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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Segunda llamada, segunda

 

Para Tanya Huntington

 

Soy una señora menopáusica. Me temo que este hecho me ubica en un segmento de la población considerado poco digno de confianza debido a la propensión a padecer ataques de nervios. A los ataques dichosos, que hasta la fecha no he padecido, se suman agravios relacionados con la declinación de las hormonas: huesos frágiles, menos pelo, patas de gallo y canas. La memoria comienza a semejar un cofre cerrado cuya llave se pierde a cada rato. Los músculos dicen NO de forma enfática. NO voy a correr alrededor de los Viveros sin cobrártela con intereses, NO voy a darte chance de hacer lagartijas, aunque quieras. Te van a temblar los brazos y las muñecas te van a quedar hechas polvo.

La pasión por el chocolate se convirtió en algo que debo gobernar. Mi madre decía: un minuto en la boca, unas horas en la panza, toda la vida en la nalga. Hay que escoger entre metérselo en la boca y tenerlo ahí un intervalo más bien breve o guardarlo en la bolsa trasera del pantalón, porque es en esa zona donde va a terminar per saecula saeculorum y prestemos atención a las tres últimas sílabas de esta formulación.

Quizás el síntoma más molesto son los bochornos. Suceden porque el termostato del cuerpo se hace bolas: el hipotálamo, responsable de la regulación de la temperatura, debido a la disminución de estrógeno, decide que el cuerpo está sufriendo una temperatura bajísima y envía señales de alarma al sistema nervioso: hay que subir la temperatura, ordena. Y una suda. También indica a las suprarrenales que urge soltar adrenalina. Al corazón, que bombee la sangre a mayor velocidad y bueno, la cosa es que una siente que se está abanicando con un comal dentro de un sauna.

La adrenalina suscita un pavor brevísimo e intenso. Esto, si ocurre mientras la persona está dormida, provoca reacciones insospechadas. En mi caso, la primera vez que sucedió, me levanté de la cama y corrí a donde estaba mi marido viendo la tele. Convertida en la Gorgona, con los pelos erizados y la piyama húmeda, le declaré que padecía una enfermedad horrible, de ésas que hacen que sudes de noche. Me miró pacientemente y me dijo: “Quizás es la menopausia.” Lo amé.

Pero este artículo no es para quejarme de la menopausia, sino para hablar de su mayor ventaja. Ahora sí me resulta claro que la sociedad ignora cómo vivir dentro y con el cuerpo femenino, cómo tratarlo: codiciado, venerado y a veces violentado en la juventud, el resto de lo exclusivamente femenino es tabú. La menstruación empavorece de tal forma a ciertos grupos humanos que alejan a las mujeres y las aíslan mientras eso sucede. Aun hoy hay reportes de chicas que mueren pasto de las fieras en India encerradas en unas chozas construidas para marginarlas. Nunca pude hablar o escribir sobre el asunto. Por el tabú.

El parto pasó de ser asunto femenino a asunto mixto, con una parturienta de un lado y un ginecólogo del otro, y sigue siendo una cuestión discutida: que si natural, que si con partera, programado, Lamaze, psicoprofilático, etcétera. Los dos lados esgrimen argumentos llenos de implicaciones morales y de salud. Lo mismo con la lactancia. Si es pública o privada, si se hacen los bancos de leche o no, todo se discute con vigor, hasta con rabia, pero cambiamos poco. Una mujer le dio el pecho a su hijo durante una mesa redonda y fue objeto de controversia durante meses.

Y la menopausia: la ridiculizada. Pues tengo que decir que este cambio, que avisa que ya no somos jóvenes, le imprime un tono más urgente a la vida. Es la segunda llamada. La tercera es la vejez y en la cuarta nos subimos al escenario más misterioso de todos.

A mí me ha dejado claro que debo decir lo que me parece importante. Que no me debo callar porque “calladita me veo más bonita”. No hay crema que valga. Mejor me olvido de esas burradas y me fijo en lo que de verdad importa. Haz lo que tengas que hacer, me susurra: se te está yendo la vida, mujer.

 

 

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