de ellos, y nos impide ver que, como el rey y el arte oficial, también van desnudos. Es como
si nos negáramos a ver que en el gesto liberador que nos fascinó y fascina aún, hay también una gran impostura, e incluso esa toma de partido le impide argumentar con mayor profundidad –con mayor capacidad de duda– en la verdadera importancia de esos movimientos y el arte que produjeron. Es esa crítica fetichista la que más anquilosa y vacía de sentido a los gestos vanguardistas.

Una de las razones que provoca ese fetichismo
es la nada clara relación entre la teoría y la práctica, entre el querer y el hacer. ¿Seguiremos insistiendo en que Duchamp es un gran pintor? O situaremos ya claramente su papel en lo que fue: un provocador inspirado, dotado de una gran inteligencia, que termina, en el peor sentido del término, volviéndose anecdótico. Soy de los que cree que la formulación teórica es también un arte y que así y sólo así, como interpretable, como legible, evita el dogmatismo que la condena a la esclerosis y al olvido. ¿Celebraremos cada nueva teoría, cada nueva corriente, porque niega la anterior y nos provoca la ilusión de movimiento?, ¿podemos situar en el mismo nivel la inteligencia e ingenio decorativo de un Magritte o un Dalí, que la fuerza creativa de un Picasso? En el ensayo no distingue entre el gesto y la obra, entre la teoría y la encarnación, misma que por necesidad la niega.

La revisión de los últimos movimientos adopta ya un tono de ciencia ficción y se abandona a la exposición descriptiva y acrítica de la manipulación argumental. Se confunde el tener algo que decir con el deseo de novedad y con la voluntad de estar de moda. ¿De veras se puede pensar que Wharhol es un gran retratista? El publicista sustituye al creador y el diseño a la artesanía. Para mí resulta más interesante revalorar el sentido del oficio, desdeñado, y la recuperación del aura del objeto único a partir de las reflexiones de Walter Benjamin. Si bien es una virtud llegar hasta lo último de lo último en la descripción de las búsquedas del arte, Juanes mismo siente la necesidad de expresar sus dudas sobre ese discurso. La crítica de lo moderno no se realiza y por lo tanto no se afirma lo contemporáneo sino lo que está de moda (e imponen, precisamente, los centros de dominio capitalistas o postcapitalistas, en donde la partícula post ya no designa sino un vacío).

Me parece que más que el asunto de la relación con el cuerpo, que lleva al arte posthumano, absurda contradicción que no tiene siquiera un guiño paradójico, y la utilización creativa de las prótesis, lo que es importante es la crítica de la velocidad, que lleva a la aceleración que inmoviliza, y reivindicar la demora: frente a la rapidez de la polaroid hipostasiada en la hoy práctica masiva de la selfie, hay que defender esa aparente quietud del retrato que en su condición no de inmovilidad sino de espera restaura la capacidad de mirar. Si el escritor, en palabras de Mallarmé, es el custodio de las palabras de la tribu, el pintor (sin sentido reduccionista alguno en el término) es el custodio de la mirada. Hay que releer El retrato de Dorian Grey.

En una tercera parte, esta sí diferenciada y colocada como segunda en el libro, “Los pensamientos del arte contemporáneo”, Juanes busca un poco cómo situarse en ese callejón sin salida con aspecto de laberinto conceptual. Regresa a los pensadores que ha tratado en otros libros. Y parte de la estética hegeliana, tronco casi obligatorio de toda reflexión desde y para el arte. La necesidad de diferenciar un pensar filosófico de un pensar desde el arte, necesidad imperativa, es sin embargo muy difícil de llevar a cabo, y como en el caso de la creación misma, depende de la práctica de cada cual y en cada momento. ¿Es la filosofía del arte inmanente a este último o se da de forma exterior a él? Ambas cosas ocurren, sin duda. Hegel, como parte de la gran transformación romántica, no puede evitar llevar agua (poética) a su molino (filosófico). La contrapartida la dará, desde la poesía, Höelderlin.

Antes, sin embargo, hay que señalar que Juanes, se ocupa poco, apenas hace mención de él, del mundo griego, y su herencia en el arte occidental. Es lógico, ya que el lapso que cubre es ya de por sí muy extenso. El asunto entre el arte que se piensa a sí mismo en una esfera diferente al de la filosofía, y la filosofía que piensa a través del arte se debe establecer un funcionamiento de cinta de Moebius, para evitar que la teoría del arte y el arte como teoría queden vacíos de contenido. La crítica suele ser reactiva y tradicionalmente aceptaba ese papel. Después de las vanguardias el crítico buscó tener un papel proactivo, impulso que en cierta manera nace también con Hegel y el romanticismo. Pero poner la reflexión delante de la obra, y no detrás como era tradicional, si bien resultó un hecho fascinante, hipnótico, también es cierto que impide ver –vivir– la obra. Cuando Juanes discute con quienes han pensado el arte y su sentido, su historia y desarrollo se mueve con soltura y hace exposiciones claras de asuntos complejos, hace los señalamientos críticos que considera pertinentes y permite volver sobre la parte de recorrido histórico para pensar cada quien su propio recorrido. Y a Juanes sus lectores le pedimos que haga algo similar sobre el arte mexicano, mismo que apenas toca.

La generación a la que pertenece nuestro autor es la del '68. Es un pensamiento que nace a la vez de la voluntad de vincular el pensamiento y el arte a la realidad en su sentido más extenso y amplio, la fuente marxista fundamental, y también el rechazo paulatino implícito en muchos de ellos de los dogmatismos propios de ese pensamiento. No tiene complejos y discute con el gran pensamiento sobre el arte, hay que agradecérselo, y eso se ve también en sus libros de mayor calado teórico.

 

1272
comentarios de blog provistos por Disqus