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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Palabras abiertas para Javier Valdez

 

Escribo estas líneas el miércoles 15 de mayo de 2019, es decir, justamente cuando se cumplen dos años desde que, a balazos, quisieron obligarte al silencio. Es preciso decirlo sin eufemismos ni atenuantes: convencidos de que sólo quitándote la vida podrían quitarte la palabra, aquel día te asesinaron a sangre fría, a plena luz del día, enfrente de todos y seguros de que saldrían impunes. (Da mucha rabia y provoca una enorme impotencia reconocer que, en esto último, la impunidad, aún siguen saliéndose con la suya, esperemos que no por mucho tiempo más.)

Te mataron porque les estorbaba, les entorpecía, les molestaba –profundamente– tu trabajo periodístico, tu profesionalismo, tu persistencia para denunciar su barbarie, sus negocios turbios y sus métodos inhumanos, sus nexos inconfesables y su infinita indiferencia respecto del derecho a la vida y la dignidad; todo eso en lo que consiste parte esencial de tu trabajo, al que debe acudir cualquiera que tenga verdaderas intenciones de comprender a fondo la situación, causas y consecuencias incluidas, en la que nos han sumido al menos los últimos dieciocho años de nefasta colusión entre dos tipos de delincuencia, de la que tanto nos está costando y nos costará salir.

Pienso en los libros que publicaste, todos indispensables pero, por la razón que de inmediato quiero explicarte, sobre todo recuerdo en este momento dos: Los morros del narco: historias reales de niños y jóvenes en el narcotráfico mexicano, y Huérfanos del narco: los olvidados de la guerra del narcotráfico. Crudos, duros, estremecedores, ni más ni menos que como la realidad a la que aluden, escritos con esa capacidad tan tuya de abordar temas y hechos escabrosos desde una perspectiva a un tiempo objetiva, cercanísima e indignada, de inmediato vinieron a mi memoria cuando veía una película que, estoy totalmente seguro, te habría gustado mucho ver, titulada Cómprame un revólver.

Te preguntarás por qué, y me explico: la escribió, produjo y dirigió Julio Hernández Cordón –es ya su séptimo largometraje–, un cineasta nacido en Guatemala pero avencindado en México desde hace años, con quien también estoy seguro de que te habrías llevado estupendamente porque hay algo en lo que son muy parecidos: a ninguno de los dos les tiembla la mano para escribir/filmar lo que les nace del alma, sin importar lo impopular del tema ni lo “políticamente incorrecto” que pudiera resultar el punto de vista que adoptan –sé que si vieras Las marimbas del infierno o Te prometo anarquía, por mencionar dos, estarías de acuerdo.

Si pudieras ver Cómprame un revólver probablemente pensarías que así debe lucir, imaginación o realidad, ese futuro asesinado del que hablas en tus libros. La película propone un tiempo por venir que se antoja muy próximo al presente, donde todo consiste en la mera prolongación de la lógica del horror que hoy nos apabulla: quienes mandan, y en términos absolutos, a lo largo del país entero, son la delincuencia organizada y los señores del narco; la sociedad entera vive bajo la más pura y dura ley de la selva, y el tesoro/presa/negocio más escaso y codiciado no es la cocaína ni cualquier otro psicotrópico, sino la mujer… dicho más precisamente, el cuerpo de mujer. Ya podrás imaginar ese Apocalipsis, tú que con tanta precisión lo has prefigurado en tus crónicas.

Para irse a fondo en la distopía, Julio decidió que la trama gire en torno a una niña que no rebasa los diez años de edad, a la que su padre –adicto, apocado, reducido a una servidumbre de la cual dependen su vida y la de ella– oculta, disfraza y trata de mantener literalmente encadenada, todo para impedir que caiga en manos de ellos. En la cinta suceden muchas más cosas, querido Javier, de las que no diré aquí nada porque esta es una carta abierta y, como periodista vas a comprenderme, no se trata de hurtarle a los lectores el privilegio de ver por ellos mismos de qué modo Cómprame un revólver es, en más de un sentido, un enorme acto de denuncia, como los que tú nos has legado.

 

 

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