Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Esos 30 segundos…

 

Si la gente cambia de canción antes de que se cumplan los primeros treinta segundos, entonces no se les pagan regalías a sus autores. ¿Lo sabía nuestra lectora, nuestro lector? Digamos que está usted escuchando una composición y decide brincar a otro tema sin cumplir medio minuto. Hecho eso, el artista al que ponía su atención no recibirá los miserables 0.00397 centavos de dólar que –en Spotify– supone el click de una reproducción. Hablamos de la forma de consumo digital que impera en nuestros días rigiendo un mercado que crece monstruosamente.

¿Le parece exagerado el adjetivo? ¿Sabe cuántas canciones se agregan diariamente sólo a la mentada Spotify, compañía sueca que acapara casi la mitad del mercado global? Alrededor de 40 mil. Sí, leyó bien: 40 mil piezas cada 24 horas. Imagine la diferencia con los años ochenta –pico de una industria impulsada por los videoclips–, cuando la producción llegaba a unos pocos cientos de discos al mes. Con ese contenido alimentando estaciones de radio y televisión, el dinero giraba alrededor de pocos nombres que parecían asequibles, alcanzables. Hoy la élite, en cambio, se halla en la punta de una pirámide inmensurable, fatal para el balance calidad-exposición.

Piense en los millones de “artistas” que en este momento configuran sus obras para cumplir con los estándares de esas plataformas. Entretenedores forzando a que las canciones lleguen a su estribillo o coro antes de treinta segundos; quitando introducciones, preludios y preparaciones otrora útiles para la construcción de narrativas sólidas. ¿Se imagina “Stairway to Heaven” sin el comienzo guitarrístico de Jimmy Page? ¿Se imagina “El Aleph”, de Borges sin las páginas anteriores al sótano de Carlos Argentino Daneri?

Lo que hoy nos mueve para hablar del tema es que fuimos invitados a participar en un panel de ISPA (International Society for the Performing Arts), por primera vez integrado a la Feria de la Música para Profesionales de Guadalajara. Allí dialogamos con algunos expertos –los menos– en quienes crecen preocupaciones que compartimos: ¿en qué punto se debe separar el entretenimiento del arte? ¿Cuál es la responsabilidad social, moral y estética de los involucrados en el negocio musical? ¿Cuál el compromiso de las distribuidoras y sellos digitales cuyas herramientas de medición y algoritmos dejan todo el riesgo a los músicos? ¿Cómo involucrar a los gobiernos para fomentar y promover la movilidad artística?

Pensamos ahora en lo que dijo el venezolano Carlos Chirinos –director del Laboratorio de Música y Cambio Social en la Universidad de Nueva York– durante una brillante conferencia: “Spotify no es una compañía de distribución musical sino de distribución de sonido.” En el momento en que dijo eso, muchas cosas cobraron sentido. ¡Claro! El acueducto deja pasar agua limpia lo mismo que mierda. Ganará la que deje más ganancia a sus dueños. Allí lo que beberemos. Porque una cosa es estudiar el mecanismo y otra su contenido. Una cosa es legislar sobre delitos urgentes, objetivos; otra sobre tragedias lentas, subjetivas.

Gente como él avanza en el reto de problemas profundos –verbigracia: el sida en África– y analiza las posibilidades de transformación conductual a partir de la música. “Una cosa es que la gente comprenda sus problemas y otra que cambie su comportamiento”, nos dijo en una conversación posterior. Doctores y campañas políticas pueden describir el uso y beneficios del condón, pero la mayoría sigue sin usarlo. A través de la música, empero, es posible sembrar y fomentar nuevos procedimientos sociales. Para ello es imprescindible un cambio de prioridades que provenga desde líderes como, precisamente, los artistas. Algo que no ocurrirá si están preocupados por sobrevivir a esos primeros treinta segundos de música.

“Primero el fruto. Luego el supermercado.” Tal fue el título de nuestra ponencia. Allí decíamos: “La belleza es el mejor de los negocios”. ¿Por qué entonces no vamos tras ella? Porque ralentiza el negocio del sonido, mucho más redituable que el de la música. Para revertirlo impulsemos la calidad nacida en la educación. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

comentarios de blog provistos por Disqus