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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Y no se hincan

No puedo con el calor. A pesar de que mi madre es yucateca el calor nunca me ha gustado, y en mayo menos, porque llueve poco. El sol sí me gusta. La primavera y el verano en esta ciudad tienen una luz muy hermosa y los días largos son tranquilizadores, amables. Pero el calor echa a perder todo, empezando por la fruta que uno compra en el mercado.

Los yucatecos, además, tienen un montón de recursos que nosotros no usamos: la siesta, la hamaca, el ventilador y como dicen ellos, “el clima” (o aire acondicionado). Además, se visten de forma diferente. A diferencia de los chilangos, no usan chamarra ni medias todos los días. La ubicuidad de sandalias y huaraches, tan escasos por acá, revela que los yucatecos poseen una sintonía más racional con su clima. Si le sumamos el ritmo acompasado de la vida que hay por allá, la cosa se pone mucho más agradable.

De la arquitectura, mejor ni digo nada. En Yucatán las casas, ricas o pobres, son frescas y hay muchas hermosísimas. Aquí, una casa fresca en verano y caliente en invierno es algo muy raro. La ciudad está infestada de construcciones nuevas, todas inadecuadas y caras.

La fatalidad quiso que yo fuera chilanga y es un destino que acepto sin reservas, aunque cada día haya más coches. La cdmx es mi país, más que los Estados Unidos Mexicanos: tiene el tamaño y la densidad poblacional de una nación pequeña, sus propios usos y costumbres, su propio y asfixiante clima. Escribo desde un pequeño departamento en la alcaldía de Coyoacán. Me arde la nariz y me duelen las anginas, pues el aire no sólo está caliente: está seco, lleno de ozono y flotan en él millones de partículas indescriptibles —caca de animales y de gente— que entran en los ojos y provocan la aparición de perrillas.

La noticia de los incendios cercanos me hace sentir extrañamente oprimida. La de los incendios lejanos y horribles me apabulla. Ayer, en la radio, escuché un breve reportaje sobre las cifras de emergencia que ha obtenido la ipbes (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Ecosistemas). Hay un millón, un millón de especies en peligro de extinción. Sinceramente, yo no quiero vivir en un planeta así, devastado, árido, caliente y sin fauna ni flora. La única fauna seremos los humanos, las cucarachas, las moscas y la flora estará constituida por eucaliptos y otras especies tan depredadoras como nosotros. En el mar sólo habrá algas microscópicas y los tiburones habrán desaparecido dentro de las barrigas de los gourmands chinos. Ah, los chinos y su incontrolable voracidad por el consumo de animales en peligro de extinción. Su ingente producción de contaminantes. Su desenfrenada demografía. Los japoneses, escasos pero aficionados a la carne de delfín y de ballena. Caray. Mejor no le sigo por aquí: es una vereda llena de disgustos.

Sólo en 2019 las temperaturas inéditas, los incendios forestales, las tormentas que han arrasado la India, el huracán Michel en Panamá, Wutip en Asia, los millones de damnificados en África, son la evidencia de que el planeta está cambiando y los científicos, de forma unánime, han dictaminado que la causa son acciones humanas.

Lo que podamos hacer de forma individual es inaplazable. Conozco a muchas personas —casi todas mujeres— que toman las medidas que están a nuestro alcance: usan los menos plásticos posibles: reciclan; cuidan en agua como beduinas y las más temerarias andan en bici, actividad muy riesgosa en esta ciudad.

Pero quienes pueden hacer más son los gobiernos y las trasnacionales. Campañas educativas: urge una nueva perspectiva de lo que significa la sobrepoblación en un planeta donde los recursos se acaban; acercar los métodos anticonceptivos a las personas y por caridad, amar un poco menos el propio ADN y más al prójimo que ya está en el

mundo.

Creo que en México, éste tema debe tener más presencia en la agenda política. O nos llevará la tempestad.

 

 

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