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Los amantes asesinos de Émile Zola

Thérèse, sobrina de la viuda Raquin, desde la infancia ha vivido con ella y su primo, el enfermizo y sobreprotegido Camille. La tía decide casarlos y el matrimonio no trae alegría a Thérèse: toda la vida ha padecido las enfermedades de él, incluso compartiendo los tratamientos médicos. La tía compra una mercería en París y la vida es tediosa al extremo, hasta que conoce al amigo de Camille, el tosco Laurent. Se hace amante de ella, viven la lujuria extrema y comprenden que el marido les estorba. Puestos de acuerdo, van a pasear al río Sena, donde Laurent lo arroja al agua. Encontrado el cadáver, después de unos años, los amantes se casan. Es entonces cuando el infierno llega para todos.

A más de 150 años de su primera publicación, la novela es impactante. Abundante en descripciones físicas, con ella Zola buscó innovar la literatura naturalista al presentar los tipos delincuenciales. Laurent es todo músculo, con un metabolismo pausado: su fortaleza física lo lleva a la vagancia y a comprender la vida como un placer que debe tomarse de todas las formas posibles. Thérèse, prendada de él con tan sólo verle el cuello de toro, por el contrario, es un ser contenido: tras años de ser obligada a callar y obedecer, sus nervios están tan tensos que, cuando apenas es tocada por el abusivo Laurent, estalla en una pasión catártica. Décadas de sufrimiento reprimido se evaporan en el desenfreno.

Las descripciones fisiológicas aclaran la intención del autor: más allá de cualquier teoría delincuencial, los criminales deben tener ciertas características físicas para poder matar. El difícil asesinato los trastorna corporalmente. Además de la mordida dejada por Camille en el cuello de Laurent antes de perderse en las aguas turbulentas del Sena, él cambia de ser un torpe vago fortachón a un nudo de nervios incapaz de tener tranquilidad, ni siquiera cuando consigue la anhelada manutención de su esposa. Para aparentar, decide retomar la pintura que intentara en su juventud “con la esperanza de que fuera un oficio de vagos”. Por el asesinato, su sensibilidad artística ha cambiado: un ser nervioso, femenil, dice Zola, percibe distinto el mundo. Su amigo pintor se sorprende ante la fuerza de los bocetos de Laurent. Habiendo salvado sin problemas la investigación policial, parecería estar ante una vida artística exitosa, pero se da cuenta de que todas las pinturas son del rostro del Camille que viera en asquerosa descomposición en el forense. Deja los pinceles, asqueado de esa presencia ominosa e ineludible.

Zola retoma el gusto por la muerte de esa sociedad parisina que concurre a la Morgue como a un entretenimiento, apreciable por gratuito y por reunir espectadores de todos los estratos sociales, a pesar del espectáculo de los cuerpos en espantosa descomposición, según el tipo de muerte. Incluso, Laurent ve el cadáver de una joven con pechos provocativos “con una suerte de medroso deseo”.

La fuerza de Thérèse Raquin radica en la comprensión artística del fenómeno delincuencial y la lograda descripción de los amantes asesinos. Las necesidades fisiológicas de cada fenotipo humano buscarán salida a toda costa, incluso en el crimen. A la falta de escrúpulos, Zola antepone al animal hambriento de placer. Pero no se trata de una novela moralina; no quiere impresionar al lector, como harían los poetas deseosos del escándalo: Zola impacta por confrontar al individuo de fisiología hedonista con una sociedad incapaz de controlar la composición muscular, nerviosa o sanguínea de sus ciudadanos. No hay orden que se pueda imponer a estos seres, en quienes mandan los instintos animales.

En la noche de bodas advierten con horror que Camille nunca los abandonará. Ni siquiera meses después, cuando infructuosamente intentan besarse y tener relaciones sexuales. No es la culpa ética lo que les veda la paz. Su condena llega con los cuerpos modificados por la adrenalina, la tensión, la contención de actuar frente a la tía y amigos un dolor inexistente. Aún peor, la tía queda paralítica, muda y a merced de los casados. Su dolor también la ha cambiado, anulándola por fuera, pero con la mente lúcida. En una de muchas discusiones, y dando por hecho que la tía jamás podrá hablar, los esposos confiesan el asesinato. Día a día le cuentan detalles a la sufrida tía. Ni siquiera esta crueldad estremecedora elude la descripción física. Es imposible escapar a la magnífica pluma de Zola cuando aceptamos que podríamos ser uno de esos seres dominados por una fisiología ajena al control moral o social. El esperable desenlace se debe al cansancio físico, a la incapacidad de tolerar otro día con el cuerpo a punto del colapso.

Escrita por un Émile Zola en plenitud, Thérèse Raquin es una eficaz novela “científica” que recuerda a los criminalistas contemporáneos que las teorías sociales o genéticas de lo delincuencial no se alejan de la apreciación artística l

 

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