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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

 

El maravilloso Fortún

 

 

Parecería el nombre de un mago o prestidigitador, pero en realidad Fortún fue el seudónimo utilizado por Francisco Zarco para firmar algunos de sus escritos periodísticos. Zarco es una especie de “Santo Patrono” de los periodistas, no obstante sospecho que muy pocos conocen su obra y se reducen a repetir lo que de él se ha dicho desde el siglo XIX. Tal vez, algunos reporteros, redactores y articulistas, deseosos de averiguar el motivo de su fama, se aproximaron y leyeron algunas páginas de la, para muchos, su obra magna: Historia del Congreso Constituyente de 1857. Seguramente se asombraron de la increíble capacidad de Zarco para la ahora llamada crónica parlamentaria.

Sin embargo, su pluma se deslizó por variadísimos senderos, a cuál más rico, y siempre con fortuna. Así, encontramos artículos, ensayos, crónicas (no sólo parlamentarias, también de costumbres y “tipos” —sus “tipos” son muy diferentes a los de Los mexicanos pintados por sí mismos, en la que colaboraron varios autores de la época—, casi siempre con un tinte sardónico producto de una capacidad agudísima de observación). La perspectiva siempre es la del liberal de cepa, preocupado por el destino de México y los mexicanos, y puntualizo que en este “mexicanos” están comprendidas fundamentalmente las “mexicanas”. Comenzó a incursionar en el periodismo a los veinte años de edad, en 1849; y poco antes de morir pensaba ordenar y publicar sus obras más importantes en cinco volúmenes (1. Ensayos morales y descriptivos, 2. Ensayos biográficos, 3. Artículos de costumbres, 4. Crítica y 5. Artículos políticos y ensayos polémicos), proyecto que no pudo consumar, pero más de cien años después, Boris Rosen Jélomer compiló sus obras completas, que sumaron veintidós volúmenes y fueron publicados por la fundación del ingeniero Jorge l. Tamayo.

Pero desde 1844, cuando apenas contaba catorce años, comenzó a desempeñarse como traductor de inglés y francés en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Sus inicios fueron prematuros en el ámbito político, y lo hizo con tanta eficacia y brillantez que sólo tres años después (1847), durante la intervención estadunidense, fue nombrado Oficial Mayor Interino del Ministerio de Relaciones Exteriores, y la junta de gobernadores lo nombró su secretario. (Es bastante conocida la anécdota de cuando en una de esas reuniones, encabezada por Melchor Ocampo, para averiguar su disposición para colaborar con la defensa del país, el gobernador de Querétaro expresó que no tenían más que un cañón viejo, y Melchor Ocampo dijo: “Anote, señor Zarco, que Querétaro contribuye con la carabina de Ambrosio.”)

En 1850 se inicia como periodista en El Demócrata, firmando como Fortún; después firmaría con su nombre o la inicial del mismo (F). En esa etapa, como Fortún, quizá escribió los textos más irónicos, agudos, atrevidos, mordaces, dirían algunos, pero al mismo tiempo los más libres. Su crítica no se queda en la superficie, es a fondo, producto de su enorme capacidad de observación y análisis. Por si fuera poco, a eso se suma la eficacia y tersura de su prosa, de una calidad expositiva sorprendente y equilibrada, pues para nada se siente inflada ni pretenciosa. Esto es en general una característica de los escritos de Zarco.

Por otra parte, de su inteligencia y escrupulosa y amplia formación dan cuenta sus maravillosos ensayos de crítica, como el discurso que pronunció cuando tomó la presidencia del Liceo Hidalgo, que integraban los más destacados literatos mexicanos de la época: Discurso sobre el objeto de la literatura, al que yo sumaría su texto “El Poeta” y “La misión de la crítica literaria”, por mencionar algunos.

Sus estampas costumbristas son maravillosas, pero como dijera Guillermo Prieto en una ceremonia luctuosa celebrada en el Liceo Hidalgo (murió a los cuarenta años), no le atraían las costumbres populares, sino los vicios de la alta sociedad y la de medio pelo, porque “no sentía estremecido su quicio con el columpiar del castor de una china ni había tomado gusto por el sabor picaresco de un verso de jarabe...” Con todo, sus escritos son espléndidos.

 

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