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La intensidad de la poesía en la prosa
"Monólogos". Francisco Torres Córdova, Cuadernos del Armadillo en el Taller Martín Pescador, Tacámbaro, 2018.
Por Juan Domingo Argüelles

La obra poética de Francisco Torres Córdova (Ciudad de México, 1956) es breve y concentrada. Inició en 1981 con el libro La ranura del ojo, publicado en la colección Poemas y Ensayos de la UNAM, dirigida entonces por Juan García Ponce. En este libro inaugural, Torres Córdova ya armoniza, en sus páginas, la prosa poética y el verso libre; alterna ambas formas y demuestra que la poesía lo es no necesariamente por su forma, sino por su intención y su intensidad lírica.

Es poesía todo aquello que sólo puede leerse como poesía, como lenguaje concentrado, como esencia de la palabra. En esa concentración del idioma se cifra aquello que sólo es posible decir acendradamente, como en este ejemplo de aquel libro inaugural: “He seguido paso a paso las ranuras en mi memoria, y he visto crecer en un reflejo suyo la brillantez de mi pupila; y entre ellas, al eco dar dimensión a la palabra.”

Justamente, la dimensión de la palabra y su diafanidad es lo que distingue a la poesía de otras formas de escritura. En 1994, Francisco Torres Córdova publicó, en España, La flauta en el desierto (Verbum, Madrid), un esbelto poemario en el que alterna, otra vez, el poema en prosa y la composición en verso; en 2006 nos entregó Así la voz (México, Conaculta, Práctica Mortal), donde el verso y la prosa poética conviven, y en 2013 el poema de largo aliento Berenice (UAM/La Cabra Ediciones/La Jornada Ediciones), en cuyos versos concentrados, y cifrados, hay una historia real y mágica de la poesía, y lo poético, cuyo misterio anticipa el autor en un pórtico de ceñida prosa en clave.

Ahora, a esta obra poética de cuidadosa manufactura y diafanidad, se suma el volumen Monólogos (Cuadernos del Armadillo en el Taller Martín Pescador, 2018), en una hermosa edición artesanal que hace justicia al contenido: ocho intensos poemas en prosa publicados originalmente en estas páginas de La Jornada Semanal, y ahora recuperados con un sentido de integridad que nos regala una lectura en la cual cada monólogo está anclado a los otros por un sentido de evocación, para ofrecernos miradas sobre la realidad, amarga o dulce, angustiosa o celebratoria, pero realidad al fin que sólo es capaz de revelar, en su más íntimo significado, la palabra poética.

Si toda poesía es revelación y recuperación de la memoria, cada monólogo de Francisco Torres Córdova nos invita a compartir su mirada más entrañable. No es casual que en su libro ensayístico La alcoba y el prado (una lúcida lectura sobre la obra de Ramón López Velarde), Torres Córdova principie con estas palabras: “Toda lectura de un poema o de un libro de poemas es, esencialmente, ejercer una mirada. El que escribe imagina, sueña, ve un mundo que quiere mostrar; el que lee manifiesta su deseo de mirar; es, en principio, un testigo. Sin embargo, un libro es algo que ocurre ante el lector y con el lector. La soledad del que habla, su alegría, su miedo, su estupor, hablan en mí, son míos.”

Esto es lo que sucede cuando leemos los Monólogos. Cada uno de ellos reclama nuestra mirada para hacernos partícipes de una emoción, una imagen, un sentido, un deseo, un gozo o un dolor. El poema, hecho de palabras que representan emociones y reflexiones, ensoñaciones y realidades, es una forma de convocar, un tamtam que es llamado primitivo de incesante aliento desde los orígenes del tiempo. Lo sabe el poeta, y con ese tamtam (el son del corazón, diría el vate inmortal), con esa música de las palabras, logra la sinfonía de la harina que se hace hogaza, por magia de las manos y del amor, “como si nada”. Y luego está la edad de oro: los ojos deslumbrados de la infancia que contemplan el patio y miran la lluvia desde el resguardo de la casa en el abrazo materno. De esto está hecha la poesía: de instantes, como relámpagos, inolvidables; ésos que marcan la vida del poeta futuro.

Un instante, también, es el prodigio de la belleza que asoma, de vez en cuando en este mundo, para que no olvidemos que no todo está perdido: esa como “ráfaga intensa” e “indescifrable” que, en un parpadeo, ya no está sino en la memoria. “Silencio nuevo” es un poema notable de un testigo del mundo que podría repetir las palabras célebres de Luis Rius: “No se puede vivir como si la belleza no existiera.”

Dos plegarias, que son también dos monólogos, hacen que pasemos del amor y del deslumbramiento al dolor, la soledad y el abandono: la “Plegaria del indigente” (“mis harapos ondean la sospecha; alientan el asco”) y la “Plegaria del refugiado” (“soy una multitud varada, una nación sin geografía”): poemas sentidos y asumidos, como dijera Susan Sontag, “ante el dolor de los demás” que se vuelve dolor de uno mismo, como dolor propio es el que asume el poeta en “Su muchacho”, un poema que hiere, que lastima, en lo más profundo de la conciencia, cuando una madre piensa en su hijo, en su muchacho que, junto con otros 42, no aparece, y noche tras noche hila su angustia hasta quedarse sin palabras. Mirar el dolor sin condolerse es no mirar, es no sentir esta desgracia que nos incluye a todos.

Al final, en los Monólogos de Francisco Torres Córdova, las “Preguntas ociosas” se ocupan del amor íntimo (“palabras privadas que se dicen en público”, de acuerdo con T.S. Eliot): “¿De qué ausencia pulida y rutinaria me trajo a esta parte suya que me ocupa?” “¿Será tal vez por gracia de ese tiempo de pronto distraído que al fin hay otras horas sin horario, pausas a salvo del rigor de sombras, arena o manecillas, el infinito caracol de una escalera con sólo un íntimo peldaño?”

La poesía de Francisco Torres Córdova alcanza su madurez plena en estos Monólogos donde ha perfeccionado el poema en prosa, donde cada palabra ocupa su lugar imprescindible y preciso, donde cada emoción y cada idea se muestran diáfanas, sin manierismos, sin marañas: limpios los ojos y limpias las palabras, para mirar y decir.

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