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El Nezahualcóyotl de León-Portilla
'Nezahualcóyotl. Arquitecto, filósofo y poeta', Miguel León-Portilla, foem, México, 2018.
Por Marco Antonio Campos

En una edición artística, hecha por el gobierno del Estado de México, donde se entrevé la mano mágica de Félix Suárez, se publicó Nezahualcóyotl, de Miguel León-Portilla.

Con el bello estilo y el extraordinario conocimiento del mundo de los pueblos nahuas que lo caracteriza, León-Portilla logra no sólo un rescate de la vida del Tlatoani de Tezcoco, sino el contexto que le tocó vivir, con base en fuentes de primera mano: códices prehispánicos o códices antiguos copiados inmediatamente después de la conquista española (en la conquista los españoles los habían destruido casi todos: Xólotl, Tlotzin, Quinatzin, En Cruz y Tepechpan); las crónicas de Fray Diego Durán, Fray Juan de Torquemada, Fernando Alva Ixtlixóchitl, Juan Bautista Pomar, y las dos grandes colecciones de poemas antiguos escritos en lengua náhuatl, Cantares mexicanos y, con un título extraño, Romances de los señores de la Nueva España. Al final del libro están todos los poemas conocidos de Nezahualcóyotl, en versión bilingüe, incluso los que tienen una notoria mano de los misioneros españoles, pero, pese a todo, desde hace medio siglo no dejan de deslumbrarnos por su belleza o conmovernos con sus preguntas y conjeturas. Nosotros sentimos especialmente próximos los de tono elegíaco.

León-Portilla repasa la vida de Nezahualcóyotl desde 1418 a 1472, año de su fallecimiento: el asesinato artero de su padre, Ixtlixóchitl, en 1418, a manos de los tepanecas de Azcapozalco; sus sagaces fugas durante diez años a las calculadas trampas que le tienden Tezozómoc y Maztla, señores de Azcapozalco; la alianza con los mexicas y tlacopenses para derrotar a los tepanecas; el ascenso en 1431 como Gran Señor de Tezcoco; el inicio del dominio de mexicas, tezcocanos y tlacopenses, primero, sobre los pueblos del valle de Anáhuac y a lo largo de noventa años de gran parte de Mesoamérica; el engrandecimiento cultural y artístico de Tezcoco; la creación, como decía el cronista Juan Bautista Pomar, de “un gran aposento que era el archivo real de sus padres, en que estaban pintadas sus cosas antiguas”, es decir, los códices que narraban los hechos en pinturas preciosas; la funesta jugada de Nezahualcóyotl a Cuaucuahtzin, señor de Tepechpan –lo manda matar–, para casarse en 1540 con su prometida Azcaxóchitl; la feroz hambruna que azotó la región central en 1454; la muerte, a manos de mexicas y tlacopenses, por órdenes de Motecuhzoma Ilhuicamina y Totoquihuatzin, del hijo heredero de Nezahualcóyotl, Tetzauhpiltzin, bajo el supuesto de “que alardeaba de que era más poderoso que su padre” y que lo sufrió profundamente; el nacimiento de su hijo, Nezahualpilli, quien sería después el heredero del gran señorío; las construcciones de gran ingeniería: una, del dique, que contenía las inundaciones en la laguna e impedía las mezclas de las aguas dulce y salada, y la otra, del acueducto, que llevaba el agua potable de Chapultepec a México-Tenochtitlan y a Tezcoco; la zona arqueológica de Tetzcutzingo, obra de ingeniería hidráulica, y claro, los palacios de su ciudad…

Si el primer Motecuhzoma fue el gobernante que dio más gloria al imperio de los mexicas, Nezahualcóyotl representó, en el México antiguo, la figura prehispánica que correspondería en Europa, principalmente en Italia, al gran hombre renacentista. Una presencia magna como estadista, legislador, urbanista, arquitecto y el más alto poeta lírico, no sólo de lengua náhuatl, sino tal vez de cualquier civilización antigua americana. Si existieron otros poetas a su altura ya no nos llegaron en tal belleza y número sus composiciones. Motecuhzoma Ilhuacamina y Nezahualcóyotl eran primos. Como se sabe, hay un inolvidable canto que compuso para Motecuhzoma cuando estaba enfermo y viejo, y donde hay versos descriptivos sobre la laguna y M-T: “Donde están erguidas las columnas de jade,/ donde están ellas en fila,/ aquí en México,/ donde en las oscuras aguas/ se yerguen los blancos sauces,/ aquí te merecieron tus abuelos,/ aquel Huitzilíhuitl, aquel Acamapichtli./ ¡Por ellos llora, oh Motecuhzoma!/ Por ellos tú guardas su estera y su solio./ Él te ha visto con compasión,/ él se ha apiadado de ti, ¡oh Motecuhzoma!/ A tu cargo tienes la ciudad y el solio.”

Los libros de León-Portilla nos han acompañado desde hace muchos años y nos han sido bellamente útiles en nuestros cursos y clases en universidades extranjeras. Los tres tomos de la Poesía náhuatl, o más precisamente, de la colección de los Cantares mexicanos, que publicó la unam en 2011, y que hizo con la colaboración –estudios y traducciones– de Guadalupe Curiel Defossé, Ascensión Hernández de León-Portilla, Liborio Villagómez, Salvador Reyes Equiguas, Librado Silva Galeana y Francisco Morales Varanda, es una nueva versión admirable de los poemas que ya había traducido antes, y muestra para siempre que en el siglo XV y parte del XVI se concibió uno de los mejores conjuntos de poesía de Occidente, como en Europa lo hicieron los trovadores, los sicilianos y los poetas del Dolce Stil Nuovo, en los siglos XII, XIII y XIV en diversos países. Conjuntos de poemas, con su propio código lingüístico, que no se parecen a ningunos otros.

No hay palabras para decir todo lo que debemos a Miguel León-Portilla, orgullo universitario, orgullo de México, quien, como persona con nosotros –perdón la intromisión–, se comportó también con una nobleza de caballero.

 

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