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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Teatro para niños en Carretera 45

 

Martina y los hombres pájaro es un montaje con enorme carga de energía e imaginación escénica. No es la primera vez que esta obra de Mónica Hoth tiene una lectura brillante y conmovedora. Estructurado con una gran carga poética, su fuerza climática está en el sueño y en las imaginaciones que prefiguran un mundo onírico adulto, conformado en la escucha y los temores de quienes han crecido y en el cual convertirse en una persona mayor no ha traído consigo suficiente dicha: “Martina es una niña valiente que vive junto con su madre en un municipio de la periferia de Ciudad de México. Su padre ha migrado –como muchos– en busca de algo mejor para su familia, convirtiéndose así en un ‘hombre pájaro’. Después de un tiempo sin saber nada de él, Martina decide ir a buscarlo, pues sospecha que una bruja lo tiene atrapado en una jaula.”

Efectivamente, se echa andar toda una dinámica de gran solvencia onírica, sostenida en el texto y sus sugerencias, pero en la mayoría de los montajes se ha aceptado el reto de desbordar la imaginación en un pasaje en el que Martina tendrá que luchar con dos sujetos de apariencia agresiva y acosante: se trata de una especie de personificación de un pollero ensombrerado y un lobo, por supuesto de larga cola y orejas, que se las sabe todas y tiene las preguntas precisas para perfilar a una joven valiente y confiada que también se enfrenta a la bruja y termina en el pozo de una pesadilla de la que su madre la salva.

Tanto Martina como su madre comparten distintos niveles de espera aunque en una, la madre, haya una dosis de resignación y pasividad que contrastan con la rebeldía amorosa de Martina, quien no quiere cruzarse de brazos ni quedarse a esperar mientras se endeudan y se endeudan, seguras de que el padre y esposo regresará a saldarlas, lo cual sólo les garantiza una sobrevivencia penosa que, en el caso de Martina, tiene un componente de esperanza adicional, pues espera que su padre cumpla su promesa y regrese con la bicicleta que le prometió en la despedida.

Martina será uno de esos infantes felices de manera precaria pero que pudieron reconciliarse con su esperanza angustiada, en la vivencia de una madre que le dice a su hija que es de mujeres esperar, es de mujeres el silencio, es de mujeres la resignación, es de mujeres anticiparse al duelo, es de mujeres introducir esos valores en el corazón de sus hijas, en quienes la resistencia es la salida viable de un mundo petrificado por certezas esclavizantes –y espero que algún día anacrónicas.

Fascina el contacto con el público que son capaces de lograr la madre (Alhelí Abrego) y Martina (Odett Méndez), las actrices que me tocó ver, porque es una compañía que alterna su elenco hasta el 2 de junio, sábados y domingos a las 13 horas. Además de ellas, están en escena Sofía Beatriz López, Enrique Flores y Emiliano Yáñez.

Dirigido por Ricardo García Luna con sabiduría y sin grandilocuencia, este trabajo juega con la posibilidad de resignificar a sus personajes con una intensa interpretación y con la fijeza de una especie de marioneta no articulada, que acompaña al actor colocado detrás de la imagen tamaño “natural” del personaje representado.

Conmueven el profesionalismo y la voluntad de trabajar primero y cobrar después (aunque sea un mal endémico y no sólo de México, esa consideración marca a quienes viven del presupuesto y quienes se lo merecen y se ganan la credibilidad y el aprecio de quienes sí los valoran como una opción artística).

El dramaturgo y director, Enrique Olmos de Ita, me comenta gentilmente en un correo que el término “teatro infantil” ya entró francamente en desuso y que se utiliza “teatro para la infancia o para niños y jóvenes”. Suspicaz, recurro a Juana Inés Dehesa, quien hizo un postgrado en Estados Unidos que le permitió revisar una bibliografía enorme sobre el tema, y me dice: “el problema es si el receptor asume ‘infantil’ como poco complejo. Teatro para niños se ha vuelto un género: literatura infantil y juvenil, igual que children’s literature o chlit”.

García Luna dirige IngeniEscena que produce este montaje que tal vez convenga llamar teatro para niños y que ahora también sucede en Carretera 45. Está en nuestra mano la posibilidad de su continuidad.

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