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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

La Medea tlaxcalteca

Fascina la profundidad de Antonio Zúñiga (dramaturgo), Mauricio García Lozano (director) e Ilse Salas (intérprete) para enfrentar a Medea; son tres dimensiones donde el director toma los hilos y conduce ese caballo impetuoso, lleno de contemporaneidad enamorada del mundo clásico, que explica los capítulos de la vida personal a la luz de lo inmortal.

Empiezo por ese Eneas que es Mauricio García Lozano, quien sabe que amar a los clásicos es renunciar a lo colectivo para mantenerse en lo personal, o en esa trama de lo perdurable que es la traducción/transcripción de los tratamientos universales de problemas simples de la existencia y sus fantasías primordiales: exclusión, aislamiento, escena primaria, es decir la pareja parental que copula, la seducción y la castración... las enumero de manera tan libresca porque, prescritas o no, siguen dominando la revelación del sentido de las obras eternas.

Empiezo por la dirección, pues es lo que explica que podamos ver tantas cosas tan trenzadas sobre la escena de esta puesta. García Lozano logró que el periplo de Antonio Zúñiga en su tránsito a la burocracia cultural conserve la grandeza y la dignidad que conquistó con un conjunto de verdaderos guerreros y artistas que conforman Carretera 45, en la colonia Obrera, algunos de los cuales ahora forman parte del elenco y hacen que el trabajo de tantos años se potencie de manera deslumbrante.

Como director y dramaturgo, Zúñiga ha mostrado las formas que adquiere la creación artística como una de las expresiones más contundentes para frenar el escenario de la repetición, que nos condena a cometer una y otra vez los mismos perjuicios contra nosotros mismos y contra los que amamos y nos aman. Si Octavio Paz afirmaba que el mundo era la tarea diaria en la que fracasamos, esta tríada de artistas ha desafiado sus propias topologías artísticas para sostener (en palabras de García Lozano): “Vibrante, extrema, desgarrada, fronteriza, policialmente incorrecta, desconcertante, implacable, transgresora, horrenda… la historia de Medea sigue sacudiendo nuestra piel y nuestra mente. Hoy es importante volver a contarla porque revela la determinación de una mujer que decide dejar de ser la mujer que la sociedad espera que sea. Medea nunca lo fue. Su singularidad la hace asumir un único compromiso: la pasión por ser ella, de ella y de nadie más. Nos obliga a reconocer el carácter trágico de nuestro presente nacional.”

García Lozano abre su reflexión ofreciendo la clave de lectura de esta puesta y del sentido de lo trágico en una sociedad contemporánea. Aunque su trayectoria artística es muy clara, deja ver de nuevo qué lecturas para lo clásico, cuál dramaturgia del director, cuál dramaturgia emocional para el actor y qué piso para sus desplazamientos, qué espacialidad para su movimiento.

El espacio no sólo es ese conjunto de cuartos donde trabajan las prostitutas de la trata, también es un eje sobre el que se anuda, se trenza, se dobla y despliega Ilse Salas, que tiene para sí toda la escena, gracias a un profundo sentido de la feminidad que insufla el director y permite que florezca y polinice al conjunto de estupendas y humildes actrices que se despliegan en la escenografía de Dulce Zamarripa, iluminada por Ingrid Sac, en ese continuum musical de estruendosa sonoridad de Pablo Chemor, con música expresa para este montaje que embellece el trazo de la coreógrafa Vivian Cruz.

No deja de conmover el relato que le pone literatura a ese Antonio Zúñiga niño, quien comparte una historia: esta pieza trágica arranca cuando los gritos de una pelea entre sus padres arrinconan a siete niños en un extremo de su cama al escuchar a su padre repetir: “Ya cállate”, mientras la pelea se resuelve con una plancha que se proyecta empuñada sobre el cuerpo de su padre. Su hermano mayor termina por detener a su madre que, en el umbral del cuarto, no deja de repetir: “A mí nadie me calla.”

 

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