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Nueve años sin Monsiváis (microcrónica de un velorio)
Por Luis Tovar

Sucedió hace nueve años: era de noche y el patio central del Museo de la Ciudad de México, sobre la avenida Pino Suárez a unas cuantas calles del Zócalo, iba llenándose de dolientes. Había de todo: músicos, escritores, pintores, periodistas, activistas de todo tipo… pero también, sobre todo y por decirlo con una expresión popular, había gente de a pie que desde temprano se había enterado de la noticia y decidió ir al funeral. Y de nuevo hubo de todo, pero con mayúscula: vendedores, comerciantes, taxistas, estudiantes, empleados y desempleados...; hubo también quienes iban pasando y, al enterarse de a quién se velaba dentro, decidieron quedarse. Muy pronto, aquello era idéntico a una verdadera romería, y para cualquiera era claro que así estaba bien, porque a quien esa vez le había tocado representar el papel de Cleto el Fufuy –ya sabe usted, el que “todo el equipo al morir entregó”, como bien describiera Chava Flores, ilustrísimo predecesor del Finado– le chocaba cualquier tipo de solemnidad.

En ésas estábamos, casi que tertuleando –y de nuevo resuena en la memoria letra y tonada chavafloreseanas, por aquello de que “se encontraba ya reunida la familia”–, cuando llegó una corona funeraria. No era la primera sino la enésima, pero esta otra definitivamente no era bienvenida: la cinta morada que la atravesaba de lado a lado decía “Presidencia de la República”. Nomás eso faltaba, que el inefable personaje a la sazón titular de dicha entidad, descrito por uno de sus copartícipes de entonces como “un pelón, chaparrito, de lentes”, quisiera hacerse presente vía una mugre corona funeraria mandada comprar y enviar por mero trámite.

Quiso el azar que Jaime Avilés y este juntapalabras estuvieran cerca de la puerta del museo justamente cuando la infame corona hizo su arribo, y no tuvimos que pensarlo ni tres segundos: había que tirarla, romperla, chamuscarla… a todo lo cual procedimos de manera expedita y, todo hay que decirlo, jubilosa.

Después, Horacio Franco tañó su flauta. Después, hubo las infaltables guardias de honor junto al féretro. Después, minutos interminables de aplausos. Y después vino todo lo que suele venir después.

 

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