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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Sinfonía del placer

Aún no sabemos lo que vamos a tocar ni lo que vamos a decir. Si aceptamos la invitación de inmediato fue porque Verónica Maza es de las que reverberan generosamente frente al acto ajeno; porque no íbamos a defraudarla ahora que lanza su nuevo libro (Sinfonía del placer, lo que nos enseña la música en el sexo y viceversa), una investigación para la cual fuimos sujetos a consulta junto a otros colegas y a cuya presentación en sociedad hemos sido invitados.

Ello ocurrirá/ocurrió el miércoles 19 de junio, después de que escribiéramos estas líneas pero antes de que fueran publicadas. O sea que una parte de nosotros duda sobre el repertorio que abordará y la otra —la de este su domingo, lectora, lector– sonríe o se lamenta por lo ocurrido. En cualquier caso, estamos seguros, no hay arrepentimiento y sí el gusto por compartir escenario con una periodista seria, abocada a la educación sexual pero que también escribe sobre otras pasiones que colman su vida, sobre todo la música y los viajes.

Sí. Sea en periódicos, revistas, televisión o conferencias, Verónica provoca y dialoga con inteligencia subrayando el valor del goce como faro en la noche humana. Es así que su sinfonía se divide en tres senderos. Los dos primeros van en paralelo mientras el tercero es cópula franca. A lo largo de todos, empero, su tránsito se ve robustecido con la experiencia de creadores vivos que suman voces a la de quienes dejaron huellas perennes (de la prehistoria a la Ilustración). Siendo más claros, la primera parte sobrevuela religiones, descubrimientos, estaciones, mediciones y estéticas culturales. La segunda se interna en los procesos cerebrales, matemáticos y químicos compartidos entre la sexualidad y el arte sonoro. La tercera es una conclusión integrada por dos conversaciones y un epílogo. Así, revisando la entrevista que nos hizo, rescatamos hoy algunas ideas interesantes.

Sea para tocar un instrumento musical o un cuerpo ajeno, valdrán la entrega y la vulnerabilidad; el abandono de la mente en pos del tacto informado por algo de sabiduría, sentimientos, creencias y carencias. Esto tiene que ver con la construcción lenta de un placer más que con el “orgasmo” final. Es la edificación, la recreación de una tesis que se desea compartir. Cuando se logra –por ratos, pues nunca es permanente– entonces llega el clímax.

Con respecto a la mejor música para acompañar al sexo, hay demasiados clichés. Algunos prefieren la partitura de los cuerpos tañéndose el uno al otro. Ello no niega la exaltación erótica que promueven ciertos discos de electrónica, clásico, jazz o blues. Por el otro lado, no importa el tipo de música que toque un instrumentista: una de las cinco audiencias que enfrenta será, precisamente, la audiencia sexual. Esto es, la del sexo –o sexos– de su preferencia. Negarla es contradecir la parte animal de quien pisa el tinglado en un acto de masturbación exhibicionista. Al final esa sexualidad musical no tiene que ver con géneros o estilos sino con una confianza producto de la aceptación individual.

Sexo y música son manifestaciones que ayudan a la felicidad humana. Su maridaje es incuestionable. Hay ritmo en el primero y excitación en la segunda. El cine ha dado grandes ejemplos. Allí están los bailes de Jessica Alba, Demi Moore, Jennifer Beals o Salma Hayek en escenas icónicas del celuloide... Desafortunadamente muchas de estas imágenes perpetúan a la mujer como objeto de entretenimiento al servicio de los hombres. Algo tan innegable como la belleza que exhiben.

Pero bueno, la diferencia entre eso y la vulgaridad de tantas producciones y videoclips actuales radica, precisamente, en que hay un guión y una historia que contar. La buena música y el buen sexo cumplen esa curva narrativa. Tal vez sea por ello que uno de los más interesantes binomios música/sexo sea el de la danza contemporánea. En fin. Dejemos que suenen los placeres. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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