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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

 

2012-2018, la danza de dos mil millones

 

Debió ocurrir este 21 de abril, sin embargo lo importante es la moraleja porque la fecha, al igual que los protagonistas, es intrascendencia pura. Aunque por cuestión de estilo se ordenen diferente, la historia comienza con estos insultos:

–A esos funcionarios mediocres que van y vienen no los recordarán ni sus nietos. [Son] pequeños administradores con debilidad mental, emocional y política. [Actúan] presionados por un sindicato y tienen mucho resentimiento mal encausado. [Cometieron] un acto inadmisible, ofensivo y oprobioso, a la altura de su pequeñez, simbolizan el desmantelamiento de varias instituciones de la República a las que desprecian, ignoran o no saben dirigir.

Los chillidos corresponden a un ciudadano que se enteró de un supuesto agravio cometido contra su difunto padre. El hecho, según quien lo atestigüe, resulta conmovedor, banal, chusco o ridículo. Pero el protagonista lleva doble apellido y, oyoyoy, tiene título nobiliario. Para peor, el personaje paterno supuestamente agraviado supo granjearse en vida los méritos y las simpatías de todo burócrata empedernido que caravanea con sombrero ajeno. Ahora bien, ¿qué hace la autoridad concernida si todo esto, pataleta incluida, lo publica un periódico agregando la cuña de los consabidos abajo firmantes? ¿Guarda comprensivo silencio y manda a los berrinchudos al carajo por lo intrascendente e infundado del hecho? No. Al contrario. Con prisa de bombero esa autoridad injustamente denostada y humillada da explicaciones y promete resarcir en 15 días el presumible desaire. Hasta aquí la historia. La otra mitad de este artículo francamente sale sobrando. Ah, pero la necesito para la moraleja.

Vean cómo no soy rencoroso. El 2 de abril solicité información a las instancias gubernamentales responsables de la transparencia, para sustentar las reflexiones que dediqué aquí al desmantelamiento y la corrupción de las instituciones culturales en México. ¿Leyeron mis lectores esa información? ¿No? Yo tampoco porque me contestaron el 2 de mayo, puntualmente un mes después, con cifras que a continuación redondeo y expongo.

En 2012 el instrumento financiero del organismo federal de cultura, Fonca, recibió 562 millones y pico. En 2013, 423 millones. En 2014, casi 442 millones. En 2015, 528 millones y medio. En 2016, 590 millones. En 2017, 597 millones. Y en 2018, 519 millones y medio. De esto sólo se dio a los artistas 154 millones en 2012, 165 millones en 2013, 238 millones en 2014. En 2015 lo mismo que en 2014. 215 millones en 2016. 208 millones y medio en 2017 y casi 219 millones en 2018, en forma de “becas, apoyos y estímulos”. Así mismo, para “operación y logística… considerando el pago a “jurados y tutores” se destinaron casi 10 millones en 2016, 4 millones en 2017 y 3 millones y medio en 2018 (omitieron cifras de 2012 a 2015).

Tomo de ejemplo el presupuesto ejercido en 2016, el más simple –no el más abultado. De un presupuesto total de 590 millones el gasto comprometido fue de 215 más 10 (es decir de 225 millones). Restando 225 a 590 tenemos 365 millones, que sumados a las operaciones correspondientes a los otros años suma 2 mil millones de pesos. Y como el informe dice que el “máximo órgano rector del Fonca” (sic) es la Comisión de Supervisión, pregunto: ¿quiénes formaron esa comisión entre 2012 y 2018? Y, en caso de haber sido algo más que tapaderas, ¿cuándo, cómo, en qué y para qué decidieron gastar 365 millones, de a millón por día, tan sólo en 2016?

Moraleja: para que la alta burocracia te atienda con oportunidad hay de dos. Una, ser de los suyos, es decir pariente, amigo, conocido o recomendado. La otra es que a juicio del burócrata seas, como él, un caca grande –disculpen el tecnicismo. Si no perteneces a esta casta, ármate de paciencia, no esperes nada, toma con un grano de sal la necesidad o el karma que te condujo a requerir el servicio, susurra tu solicitud al oído indicado o de plano recurre al periodicazo.

 

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