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Camille Paglia, una intelectual subversiva e incómoda

Mi tipo de feminismo callejero exige tácticas de guerrilla agresivas, velocidad, subterfugio y sorpresa…

Camille Paglia

 

Camille Paglia se convirtió en celebridad mediática cuando increpó públicamente a Susan Sontag, refiriéndose a ella como una “traidora” que renegaba de sus brillantes inicios como estudiosa de la cultura pop y el feminismo, para transformarse en “una teórica aburrida y políticamente correcta”. Los pleitos ideológicos entre ellas, azuzados por una todavía joven Camille que en, en su época universitaria, creó un culto en torno a aquella a quien ahora denostaba, y una Susan que afirmaba no conocer a su detractora –pese a haber coincidido con ella en más de una ocasión–, hasta que la fama, buena o mala de Camille, obligó a la autora de Contra la interpretación a reconocerla con un comentario que pretendió ser insultante: “Camille debería unirse a una banda de rock.”

Ruda contra Técnica; Camille –obvio, “la Ruda– consigna su experiencia sontagniana en una apasionante crónica mezcla de erudición y cotilleo, “Sontag, bloody Sontag”, recrea a una joven escritora –la propia Camille– cegada por el brillo que le otorga atacar sistemáticamente al icono del feminismo estadunidense, hasta despertar la atención de su odiada-admirada. “Yo soy la Sontag de los noventa”, proclamó en algún programa sensacionalista… y esto repercutió negativamente en su reputación, pues el público pasó por alto
su extraordinaria obra ensayística, crítica y periodística para ubicarla como “la rival de Susan”, o peor, “la hermanita rebelde de Susan”. Incluso el
look de Camille era una versión “vamp” del de Susan y su hermosa cara lavada, con un relámpago destacando en su melena oscura.

No puede decirse, sin embargo, que Camille estuviera exclusivamente obsesionada por Susan: ha arremetido también, y con particular saña, contra los teóricos franceses Jacques Lacan, Jacques Derrida y Michael Foucault, quienes, afirma, tienen una visión muy limitada de la sexualidad. Lo plausible es que no se queda en la crítica: demuestra sin tapujos hasta qué punto la subjetividad les ha impedido ver más allá de lo vivido y experimentado. Lesbiana declarada en la década de los cincuenta (ahora se define “neutra”), señala que no se lleva bien con otras lesbianas y que su vida romántica ha transcurrido, básicamente, entre mujeres bisexuales o heterosexuales. Su mejor amiga es una transexual de nombre Glennda Orgasm, con quien participó en un polémico cortometraje titulado Glennda y Camille van al Centro, en el que mantienen una franca charla sobre sexualidad mientras caminan por la Sexta Avenida de Nueva York. Afirma, no obstante, que quienes le han dado la mejor educación académica y sentimental de su vida son los varones homosexuales; “civilizaron mi brusquedad de marimacho.”

 

Camille contra las nuevas prisiones de la libertad

Camille Anna Paglia nació en Endicott, Nueva York, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, católicos practicantes, el 2 de abril de 1947. Parece haber sido una niña feliz, pese a los traumas que le produjeron las imágenes religiosas, dignas representantes del arte gore. Lo único que conservó de su catolicismo fue una devoción, más literaria que religiosa, por Santa Teresa de Jesús. Camille es la más aventajada alumna de Harold Bloom, quien no niega que la admira y está de acuerdo en casi todo con ella. Además, como bien señala Jesús Palacios en el prólogo a la edición española de Vamps and tramps, en una época en la que nunca había sido más fácil ser bueno, se agradece la intervención de una mujer “mala” como Camille. Cuando ahonda en temáticas sensibles, hace quedar a las más enconadas feministas como trémulas princesitas: “Lo que las feministas llaman patriarcado es simplemente civilización, un sistema abstracto diseñado por los hombres, pero ampliado por las mujeres [las cursivas son mías], que ahora son copropietarias”.

Si bien hubiera podido evitar que sus discrepancias con la Sontag trascendieran a Saturday Night Live, son tantos los méritos atribuibles a Camille como a su –llamémosle así– rival ideológica. Es, además, una feminista militante que, sin embargo, critica acremente las corrientes feministas que,
a decir suyo, han frenado la fructificación de obras de calidad artísticas surgidas de este movimiento… y ha sido una académica antiacademicista que ha puesto el dedo en los llamados Estudios de Género, contra los que otra Camille ha esgrimido argumentos que para nada me atrevo a refutar: ¿Por qué los llamados “Estudios de Género” excluyen de sus programas a varones que han escrito sobre el mundo femenino, algunos de manera tan abundante, incluso emancipadora como
d. h.. Lawrence? ¿Por qué al mismo tiempo que las feministas defienden a capa y espada la plena posesión de las mujeres sobre su cuerpo, repudian cualquier manifestación de erotismo al margen de lo “políticamente correcto” decretado por ellas? En su más reciente libro, que reúne sus conferencias, Feminismo pasado y presente (Turner Minor, 2017), amplía su propuesta sobre una actualización urgente de los estudios de género, creados en los años setenta e inalterables desde entonces:

 

Todavía no se ha hecho un análisis serio de la institucionalización de la política de género ni de sus efectos sobre el feminismo […] los primeros profesores de estudios de la mujer venían de departamento de literatura, por lo que la ciencia quedaba excluida. Pero sin una base biológica elemental [no se] puede abordar la maraña de naturaleza y cultura que generan las diferencias sexuales humanas.

 

Las pobres feministas, parece decir Camille, se liberaron de los púlpitos y los ensotanados, para terminar subyugadas a una horda de mujeres obsesionadas con borrar la pornografía de la faz de la tierra. Están absolutamente convencidas de que las mujeres “normales” no pueden disfrutar prácticas tan “humillantes” como las expuestas
en el cine porno. “La libertad crea nuevas prisiones”, escribe Camille en un ensayo dedicado al marqués de Sade. Una de las preocupaciones de las feministas es lograr la censura de la pornografía heterosexual —la gay les importa un comino porque echa por la borda sus sesudas teorías respecto a la cosificación de las mujeres— y la censura, reflexiona Camille, más allá de representar un retroceso, induce conductas criminales: “Se ha producido una alianza increíble entre las feministas, las escuelas católicas y la extrema derecha.” Señala concretamente a las feministas antiporno a ultranza, Catherine MacKinnon y Andrea Dworkin, a quienes burlonamente se refiere como “Thelma y Louise”:

 

Mac Kinnon […] es una puritana del siglo xx cuya educación parece sacada directamente de Hawthorne […] (A Dworkin) La llamo La Chica del Resfriado Eterno […] la niña lloriqueante, torpe y mofletuda del campamento de verano que siempre está derramando la leche.

 

La (subversiva) persona sexual
de Camille

Ningún libro sobre estudios de género aporta e ilumina tanto como Sexual personae, acaso porque a Camille le importa un comino herir la sensibilidad de algún purista cuando afirma, por ejemplo, que el muy masculino Lord Byron es un escritor hermafrodita (“metrosexual”, dirían ahora) … o que la sacrosanta Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas, se identificaba con su salvaje héroe, Heathcliffe, y no con Catherine Earnshaw. De una vez por todas, Camille le arranca a esta obra maestra la etiqueta de Novela Rosa, y expone el monumental temperamento de la dulce Hermanita Brontë, sin que ello signifique que haya sido lesbiana.

El género, el sexo, la orientación sexual, no necesariamente tienen injerencia en una escritura. Se puede ser un homosexual como Shakespeare y escribir obras de una masculinidad arrebatadora, del mismo modo que un homosexual como Óscar Wilde puede ostentar una exquisita escritura asimismo homosexual. Del Marqués de Sade, por ejemplo, muchos podrían decir que es misógino, pero Camille discrepa por completo: “Sade y [William] Blake otorgan a las mujeres la libertad sexual de los hombres. Pero, aunque respeta a sus grandes libertinas, Sade detesta a las mujeres procreadoras […]” Camille estira los clichés al máximo. Asume que nada es absoluto, que no puede serlo… que se vale, como en el caso de Sade, manifestarse antiroussiano al extremo. “El niño santo” de Rosseau sería definitivamente anulado por el infante agresivo y ególatra de Freud quien, entre otras cosas, descubrió que los niños nacían sexuados. Ni tan en broma, agrega Camille, las feministas ortodoxas son “roussonianas”.

Los conceptos de “masculinidad” y “feminidad”, tan mal comprendidos, tan mal estudiados y –peor aún– tan socorridos por una Sociedad cuya misión es frenar a la Naturaleza a la que percibe como “el Caos”, son profundamente estudiados por Camille en Sexual personae, y concluye lo que algunos intuíamos: que nada tiene que ver un comportamiento con la conducta o la orientación erótica; ni siquiera con el género. Refiriéndose a Goethe, realiza una aseveración que escandalizará a muchos: “Para apelar a la transexualidad, el arte ha de ser bisexual en su origen.”

Una mujer inteligente continúa siendo tildada de “masculina”, pero Camille lleva este concepto al paroxismo. Se regodea en cada uno de los célebres —o no tanto— personajes literarios que se han travestido, mujeres en su gran mayoría, y realiza una exacta diferenciación entre transexualidad, sublimación, camuflaje, aunque se equivoca cuando aborda a Madame Bovary, quien, en efecto, usaba corbata y accesorios masculinos, pero no por alguna oscura tendencia sexual, sino por ser la moda de la época (mismo error en que incurre Vargas Llosa en su ensayo La orgía perpetua) La vestimenta masculina otorgaba poder a algunas mujeres reacias a la debilidad; mujeres que combatían la vulnerabilidad que suponían propia de su sexo y creían poder cambiarlo a través de un performance , que sin embargo se enamoraban fatalmente de varones, como las heroínas de Shakespeare; otras, definitivamente, necesitaban reafirmarse en tanto varones: eran casos de transexualidad, mientras que ciertos varones, como el don Juan de Byron, no tenían remilgos en tomar ropas femeninas para acceder a lugares restringidos a su sexo –el serrallo, por ejemplo–, no con otra finalidad que la de disfrutar el espectáculo o, de plano, emboscar a las féminas con su masculinidad y aprovechar la confusión. Don Juan goza al convertirse en juguete sexual de la jefa del serrallo, pero sin deshacerse de los ropajes femeninos

 

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