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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Horacio Quiroga, el escritor oculto

 

Si en alguna reunión, social o familiar, se me ocurriera pronunciar el nombre de Horacio Quiroga, uno o dos segundos después escucharía, estoy cierto: "El de ‘La gallina degollada’", o tal vez, también, "El del ‘Almohadón de plumas’, ¿no?" La asociación es casi inmediata, ambos son relatos impresionantes, intensos, cargados de dramatismo, trepidantes. Sin embargo, no son los mejores que escribió este autor uruguayo, quien con frecuencia es menospreciado, acusado de efectista, o tachado, con dejo peyorativo, de modernista decadente y ya caduco, esgrimiendo como prueba de cargo su Manual del perfecto cuentista. Julio Cortázar apunta que se quedaría sólo con uno de sus consejos; otros autores descalifican los diez y Silvina Bullrich (novelista argentina que a mediados del siglo XX fue bestseller en su país), en su Carta a un joven cuentista cuestiona puntualmente cada uno y apunta que son ingenuos, pero más adelante se desdice y lo duda, pues escribe: "la obra y la vida de Quiroga nada tienen de candorosas, son recias y brutalmente humanas. Como lo es su muerte y lo son las muertes que jalonan su paso por la tierra..."

Esta escritora se refiere a que la vida de Horacio fue una ristra de tragedias y sinsabores: cuando tenía apenas un año, a su padre se le dispara una escopeta y muere, frente a su esposa, que tenía en brazos al pequeño Horacio, quien se le cae, se golpea la cabeza y se conmociona. Se supone que a consecuencia de esa caída fue un niño de reacciones lentas.

Años después, la madre contrae matrimonio de nuevo, el padrastro de Quiroga se suicida. Amores tormentosos en su juventud; en 1902 al disparársele accidentalmente una pistola mata a Federico Ferrando, su mejor amigo y compañero de andanzas literarias. Recorre en una expedición de estudios las misiones jesuitas del norte argentino, a su regreso da clases y casa con una de sus alumnas; como había comprado tierras en Misiones, se traslada a ellas con su esposa, fracasa como productor de carbón y en la destilación de jugo de naranja para licores. Nace su hija Eglé y cuatro años después se suicida su esposa, en 1915.

En 1927 de nuevo contrae matrimonio con una amiga de Eglé, veintinueve años menor que él. Viven en Misiones, tiene una hija con su nueva compañera y ella lo abandona llevándose a la criatura. Años duros, difíciles para Quiroga, que aquejado por el cáncer termina suicidándose en 1937. Esta es una síntesis exagerada, que obvia penurias profesionales, literarias y amorosas.

El hecho es que nada de eso se reproduce en sus narraciones. Como bien señala un estudioso de su obra, el texto que parece representar más su accidentada vida y los infortunios de la misma es "A la deriva", texto breve que fluye con la liquidez de las aguas por las que transcurren los momentos más intensos y a la vez "más tranquilos" del cuento. Se logra, por contraste formal de la acción (valga el rebuzno), el desgarramiento afectivo, la intensidad dramática que desemboca en lo trágico de manera natural, nada efectista.

Yo añadiría al cuento anterior, por su intensidad similar y profundidad, "El hombre muerto". "El desierto", "El hijo"... En ninguno de estos relatos encontramos situaciones que puedan parangonarse con la vida de Quiroga, es decir, con la muerte de su padre, su padrastro, su amigo y su esposa, y los conflictos emocionales por los que debió atravesar en esos casos y otros más, menos trágicos pero no menos desgraciados. Tampoco en su correspondencia y diarios hay huellas de tales tragedias. No obstante, es en los cuentos donde se puede rastrear al autor que calla la realidad pero plasma la emotividad. Y, por si fuera poco, su malicia narrativa es tan aguda que concentra en un solo personaje toda la "acción" del cuento (excepto en "El hijo"), cerrando de esa manera la posibilidad de que la intensidad dramática se diluya.

Quiroga es un autor que no permite que se le vean las orejas de lobo, que se oculta y consigue desgarrar al lector.

 

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