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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

 

El club de Groucho

 

Todos conocemos la frase de Groucho Marx: “Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como miembro a alguien como yo.” Se sabe que la dijo cuando solicitó la membresía en un club con su nombre verdadero: Julius Henry Marx. No fue aceptado. Supongo yo que el apellido, por judío y, bueno, marxista, espantó a los prejuiciosos directivos, a quienes imagino con la facha de Trump y sus derivados. Luego, cuando en el club supieron quién era en realidad Julius Henry, abrieron sus puertas de par en par, pero Groucho ya no quiso entrar.

Ignoro si fue miembro de alguna asociación. En mi opinión Groucho podría haber sido el rey del universo. Todos los clubes le quedaban chicos. El mundo entero era su club.

La frase dichosa es uno de mis lemas. Jamás he podido pertenecer a club alguno: no doy el ancho, ni el angosto, ni la altura. No me siento cómoda en ningún colectivo. Claro que soy una inadaptada, pero el asumirlo puede tener sus ventajas. Me obliga a asumir mis decisiones.

Traigo esto a colación porque he estado intrigada por noticias recientes: la primera, la mención de Emiliano Salinas Occelli como miembro de la secta NXIVM, una asociación que promovía cursos de crecimiento personal y que era, en realidad, una secta que despojaba a sus miembros de todo, hasta la dignidad. El líder, Keith Raniere, tenía “derecho”, entre otras cosas, a ordenar que a sus socias les tatuaran sus iniciales en la cadera con un cautín mientras ellas repetían algo así como “Maestro, es un honor, por favor”, etcétera. Hay que decir que Emiliano Salinas no hizo nada parecido y que la prensa estadunidense reporta que, al escuchar los rumores sobre Vanguard, el título que Raniere exigía para sí, el cautín y todo lo demás, Salinas se separó de NXIVM.

La otra noticia que me llamó la atención fue el escándalo que se suscitó debido a un homenaje que se pretendía hacer al líder de la secta La luz del mundo, Naasón Joaquín García, en el Palacio de Bellas Artes. En mi opinión, si se quiere saber de qué va esta secta, sólo hay que mirar sus templos: los edificios más extraños que he visto en la vida y eso que siempre he radicado en CDMX, lugar donde hay castillos normandos, torres forradas de azulejo y cúpulas rusas, todo en la misma colonia.

Esta secta, originaria de Jalisco, surgió por un sueño en que Dios le comunicó al fundador que debía iluminar al mundo. El líder anterior al señor García, el del homenaje, fue Samuel Joaquín Flores, quien murió en 2014 y estaba seguro de ser el ángel de Apocalipsis. Si cualquier individuo, incluyendo a Groucho, manifestara cerca de mí que es el ángel de Apocalipsis, yo saldría corriendo y no pararía hasta que se me deshicieran los zapatos. No diré lo que opino de la reacción del gobierno, tanto de la CDMX como del país. Me dejó tan pasmada como quedo ante las iglesias de La luz del mundo.

Las sectas pueden ser muy peligrosas, sobre todo aquellas en las que se exige obediencia, trabajos forzados y la donación obligatoria de dinero y tiempo. Suele pasar que, también, se incluye en el servicio la sujeción sexual. En Estados Unidos son una auténtica plaga y hay muchísimas que ofrecen vida eterna, felicidad, poder y dinero. Nada de esto es posible, pero siguen sumándose miembros reclutados, sobre todo, entre jóvenes y personas de pocos recursos (aunque NXIVM esclavizaba personas ricas). Incluso hay psicólogos especializados en “desprogramar” a quienes deciden y logran salirse.

Este año se cumplen veinticinco del desastre de Waco, Texas, donde murieron David Koresh –quien se creía Dios–, varios miembros de su secta y cuatro agentes de la FBI.

¿Qué es lo que impulsa a una persona a deponer su vida y dejarla en manos de otro? No tengo idea. Si me apuran, lo mismo que nos apremia a formar parte de algo: religión, partido político, porra del fut. Y creo que no hay necesidad de hacerlo: ya somos parte de algo, nos guste o no. La humanidad, hombre.

 

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