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La poesía con alas de Pedro Salinas

Como a la generación del Boom, la de Contemporáneos o la de los poetas beat en Estados Unidos, a la generación poética del '27 suele adjuntársele una crecida nómina de autores dóciles, sí y no, a los más módicos criterios de inclusión, y francamente a veces parece que una de las afinidades más recurrentes, la de haber nacido por los mismos años, faculta a que poéticas tan disímiles como la de Jorge Guillén y Miguel Hernández se vinculen a un mismo grupo sin otro enlace o afinidad que los que suelen conjeturar el capricho y la estolidez.

El espacio previsto para esta nota, que pretende subrayar la importancia de uno de los poetas mayores del grupo (y que nació antes que ninguno de ellos), no da de sí para establecer quiénes (y sobre todo, con base en qué clase de discernimiento) pertenecen a la generación poética española más importante del siglo pasado; sin embargo, sus nombres y su relevancia resultan de una familiaridad casi enfática: Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, los dos Alonsos (Amado y Dámaso) y los dos Pedros (Salinas y Garfias), más los que dicte el desparpajo, la dispendiosa contemporaneidad o la miopía de este recuento al vuelo.

El caso del poeta madrileño Pedro Salinas (1891-1951) es singular porque es quizá el polígrafo más pleno del grupo, lo que no obsta para que su obra en verso sea de una originalidad, una ligereza de trazo y una fisonomía muy peculiares, en absoluto contaminada (acaso, eso sí, alentada) por sus demás oficios literarios, que incluyen la narrativa, el teatro, la obra ensayística y hasta la edición y la traducción, renglón este donde siempre ha resultado más que visible su versión en español de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. La edición de sus Poesías completas, en 1975, recoge treinta años de producción lírica donde destacan Seguro azar (un título que, en su paradójico magnetismo, traduce –término afín al poeta, en más de un sentido– la intrincada precisión de sus poemas) y La voz a ti debida, el libro más conocido del autor.

Sin duda una de las notas características de su obra es que rapta y repta, arrebata y seduce el sentido de la realidad como si se tratara de la misma cosa. Sinuosa y aérea, el oficio de ofidio del poeta la reclama también a ras de tierra, por ejemplo cuando sugiere que dos hojas olvidadas por un otoño previo, venidas de no se sabe dónde “sobre los mares, sobre los records”, caben perfectamente en la vigente estación de los primeros soles, por lo que el poeta propone: “Furtivamente ponlas/ en la más descuidada rama/ de un árbol distraído./ Despacio,/ sin que lo advierta, sin que se entere/ esa por ti engañosa primavera/ de allí.”

Poesía de verso corto, punta de iceberg de una recreación que la alimenta escondiéndose, la de Pedro Salinas coquetea asimismo con la enumeración caótica y la súbita arbitrariedad del verso vanguardista: “Con las tiendas sin nadie/ se vendían paisajes,/ héroes, teorías,/ arpas.” La luna se hace día, y noche la claridad en sus versos de ascendencia magritteana. Pero lo realmente sorprendente es que, dado su ánimo etéreo, su inocente o incauta sencillez de poesía de rasgos puristas, dada la fresca provincianidad de ascendencia ramoniana (es sólo un decir, es difícil que Salinas haya abrevado en López Velarde) de algunos de sus libros, el poeta hospede en el mismo texto ideas y cosméticos como si se tratara de la naturaleza objetualizándose al influjo del amor: “Ser/ la materia que te gusta,/ que tocas todos los días/ y que ves ya sin mirar/ a tu alrededor, las cosas/ –collar, frasco, seda antigua–/ que cuando tú echas de menos/ preguntas: “¡Ay!, ¿dónde está?”

El mundo habitual, sorprendido en su día a día, no pierde la fisonomía de la subjetividad que, antes y después, parece estar en el centro de la práctica poética de todos los tiempos. Por muy asido que se presente el texto a una recreación íntima del instante o a una pulverización de sus contenidos en aras de aducir otras realidades, la poesía de Salinas casi siempre pacta, rapta y repta hacia el lector, apelando al olvido natural de ciertas imágenes de la infancia, ciertos momentos de abstracción que se abren paso, como pausas amables, en el tráfago y ajetreo de los tiempos veloces: “Recordar el olvido,/ aunque no tenga rostro, nombre, cuerpo,/ es casi no olvidar lo que se olvida.”

Queda claro que la retórica del '27, y la de Pedro Salinas en particular, no es la que prevalece en la poesía actual y aun puede decirse que libros como los del autor de Largo lamento con sus rotundos endecasílabos, con la forma de romance que a veces adoptan, con esa casi invisible asonancia que percute en algunos de sus poemas, nada tienen que ver con la ingravidez de la holipoesía actual, los performances, la fonética histriónica de los recitales slam. La metafísica de Salinas, tan afincada en la realidad inmediata que casi no parece producto espiritual, tan absorbida por realidades intuidas por el poeta que casi no parece de este mundo, tan contradictoria, puede resultar hoy retórica o romántica. Pero su “mundo tembloroso”, como lo llama Jorge Guillén (quizá el poeta per se de la Generación del '27) es uno en el que siempre hay una pregunta no resuelta tan bien planteada que el poeta se olvida que debe decir algo, responder algo, pues el amor de la mujer amada se resuelve casi siempre en una mirada inescrutable: “el color de tus ojos es de sino”, reza el endecasílabo final de “Dueña de ti misma”, uno de los grandes poemas de este poeta de vuelos múltiples y como disueltos en el agua del sueño.

 

 

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