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Lydia Davi o el doble arte de la traducción y la creación literarias

Si bien es autora de una novela, titulada El fin de la historia, publicada en 2014, Lydia Davis se caracteriza por la escritura de relatos cortos. De acuerdo con el narrador y crítico español José María Guelbenzu, “Davis no es blanda ni se ahorra dureza o crueldad a la hora de mostrar la vida mediocre, pero busca en ella esa última dignidad del dolor, de la frustración, del deseo, de la ternura, de la supervivencia”. Este año se cumple una década de la aparición del volumen The Collected Stories of Lydia Davis –traducido al español como Cuentos completos de Lydia Davis.

 

¿Consideras que escribir cuentos se trata de practicar el arte del silencio?

—Sí, hasta cierto punto, porque cuando conversas con un amigo, puedes decir el doble o el triple de lo que realmente necesitas, lo cual está bien, así es como hablas, pero cuando escribes algo debes ser muy económico. Es muy importante la economía, lo cual es cierto incluso para una novela muy larga, como una novela de Proust. Es larga, pero es económica en el sentido de que no dice más de lo que tiene que decir. Además, los lectores han dicho que en mis relatos más cortos –que son sólo de una o dos líneas– continúan la historia y la idea en los márgenes. Hay mucho espacio en blanco alrededor de los cuentos. Así que creo que es importante.

 

En el relato “Cuestiones gramaticales” exploras a los padres muertos a través de preguntas del lenguaje, e incluyes violencia y muerte. ¿Cómo relacionas la muerte con la literatura?

—Creo que la muerte es algo difícil de encarar y de enfrentar, especialmente en Estados Unidos. Podría ser un poco diferente en México, quizás un poco más una parte de la vida. Pero es muy problemático en Estados Unidos en todos los aspectos, así que creo que llevarlo a la literatura es importante. No tomé la decisión de escribir sobre la muerte, simplemente escribo sobre lo que me emociona y conmueve, así que no creo haber escrito mucho sobre la muerte antes de que murieran miembros de mi propia familia. Es algo que siempre tuve presente, por supuesto. Otro cuento, “La paciente”, pertenece a un período muy temprano; es como una fábula y también un estudio del personaje, del joven médico. Por desgracia, la violencia es todavía una parte de nuestras vidas y de nuestra cultura.

 

—“El centro del cuento” se trata sobre escribir. ¿Por qué elegiste el tema, como en otros textos?

—En ese caso, originalmente no iba a tratarse sobre escribir, se trataba realmente de lo que sucede en la historia, el huracán que llega y todo lo demás en la historia que trato de recordar porque había una especie de historia coincidente que escribí después de ésa, llamada “Lo interesante”, y era una historia similar, en la que algo sucede en el relato, pero también se trata de escribir la historia. Así que con “El centro del cuento” tuve problemas para escribirla, tal como lo acabo de describir. La solución al problema es escribir una metahistoria que describa los problemas que tengo con el cuento y en el transcurso de describir el problema, también contaré la historia.

 

En “El paseo” escribiste sobre traducción y crítica literaria. ¿Cómo las vinculas?

—Sí, en su mayoría he traducido del francés, pero también del holandés y del alemán, y un poco del español y del portugués. Pero la gente siempre dice que la traducción es una forma de crítica literaria o una forma de interpretación, y yo aún tengo problemas con esa idea, porque en el caso de una obra muy buena como la de Proust o la de Flaubert me gusta traducir de manera muy cercana al original. Algunos traductores leerán una oración en el original y pensarán en ella. Qué significa en realidad, cuál es el significado más amplio y más profundo, qué estaba tratando de decir. No me gusta hacer eso, y muchas veces no es necesario. Quiero decir que si Proust está diciendo: “Caminamos ese día y el sol brillaba”, realmente no tienes que averiguar cuál es el significado más profundo. Y si existe un significado más profundo, como si tal vez el sol brilla sólo en una parte de la novela y el clima es tormentoso en otra, y eso tiene un significado, será revelado si eres muy fiel al original. Así que no estoy segura de cuándo un traductor está interpretando demasiado. Siento que sólo habito la voz del autor original y hablo.

 

Tus muchas fortalezas narrativas tienen que ver con la precisión y la atención minuciosa al relato lingüístico, con la creación de espacios verbales. ¿Cómo creas esos espacios verbales?

—Es muy instintivo. Comienzo con una oración o una idea, o incluso un momento, como pasear por la mañana y sonreírle a alguien, algo muy breve. Entonces sé de inmediato, la mayor parte del tiempo, qué tan largo quiero hacer el cuento. Tal vez quiero que sea sólo un momento, sólo un vistazo, o quiero que se convierta en un párrafo, o quiero que se convierta en un relato más largo. A veces me equivoco y me doy cuenta de que cuando comienzo a escribir el texto se vuelve más y más largo. Por ejemplo, el cuento “Kafka prepara la cena” debía ser muy corto, de dos páginas. Los problemas a los que Kafka se habría enfrentado para preparar la cena, pero entonces creció y creció. Descubrí un lenguaje hermoso; la mayor parte de la versión en inglés proviene de una traducción de las cartas a Milena, entonces se relaciona totalmente con el lenguaje de Kafka, así que creció y creció. Entonces, cada longitud crea un efecto muy diferente y también disfruto ese aspecto, que haya variaciones.

 

¿Cómo distingues la gran cantidad de cuentos intensos reunidos en un solo volumen: The Collected Stories of Lydia Davis, traducido al español como Cuentos completos de Lydia Davis? Es el trabajo de toda una vida.

—Y gracias a Dios hay más trabajo después de eso. Así que es toda una vida y luego la vida continúa. De hecho, durante mucho tiempo mi editor sugirió hacerlo, publicar un libro de cuentos recopilados. Lo llamamos “recopilados” en lugar de “completos”, porque no estarán completos hasta que yo muera, y tal vez ni siquiera entonces. Me resistí a la sugerencia; tenían una idea de marketing de que cuando reúnes estos relatos y presentas un libro grande, la gente presta más atención y tienen razón. Pero no quería hacerlo, porque en mi experiencia anterior, no recopilas el trabajo de un escritor hasta que ya es demasiado viejo para escribir o cuando ha fallecido. Así que no me gustó la sensación de hacerlo, pero ahora lo acepto. Además mantuvimos los libros en el mismo orden y no dejamos nada fuera. No me gustó que se perdiera la integridad de los volúmenes individuales, me gusta la idea de que un volumen es un volumen, no me gustó aglomerarlos. Pero ahí está, hoy me encanta el libro físico. También lo hicieron muy bien en español. Está muy bien diseñado. Lo disfruto ahora que ya no me opongo a él.

 

Volviendo a Proust, tradujiste Por el camino de Swann y también tradujiste Madame Bovary, de Gustave Flaubert. ¿Cómo fue el proceso de traducir a Proust en comparación con Flaubert?

—Proust fue primero. He traducido toda mi vida, pero con Proust fue la primera vez que realmente me tomé todo el tiempo necesario para estudiar cada oración, buscar palabras, sus etimologías y en verdad me sumergí profundamente en él. Fue muy agradable y me tomó dos o tres años. Entonces juré que nunca volvería a traducir libros completos del francés, ese fue el punto culminante. Pero luego me pidieron traducir Madame Bovary y acepté. Nunca me gustó esa historia, no la disfruté cuando la leí de joven, pero la idea de traducir otra obra maestra era demasiado tentadora. Su estilo es muy diferente, no hice la misma inmersión profunda que hice con Proust, pero nuevamente me tomé mi tiempo y lo hice con cuidado. Disfruté a este personaje completamente diferente. Siempre me siento muy cercana a los buenos autores que traduzco, no necesariamente a los malos, pero sentí que Proust era un hombre muy generoso y amable, un hombre con muchos problemas, neurótico, pero espléndido. Flaubert era más espinoso, más difícil y más mezquino, más despectivo. Pero me encantó la forma en que escribía y era muy diferente de Proust, mucho más recortado, usaba mucho más el punto y coma. Proust no usaba mucho el punto y coma. Pero también fue muy agradable.

 

Samuel Beckett es uno de tus autores predilectos. ¿Qué destacas de su obra?

–Estudié con más atención sus primeros años y sus primeros libros, sus primeras novelas y también sus textos más cortos, pero no leí todo lo que él escribió. Creo que lo destacable era su precisión, fue una de las cosas más importantes para mí. La forma en que usaba el lenguaje, el inglés, nunca por reflejo. Siempre estuvo muy atento a cada palabra. Era evidente porque usaba cada palabra de una manera inusual. Y su obra está bellamente construida. También se destaca el humor en Beckett. Además está su sencillez, franqueza y accesibilidad.

 

Recuerdo un pasaje que subrayé en El final de la historia, tu novela: “Éste parecía ser el final de la historia, y también fue por un momento el final de la novela: la taza de té amargo tenía algo de definitivo. Luego, aunque seguía siendo el final de la historia, lo puse al principio de la novela, como si necesitara contar primero el final antes de contar el resto.”

–Me alegra que lo recuerdes. El libro es una novela, propiamente, pero es una novela muy enfocada. Su origen es que el tema era demasiado largo para un cuento, así que tiene sus limitaciones, pero definitivamente es una novela l

 

Traducción de Álvaro García.

 

 

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