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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Pues lo que será, será

A mi Toño

¿Por dónde comenzar esta carta, Doris? Te lo pregunto con ese dejo avergonzado que inevitablemente genera el hecho de pensar en alguien hasta que muere o, más vergonzoso pero mejor dicho, precisamente porque ese alguien acaba de morir. Me sucedió contigo hace dos semanas, cuando la neumonía te arrebató del mundo –aunque yo diría que fue la edad sencillamente, pues a los 97 años no cabe confiar en el organismo propio. Confieso que tu imagen y tu voz no han sido un referente al que acuda con frecuencia mi memoria, ni ahora ni antes, ya no digamos en calidad de crítico cinematográfico sino de espectador y cinéfilo común.

Quizá sería bueno comenzar por ese olvido relativo. No lo digo en mi descargo, pero lo comparto con mi generación entera, para no hablar de las generaciones posteriores, a las cuales tu nombre no les dice nada, o casi. Me explico: sea por gusto, profesión o azar, conozco tu filmografía; no completa, es la verdad, pero de tus poco menos de cuarenta cintas recuerdo bien y gratamente tu primera, Romance en altamar; la que te hizo famosa desde entonces, Té para dos, y si apelo a mi recuerdo sin asideros documentales vienen a mi mente Lullaby of Broadway, Te veré en mis sueños, Abril en París, Ámame o déjame, y no podría faltar El hombre que sabía demasiado, que es con mucho el que considero tu mejor trabajo.

Imagino que sonríes con ironía, tal vez dando por hecho que prefiero esa película sobre las otras debido a que es en ella donde cantas “Qué será, será”. Sé que nunca te gustó y fue por disciplina profesional que la interpretaste –no te imagino contradiciendo y menos desobedeciendo a Mr. Hitchcock. Quién iba a decir que esa tonadilla simple y optimista con letra ídem acabaría convertida en tu involuntario leitmotiv y te perseguiría para siempre, incluso al grado de que, desde ese momento, hasta la fecha y en lo que resta, sea que quienes la escuchen te identifiquen como intérprete o lo ignoren todo de ti, la canción es universalmente conocida.

Pero te soy sincero, Doris, no es por la canción sino porque, según lo veo, El hombre que sabía demasiado se aparta notablemente del espíritu, ése sí optimista hasta rayar repetidas ocasiones en lo bobalicón, que marca prácticamente a toda tu trayectoria fílmica. Para decirlo sin ambages: lo que más te celebraron, lo que te confirió nivel de icono, ese carácter tuyo de emblema generacional del amor ingenuo, la sonrisa inmediata y la alegría ininterrumpida –bueno, pausada pero nada más de vez en cuando y por instantes breves, lo estrictamente necesario para que la trama avance (cualquier trama) y la felicidad pueda triunfar–, todo ese arsenal histriónico que cimentó tu bien ganada fama… no es que me sepan lejanos, y a estas alturas vaya si lo son, sino que los sé huecos, y más: tú también lo sabes, innumerables veces quisiste desmarcarte de esa imagen plana de rubia-tonta-feliz, que de manera idéntica a la canción te persiguió mucho después de que te retiraste de los foros. Lo cual, por cierto, imagino que decidiste de manera tan prematura por causas totalmente distintas a las que proponen tus biógrafos; es decir, quizás es cierto que diste fin a tu carrera como actriz porque los tiempos, los temas y los tonos habían cambiado y tus papeles de güerita sonsa dejaron de ser atractivos, pero tengo para mí que no lo hiciste con frustración, como erróneamente suelen atribuirte, sino con verdadero alivio.

Es curioso pensarlo, y me atrevo a decirlo porque de seguro lo pensaste tú primero: polos opuestos en tantos aspectos, tú y Greta de alguna manera fueron idénticas, no sólo en la decisión de abandonar la práctica actoral cuando más célebres eran, sino en algo de mayor calado: ella fue el máximo símbolo de una época ida, previa a la tuya, y tú lo fuiste de la que te tocó en suerte. Hieratismo impertérrito y sonrisa imperturbable, juntas son algo así como la madre que a tantos hizo falta.

Gracias, Doris, por tu parte en el binomio.

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